El grito “Pedro Sánchez es un hijo de puta” es un delito de injuria
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Para numerosos y solventes politólogos, sociólogos e historiadores la democracia es un ideal a conseguir, una utopía, nunca es plena, siempre mejorable. Cito a algunos de ellos: Pierre Rossanvallon, Norberto Bobbio, Raffaele Simoni, etc. Rousseau en El Contrato Social manifestó “Si existiera un pueblo de dioses se gobernaría democráticamente”. Evidentemente los seres humanos no somos perfectos como los dioses. E intuyo que tampoco los españoles.
Una democracia necesita de una ciudadanía demócrata. Es mucho más que ir a votar cada cuatro años. ¿Nuestras actuaciones cotidianas en la familia, la escuela, el trabajo y la sociedad se rigen por los valores democráticos? La respuesta es clara por dos razones. La primera, por nuestra idiosincrasia, como decía Azaña: “El enemigo de un español es siempre otro español. Al español le gusta tener la libertad de decir y pensar lo que se le antoja, pero tolera difícilmente que otro español goce de la misma libertad, y piense y diga lo contrario de lo que él opinaba”. Y la segunda, porque la democracia ha sido la excepción en nuestra historia. Por ende, no hemos mamado sus valores. Santiago Alba Rico para explicar las secuelas culturales del franquismo ha recurrido al historiador tunecino Ibn Khaldun, muerto en 1406, el cual en se preguntó: ¿por qué Dios hizo vagar 40 años a los hebreos por el desierto? Khaldun contestó que fueron necesarios 40 años, toda una generación, para borrar el recuerdo de la esclavitud. En el caso de España fueron necesarios 40 años de Franco para olvidar el recuerdo de la libertad. España entró en la UE y se sumergió en el consumismo con muy poca memoria, y 40 años después de la muerte del dictador, no conserva ninguna raíz con el pasado. Por ende, un país sin memoria es un país a merced del viento, en el que puede ocurrir cualquier cosa, lo cual es gravísimo a la hora de construir una democracia plena.
La democracia se construye cada día y debe mantenerse siempre vigilante para asegurar su buen funcionamiento
Los valores democráticos son: la verdad política absoluta no existe y por ello, en la democracia, caben y son posibles las verdades políticas relativas; creación de ciudadanos libres, capaces de optar, fomentando su capacidad crítica; valoración de la existencia de una sociedad pluralista, aceptando la diversidad como valor no solo asumible, sino también enriquecedor; comprensión de la democracia como valor e incluso como utopía, que va más allá de la política, que es forma de vida, que impregna el conjunto de la sociedad; personalidad democrática caracterizada por la comprensión y el diálogo, por la condena de las segregaciones, por el aprecio de la verdad y la ciencia como fuente de progreso, por la apertura mental a otras formas de pensar y vivir diferentes a las propias, por la creencia en la solución pacífica de los problemas; fomento de las virtudes públicas que han de prevalecer sobre las privadas, la responsabilidad por y ante lo público, el deseo de caminar juntos; asimilación del valor positivo del conflicto, no solo inevitable, sino positivo, ya que es motor del cambio; estimulación de la participación y de su utilidad, participación en lo público, en lo colectivo, que ha de ser visto como propio, porque es asunto de todos que a todos afecta.
Es claro que ser y actuar democráticamente es complejo. No se nace demócrata. Tampoco se hace uno demócrata de una vez y para toda la vida. Ser demócrata no es algo natural y espontáneo. Tampoco lo son las sociedades. Una sociedad democrática es el resultado de un largo esfuerzo individual y colectivo. La democracia se construye cada día y debe mantenerse siempre vigilante para asegurar su buen funcionamiento. Hay que cultivarla y mimarla, para hacerla cada vez mejor. Las democracias deben establecer mecanismos para evitar la llegada al poder de personas autoritarias-totalitarias-, que puedan destruir la democracia. Es importante la reacción de los medios y de la sociedad, pero la respuesta más importante debe surgir de las élites políticas y, sobre todo, de los partidos políticos para que actúen de filtro. En definitiva, los partidos políticos son o deben ser los guardianes de la democracia.
El respeto exige interés por los demás, curiosidad por las ideas y propuestas del otro y capacidad de diálogo en el sentido más profundo de diálogo: dialogar –decía Machado- es primero preguntar y después escuchar
Hay unas reflexiones muy aleccionadoras para nuestra democracia de Virgilio Zapatero en una conferencia reciente: "Fernando de los Ríos en un mitin en Granada en febrero de 1936 dijo: En España lo único pendiente es la revolución del respeto; el respeto no sólo individual sino social porque constituye el mejor cimiento sobre el que construir la España civil.
