El cuñado Garamendi
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Motivado por alguna de esas frases estridentes que circularon en los medios, tuve la paciencia —antes de escribir estas líneas— de escuchar el discurso completo de Antonio Garamendi en el Forbes Spain Economic Summit 2025. Y no me arrepiento: no tiene desperdicio. Lo que en los titulares parecía un chascarrillo aislado se convierte, oído de principio a fin, en un catálogo entero de ocurrencias de sobremesa.
En toda familia hay un cuñado. Ese personaje omnipresente que siempre tiene una opinión rotunda sobre todo: fútbol, política, vacunas o cómo arreglar España en dos tardes. No necesita datos: le basta con un ejemplo pintoresco y un par de frases hechas para dictar sentencia. Y, por lo visto, el Forbes Summit decidió esta semana darle el micrófono al cuñado mayor del reino: Antonio Garamendi, presidente de la CEOE.
Su gran aportación al debate sobre la reducción de jornada fue preguntar, con tono retador:
—“¿Tú crees que Carlitos [Alcaraz] trabaja 37 horas y media a la semana?”
Como si un tenista de élite fuera comparable a un camarero de Benidorm o a una auxiliar de enfermería. En la lógica del cuñado si quieres un salario digno tienes que entrenar doce horas al día, sudar la camiseta y, si se tercia, levantar algún Grand Slam.
El recurso a la “meritocracia” es un clásico del género: tan brillante como gastado. Pero cuando lo entona un dirigente empresarial, de familia acomodada, adquiere tintes de sainete
El recurso a la “meritocracia” es un clásico del género: tan brillante como gastado. Pero cuando lo entona un dirigente empresarial, hijo de una familia muy acomodada, adquiere tintes de sainete. Porque hablar de meritocracia ignorando la posición de salida de cada familia es como contar cuentos de hadas en la sobremesa: sirven para entretener, pero no resisten un análisis social ni económico.
Que quede claro: nadie discute que el esfuerzo es necesario para sacar adelante un proyecto, una empresa o una carrera profesional. Lo que se discute es si ese esfuerzo debe traducirse en jornadas interminables y salarios estancados. Garamendi prefiere el relato épico del sufrimiento, como si la dignidad laboral se midiera en ojeras. Así consigue trasladar a los jóvenes la responsabilidad de su precariedad: “Si tu sueldo por ocho horas es bajo, pues trabaja dieciocho. Y si no te pagan las extras, ya sabes, sonríe, que así aprenderás”. Supongo que lo dice por experiencia: la de sus hijos, sobrinos y amigos, claro.
Ese mismo día nos regaló otra perla para la colección de frases de cuñado:
—"La diferencia entre medicina y un veneno es la dosis”.
Según él, España sufre de sobredosis de regulación, sobre todo laboral se supone, que intoxica a las empresas. No hace falta concretar cuáles leyes sobran: basta con lanzar la metáfora y quedarse tan ancho.
Y aún le quedó tiempo para el salto mortal dialéctico de la jornada: enlazar la reducción de jornada con la ley del “solos es sí” . Con la misma solemnidad que VOX o el PP, nos soltó el mantra: “Un montón de violadores anduvieron por las calle porque la ley estaba mal hecha”. Nada como un poco de ácido para animar la sobremesa.
El menú continuó con otra especialidad de la casa: ”En España mucha gente no quiere trabajar”. La hostelería —dijo— no encuentra camareros porque los españoles prefieren quedarse en casa. Y, para rematar, recurrió al exotismo de manual: “Tú vas a la India y todos quieren venir a trabajar. En Iberoamérica haces un curso y vienen corriendo”.
Traducción libre: los españoles somos unos vagos y, por suerte, contamos con un ejército de reserva de inmigrantes dispuestos a sacrificarse y tragar con todo. Nada que ver, claro, con salarios bajos y horarios imposibles. Es cuestión de “actitud”.
Todo este discurso sería una anécdota cómica si no revelara algo muy serio: la persistencia de una parte de la patronal española en refugiarse en el cuñadismo, en lugar de afrontar los desafíos reales de la economía
Todo este discurso sería una anécdota cómica si no revelara algo muy serio: la persistencia de una parte de la patronal española —quiero pensar que minoritaria— en refugiarse en el cuñadismo, en lugar de afrontar los desafíos reales de la economía. Y aquí hablo con conocimiento: en mis décadas de responsabilidad sindical he tratado con empresarios que son la otra cara de la moneda. Gente que entiende que los problemas de este país se llaman digitalización, transición energética, innovación, formación continua o envejecimiento demográfico.
Con el discurso de Garamendi es imposible abordarlos. Porque esas transformaciones no se resuelven con frases de bar, sino con inversión, estrategia y diálogo social. Con empresarios que saben que la productividad no depende de tener a la gente más horas sentada, sino de mejorar procesos, incorporar tecnología y cuidar el talento. Que entienden que el futuro pasa por atraer a jóvenes cualificados y aprovechar la experiencia de los mayores.
Por eso la pregunta es inevitable:
¿Merece ese mundo empresarial este cuñadismo? Yo creo que no. Ni las empresas ni el país se lo merecen.
Artículo publicado en El Blog de Quim