jueves. 20.06.2024

Hace muchos años tuve ocasión de ver en la Royal Academy of Arts, en la londinense calle de Piccadilly,  una obra curiosa. Debajo de la cúpula de cristal, y sobre el suelo, yacía la figura de un Papa en cuya frente tenía clavado algo que trataba de ser un pequeño y puntiagudo meteorito. Complementaba la representación un falso agujero en la cúpula de cristal que daba a entender el origen celestial de ese meteorito.

Eso era producto, humorístico, de la típica irreverencia británica, especialmente, pero no solo, con los temas que no le son propios. Lo que, normalmente, esperan los ingleses del cielo es que salve al King, y durante algunos momentos de su historia, a la Queen que, ya se sabe, son los gobernadores de la iglesia de England después de la escisión de la iglesia romana que propició aquel rey inglés que se casó muchas veces en el siglo XVI. Por eso, la figura del Papa fulminado no era, para los británicos, nada ofensivo. Ese no era su Papa.

Por si este problema económico fuera importante, habría que gritar, como hicieron los invitados en la coronación, God Save the King, y que lo haga durante el mayor tiempo posible para retrasar la fecha de la próxima coronación.

Pero, antes de tener la oportunidad de salvar al King Charles, lo que tiene que hacer God es bendecirle en una coronación para que Charles pueda ser King por la gracia de God, como lo era Franco. Y, eso, lo hace en Westminster Abbey con toda la pompa y circunstancia de la que son capaces los ingleses.

Porque, lo primero que hay que decir es que, en materia de coronaciones, nadie puede competir con el United Kingdom. Primero, porque no todos los paises tienen reyes, y segundo porque no todos los paises que tienen reyes tienen un culto a la tradición como el pueblo British. Por eso, el título de campeón mundial de las coronaciones lo tiene England y, además, sin posibilidad de que pueda perder ese título como no sea porque Cromwell se levante de la tumba.

Pero es que England defiende el titulo con una gran brillantez. Es cierto que se deja una pasta en sterling pounds pero les merece la pena, a pesar de que su momento económico no sea el mejor. Lo hacen muy bien, siguiendo instrucciones ancestrales que deben tener celosamente guardadas en la London Tower junto con las joyas de la corona. Al fin y al cabo, esas instrucciones deben considerarse una auténtica joya.

El pueblo, es decir, the people, y cuando digo the people quiero decir the most of the people, han vibrado con esa coronación. Al fin y al cabo, hacía setenta años que no tenían una. Por eso, Elisabeth II  tuvo que hacer un simulacro hace unos años con ocasión de un aniversario, para que no se perdieran las buenas costumbres. Es verdad que, esta vez,  un puñado de republicanos se han manifestado en las cercanías para indicar que ese no era su rey, pero la inmensa mayoría de la inmensa muchedumbre que pobló el centro de Londres se sentía tan coronada como sus propios reyes.

En segundo lugar habría que hablar de la repercusión que ha tenido esa coronación en el mundo. Hasta el grupo de mercenarios rusos Wagner ha decretado una tregua en la guerra de Ucrania. La ha justificado por la falta de munición pero, en realidad, ha debido ser para poder ver tranquilamente la coronación de Charles. No me atrevo a decir si la idea de la monarquía ha tenido un subidón en estos últimos días, pero, que la coronación mola, es un hecho. Habría que estudiar cuánta gente, en Europa, empieza a jugar al futbol americano después de ver una Super Bowl, pero no es lo mismo, sobre todo porque esta competición se juega en nuestra madrugada y la coronación se ha hecho por la mañana de un sábado, auténtico prime time de fin de semana.

Con esa coronación se compensa el efecto negativo que, en Europa, tuvo el Brexit, ese divorcio político que, con sus vecinos del continente, ofició gente como Johnson y Farage. La presencia de casi todos los jefes de estado europeos ha transmitido ese mensaje de que "tus amigos no te olvidan" y, seguro que, muchos de ellos, envidiarían el modo en que su colega inicia su mandato. Y, alguno, extendería su envidia al origen de procedencia del legado que ha recibido.

Hay que hablar también de los aspectos más terrenales. Lo primero, la audiencia del espectáculo. Los 300 millones de personas que se esperaban (quizás haya terminado habiendo más), supera en muchísimo la de la Super Bowl o las de las finales de la NBA y se sitúa al nivel de la final de la Champions de futbol. Solo las Olimpiadas, y porque se cuenta la audiencia total de todos sus deportes, puede superar el interés de una coronación de la monarquía inglesa. Así pues, debe considerarse, este, el mayor espectáculo televisivo del mundo.

Y, respecto de la repercusión económica del evento habría que decir que puede que sea su lado oscuro. Se manejan cifras en abanicos muy amplios: coste de la coronación entre 100 y 300 millones y caída del PIB , para ellos el GDP, entre el 0,3% y el 0,7% para este año, aunque haya que sospechar un origen poco monárquico de la procedencia de dichas cifras. En todo caso, no creo que, este, sea el aspecto que mas interese al ciudadano medio, ese que votó el Brexit por motivos tan patrióticos como el mantenimiento de la costumbre de coronar a su jefe de estado cada vez que se mueren sus progenitores.

Por si este problema económico fuera importante, habría que gritar, como hicieron los invitados en la coronación, God Save the King, y que lo haga durante el mayor tiempo posible para retrasar la fecha de la próxima coronación.

Charles Tercero