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Nunca me pierdo el tradicional Concierto de Año Nuevo. Además de recordar al memorable comentarista José Luis Pérez de Arteaga, las dos últimas ediciones me hacen evocar también la figura de mi buen amigo Juan Antonio Rivera, que siempre lo disfrutó hasta su fallecimiento en junio del año pasado. Por eso al comienzo estaba un tanto mohíno, pero reconozco que la edición del presente año logró animarme, gracias al nuevo repertorio escogido por su dinámico director Yannick Nézet-Séguin.
Grandes directores de inconmensurable talla han dirigido este concierto y muchos han sabido sintonizar con el público, pero este año este joven director se ha metido al auditorio en el bolsillo. Nunca había visto un aplauso tan duradero, con el público asistente puesto en pie incluso antes del broche final, cuando Séguin ha circulado entre las filas del patio de butacas y ha dirigido desde allí las tradicionales palmas de la marcha Radetzky. Ese momento transmitía una enorme alegría muy contagiosa que traspasaba las pantallas del televisor y se instalaba en el salón de los televidentes.
Incluso su atuendo era llamativo. Era impecable, combinando un porte clásico y un toque moderno, como la propia selección de sus piezas. Por tercera vez se incluía la obra de una compositora y se interpretaba otra titulada Dignidad femenina, como si quisiera hacer caer en la cuenta de que ninguna mujer se ha subido a ese podio todavía y va siendo hora de que así sea. También se ha permitido exhibir sus uñas pintadas, rompiendo con ello más de un canon.
Con todo, quisiera destacar su breve discurso, hecho en su lengua materna, el francés, al ser de origen canadiense y haber nacido en Montreal, pese a utilizar también el alemán y el inglés, como es lógico en alguien con su recorrido internacional. Sus palabras querían lanzar un mensaje de paz incluyendo una triple dimensión. Se ha referido a la paz interior de cada cual consigo mismo y su entorno más próximo, además de a una pacífica convivencia entre las naciones. No se podía decir más con menos palabras y de manera más elegante.
Tanto Netanyahu como Putin parecen decantarse por lo que Kant dio en llamar la paz de los cementerios
Se comprendían perfectamente las referencias a los dos conflictos bélicos que se han estabilizado, pese a la mediación del pacificador por antonomasia, como a Trump le gusta presentarse según la propia y distorsionada imagen que tiene de sí. Por ahora sus tramposas treguas no han detenido el conteo de víctimas mortales en Gaza ni los bombardeos en Ucrania. Tanto Netanyahu como Putin parecen decantarse por lo que Kant dio en llamar la paz de los cementerios, recogiendo una reflexión de Leibniz en su ensayo «Hacia la paz perpetua».
Ojalá el dinero destinado a pertrechar ejércitos y armas de última generación sirviera más bien para fomentar la cultura. Sería maravilloso que las bombas dejaran de atronar nuestros oídos y en su lugar escucháramos más música interpretada, por añadidura, en directo, pese a que la podamos reproducir y escuchar individualmente. La experiencia compartida resulta mucho más pregnante y enriquecedora, como demuestra el Concierto de Año Nuevo. La música es un lenguaje universal, porque logra expresar directamente nuestras emociones, tal como señaló con acierto Schopenhauer.