¡Qué idea más luminosa y más actual para todos nosotros en esta España tan crispada, a veces tan feroz y que parece condenada de nuevo a una polarización enconada!”
El respeto exige interés por los demás, curiosidad por las ideas y propuestas del otro y capacidad de diálogo en el sentido más profundo de diálogo: dialogar –decía Machado- es primero preguntar y después escuchar. Para respetar una posición o comportamiento, para respetarnos no tenemos que estar de acuerdo: basta con tener curiosidad, con comprender que la posición del otro refleja un punto de vista diferente, que puede tener sus razones atendibles y que esta diferencia nos ofrece la oportunidad de aprender escuchando y así avanzando en la construcción de esa utopía que es la democracia.
Una cosa es la libertad de expresión y otra muy distinta la libertad de excreción
Está suficientemente claro, por lo menos a mí me lo parece, que, sin respeto al adversario, al que piensa diferente no puede existir una democracia auténtica. Deberíamos reflexionar todos los españoles, si somos demócratas, en un hecho lamentable. Se está popularizando en numerosas fiestas de las ciudades y pueblos el interrumpir con gran jolgorio el pregón con el siguiente grito "Pedro Sánchez, hijo de puta”. Ya no entro en quién lo inventó. Allá ella. Ni tampoco que el máximo dirigente de un partido en la fiesta de Navidad a sus afilados regalaba cestas de fruta a los afiliados. Todo un ejemplo de respeto. Mal vamos. Una cosa es la libertad de expresión y otra muy distinta la libertad de excreción. Sobre la ejemplaridad exigible a la política en una democracia me extenderé más adelante. Está claro que el insulto deshumaniza al que lo recibe y después puede legitimarse cualquier otra ofensa. El tránsito de la agresión verbal a la física es muy reducido. Sorprende que, en esos pregones, presididos por la máxima autoridad municipal, esta no haga nada. Es más, en ocasiones se regocija. Y que permanezca impasible la policía. Y lo más grave que determinados políticos y medios lo justifiquen con el recurso de la libertad de expresión. Insultar a la madre de un presidente o de un ciudadano cualquiera no creo que quepa en una democracia madura. Quiero recordar nuestra Constitución a algunas fuerzas políticas que alardean de ser constitucionalistas. El artículo 18.1 es claro: Se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. El artículo 20 de nuestra Constitución reconoce todo un conjunto de libertades, pero, su apartado 4 es muy claro: Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia. En definitiva, el “Pedro Sánchez, hijo de puta” es una injuria de libro. La injuria es un delito que consiste en la imputación de hechos o manifestación de opiniones que atentan contra la dignidad de una persona, lesionando su fama, honor o propia estimación. Las injurias pueden emitirse de forma verbal, por escrito o de manera gráfica. Y en el artículo 208, el Código Penal se define el tipo básico de injuria como la acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación.
Quiero recordar nuestra Constitución a algunas fuerzas políticas que alardean de ser constitucionalistas. El artículo 18.1 es claro: Se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen
Me llama la atención la pusilanimidad de la justicia y de la sociedad en su conjunto ante un insulto de tal gravedad, si comparamos con la diferente actuación en el ámbito del deporte. Tres aficionados del Valencia acusados por insultos racistas a Vinicius Junior en Mestalla han sido condenados a ocho meses de cárcel. Los hinchas, que fueron identificados tras el partido de liga contra el Real Madrid en mayo de 2023, no podrán entrar a estadios de fútbol en dos años. El pasado 21 de mayo de 2023, en el partido de La Liga entre el Valencia y el Real Madrid, Vinícius denunció haber recibido insultos racistas por parte de seguidores ubicados en la Grada de Animación. El partido se paró unos minutos, el jugador identificó a uno de los acusados y, tras la denuncia de La Liga esa misma noche, se identificó a otros dos con las cámaras internas del Valencia. El contraste es inmenso. Tanta pusilanimidad en un caso y tanta diligencia en el otro.
