sábado. 22.06.2024
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Las elecciones del próximo domingo van de bajar los brazos o no bajarlos. En todos los rincones del planeta, no solo en España, la ciudadanía está siendo víctima de una campaña de desánimo que aprovecha la realidad para trufarla con la mentira y conseguir una rendición por abandono. Hay realidades terribles: dos guerras abiertas y mil más incesantes, a las que ni siquiera prestamos atención ya; la expansión desbocada de un sistema en el que so pretexto de dar voz a todos se ahoga la voz de todos en una maraña de chillidos anónimos, detrás de los cuales en muchas ocasiones no hay más que máquinas de repetición, perfectamente programadas para difundir y amplificar mentiras.

En nuestro entorno inmediato, la sensación de que se extiende la injusticia a la vista de todos resulta a veces abrumadora: se absuelve a unos y se persigue a otros, con investigaciones que en lugar de basarse en los indicios intentan encontrarlos al azar; algunos representantes de la justicia, amparados por esta especie de nueva impunidad, se atreven a escribir que agredir a una niña gitana merece menos castigo que a otras, es una pura cuestión cultural, como si hubiera un código penal para los gitanos y otro para el resto de la ciudadanía. Y entretanto avanza la censura, expresión reiterada de eso que algunos llaman guerra cultural, cuando no es otra cosa que tiranía.

Los promotores del ruido y del lodo irán a votar el 9-J como un solo hombre, a usar las herramientas de la libertad para acabar con la libertad

Todo esto no es obra ni de la mala suerte ni de la coincidencia, sino una campaña organizada conforme a modelos que han cumplido cien años, que fueron eficaces una vez y que se pretende que vuelvan a serlo. Extender la idea de que la política es un lodazal, contribuir de facto a que lo sea, no tiene otro objetivo que desanimar el voto, pero no en general, sino el de los demócratas. Porque los promotores del ruido y del lodo irán a votar el domingo como un solo hombre, a usar las herramientas de la libertad para acabar con la libertad. Las cosas no pasan, las cosas se hacen. Y lo que ahora se está haciendo es construir un enorme caballo de Troya llamado desánimo con el que romper los muros de la civilización.

Eso es lo que no hay que permitir. Los que pretenden que bajemos los brazos tienen que encontrarse frente a frente con una ciudadanía consciente de que el voto es su defensa y su poder. El poder difuso pero rocoso de las personas que, pensando diferente en muchas cosas, tenemos claro que para poder seguir pensando diferente es preciso mantener erguido el marco que permite la expresión, la opinión, la vida.

Como dice el poema de Nicolás Guillén, que ha sido himno de una generación, este es el momento de cerrar la muralla al alacrán y al ciempiés. No nos perdonaríamos no haberlo hecho a tiempo.

Bajar los brazos