Quiero terminar con unas reflexiones-que ya las he mencionado en otras ocasiones, aunque viene bien recordarlas- del extraordinario libro Ejemplaridad pública de Javier Gomá, que no le vendría mal que lo leyeran y le sirviera de motivo de reflexión a algunos políticos, anteriormente citados. Y, por supuesto, a toda la sociedad en su conjunto. Toda vida humana es un ejemplo y, por ello, sobre ella recae un imperativo de ejemplaridad: obra de tal manera que tu comportamiento sea imitable y generalizable en tu ámbito de influencia, generando en él un impacto civilizatorio. Este imperativo es muy importante en la actividad política, ya que el ejemplo de sus dirigentes sirve, si es positivo para cohesionar la sociedad, y si es negativo para disgregarla y atomizarla. El espacio público está cimentado en la ejemplaridad. Podría decirse que la política es el arte de ejemplificar. Las instituciones públicas han sido conscientes o deberían serlo del efecto multiplicador para potenciar la convivencia de determinados modelos públicos. Los políticos, sus mismas personas y vidas, son, lo quieran o no, ejemplos de una gran influencia social. Como autores de las fuentes escritas de Derecho-a través de las leyes- tienen el monopolio estatal de la violencia legítima y ejercen un dominio muy amplio sobre nuestras libertades, derechos y patrimonio. Y como son muy importantes para nuestras vidas, atraen sobre ellos la atención de los gobernados y se convierten en personajes públicos. Sus actos no quedan reducidos al ámbito de su vida privada. Merced a los medios de comunicación de masas se propicia el conocimiento de sus modos de vida y, por ende, la trascendencia de su ejemplo, que puede servir de paradigma moral para los ciudadanos. Como señala Gomá; “Los políticos dan el tono a la sociedad, crean pautas de comportamiento y suscitan hábitos colectivos”. Por ello, pesa sobre ellos un plus de responsabilidad. A diferencia de los demás ciudadanos, que pueden hacer lícitamente todo aquello que esté prohibido por las leyes, a ellos se les exige que observen, respeten y que no contradigan un conjunto de valores estimados por la sociedad a la que dicen servir. No es suficiente con que cumplan las leyes, han de ser ejemplares. Si los políticos lo fueran, serían necesarias muy pocas leyes, porque las mores cívicas que provendrían de su ejemplo, haría innecesaria la imposición por la fuerza de aquello que la mayoría de ciudadanos estarían haciendo ya con agrado. Saint-Just ante la Convención revolucionaria denunció “Se promulgan demasiadas leyes, se dan pocos ejemplos”, Circunstancia que no ha cambiado en la actualidad.
El “Pedro Sánchez, hijo de puta” es una injuria de libro. La injuria es un delito que consiste en la imputación de hechos o manifestación de opiniones que atentan contra la dignidad de una persona
Con la democracia liberal, se acrecienta todavía más la necesidad de la ejemplaridad del profesional de la política. Además de responder ante la ley, es responsable ante quien le eligió. Frecuentemente, observamos que un político sin haber cometido nada ilícito se hace reprochable ante la ciudadanía, por lo que debe dimitir y se hace inelegible, al haber perdido la confianza de sus electores. Mas, la confianza no se compra, no se impone: la confianza se inspira. Mas, ¿qué es una persona fiable? La confianza surge de una ejemplaridad personal, o lo que es lo mismo, la excelencia moral, el concepto de honestum. Cicerón en su tratado Sobre los deberes, nos lo define como un conjunto de cuatro virtudes: sabiduría, magnanimidad, justicia y decorum (esta última es la uniformidad de toda la vida y de cada uno de sus actos). Es evidente hoy que esta ciceroniana uniformidad de vida, incluyendo la rectitud en la vida privada, es determinante en la generación de confianza ciudadana hacia los políticos.
Frente a ese político ideal que genera la confianza de la ciudadanía, existen comportamientos políticos que producen el sentimiento contrario, como los expuestos al principio de este escrito. Tampoco deberían sorprendernos, ya que como señalaba Azaña, y lo estamos constatando día tras día, muchos acuden a la política no para realizar un servicio a la comunidad, sino para otros fines menos altruistas: el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, el gusto de lucirse, el afán de mando, la necesidad de vivir como se pueda y hasta un cierto donjuanismo. Mas, estos móviles no son los auténticos de la verdadera acción política. Los auténticos son la percepción de la continuidad histórica, de la duración, es la observación directa y personal del ambiente que nos circunda, observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. Recuerdo para alguno despistado que determinada política ha afirmado en diferentes ocasiones que la justicia social es una aberración. Y quienes nos sentimos demócratas deberíamos exigir a esta misma política que fuera escrupulosa a la hora de emitir determinadas frases, como “Me gusta la fruta”, ya que, siendo un referente político para muchos ciudadanos, estos tienen la tendencia de imitar tales comportamientos. Y por ese camino podemos convertir el escenario político en un auténtico cenagal. No quiero pensar que quizá este sea el objetivo buscado por algún partido político, creyendo que le beneficia electoralmente.