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jueves. 06.10.2022
casado
 

Desde el “tu cuoque bruto” con el acuchillamiento a mansalva de Julio Cesar por sus acólitos senadores es difícil de emular un espectáculo de traición colectiva tan  públicamente obsceno como el acaecido el miércoles en el Congreso de los Diputados. En un 23-F que, tal vez, conmemora un golpe de estado fallido en 1981, con otro golpe de mano exitoso acaecido en la calle Génova en este 2022. A un unísono y sonoro “cómo va lo mío”, en el futuro posicionamiento de las poltronas opositoras, sus señorías mancharon y mucho la dignidad que se presupone a los escaños parlamentarios que transitoriamente ocupan.

Dicen que en España se entierra bien, en frase atribuida a Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero en la tradición de enterramientos mediterráneos, al menos se espera a que el finado este bien muerto, antes de que su entorno se disponga a proferir lamentaciones, condolencias y envío de coronaciones florales varias, incluso las aportadas por sus propios asesinos.

Soy de los que siempre se sorprende con el ceremonial de la muerte y la hipocresía que suele adornar su liturgia posterior. Un barrio de Madrid, antesala de un cementerio tan conocido como la Almudena, debe su nombre a la enorme cantidad de antiguas ventas de bebidas y alimentos que allí se instalaron para acoger a los cortejos fúnebres, tras el paso del puente del arroyo Abroñigal (hoy M-30 con sus aguas soterradas debajo).

Las Ventas, llamadas del Espíritu Santo, (así se originó el nombre del luego populoso barrio de Ventas) permitían confortar con vino y viandas a los que después tendrían que afrontar las empinada cuesta de la antigua carretera de Aragón, para llegar, con gran esfuerzo de humanos y caballerías, al camposanto madrileño. Pero no pocos ventilaban, en el rellano de los venteros, y algo más que atiborrados de vino, las cuentas pendientes con los otros familiares del finado, por cosas tan poco inmateriales como la herencia u otras viejas querellas. Y no era infrecuente que se incrementase el tanatorio por el resultado de algunas de ellas, o como mínimo, el ambulatorio más cercano. Al menos aquellos conflictos no parecían prodigarse en aplausos y las facas brillaban lo suyo sin ocultación.

Pero es incalificable que un político se vea acosado, vapuleado y obligado a dimitir solo por el “delito” de haber formulado una crítica a otra líder de su partido, que clama el que se le haya robado con ello “su” presunción de inocencia. Que en tropel, a modo de banda de linchadores, todo un grupo de representantes públicos, presidentes autonómicos y/o medios afines a la ofendida atraquen con ello y sin piedad “la” presunción de inocencia del presidente de “su” partido, no deja de producir verdadera estupefacción. Resulta increíble y grave también que se le conmine por supuestas razones “políticas” a que dé por buenas unas explicaciones, tardías y secretas, de la Presidenta de la Comunidad de Madrid sobre posibles conductas a aclarar.

Una cuestión que, en todo caso y por la gravedad de las afirmaciones previas, deberían y deberán sustanciarse en instancias judiciales, para gentes que se dicen constitucionalistas. Finalmente, la sobreactuación histérica un 23-F de un grupo de “barones”, sin legitimación legal para ello, exijan con premeditación y casi nocturnidad el arbitrario cese inmediato de Pablo Casado, como si ello implicase el cierre de una crisis sistémica que arrasa al PP desde hace ya más de un decenio, es un espectáculo despiadado, hipócrita e indecente de una mera lucha por el poder.

Tal vez sería interesante conocer retrospectivamente si la rueda de prensa de Isabel Díaz Ayuso hubiese siquiera sido convocada si los resultados, por ejemplo, de Castilla y León hubiesen dado una holgada mayoría al Partido Popular. O si la metedura del pata del Secretario de Organización del PP no hubiese marrado al apretar el famoso botón del sí cuando su subconsciente le indicaba no. O si, sobre todo y simplemente, los hasta ahora inquilinos físicos de la planta noble de Génova, no hubiesen preguntado “imprudentemente” a la lideresa madrileña por la limpieza de los contratos bajo su responsabilidad “in vigilando”. Negocios que afectaban, hasta donde se sabe hoy, a sus familiares directos. No lo sabemos, pero todo ello es fácil de intuir.

Porque si todo eso no hubiese constituido un estado de ”debilidad inmaterial” en el liderazgo de Pablo Casado, ¿se le hubiese acuchillado de esta manera con publicidad, premeditación y alevosía? ¿Se hubiese apretado el botón nuclear multiusos que con tanta facilidad emplea Díaz Ayuso? ¿Alguien tendrá después de esto la osadía de seguirla llamando peyorativamente IDA?

Porque, de no darse esas “circunstancias”, el PP de Pablo Casado seguiría probablemente semana tras semana ejecutando un guion impuesto por terceros, para su permanente auto desgaste, compitiendo con VOX a ver quién dice la mayor barbaridad contra el al gobierno y/o contra Pedro Sánchez.  Guion que, sin duda, venía condicionado por la presión de sus pares, baronajes varios y otras referencias profundas en el santuario del Partido Popular. Y la bancada, “su” bancada, con toda seguridad seguiría aplaudiendo las ocurrencias semanales que a gritos, más propios de ebrios que de sobrios, jaleaban estos padres de la patria, apostillando con insultos al gobierno, o a quienes les apoyan en el parlamento, las constantes soflamas más que irrespetuosas de su hasta ayer líder.

Y de repente, como si de una tabernaria parada a medio camino ventero de un cementerio político y mediático se tratase, los aplausos a Pablo Casado se tornan en lanzas y puñales cainitas. Los leales niegan no tres sino diez veces. Los matarifes mediáticos se crecen. Una jauría humana nutrida de unos escasos miles de militantes radicales, junto a los de otras fuerzas y fundamentalistas de Hazte Oír, se transmuta en “bases conservadoras” del PP a los ojos interesados de los conspiradores. Todos ellos jaleados también por gentes soberbias y vengativas.

Toda esa auténtica turba de intereses se ha abalanzado, con igual saña que la empleada con los adversarios políticos, para defenestrar de forma antidemocrática y golpista a “uno de los suyos”. Que ya no es de ellos ni les representa; porque entre otras cosas, y muy fundamentalmente, no les garantiza el futuro prometedor de un deseado acceso al poder a cualquier precio; incluido el de la convivencia democrática. Y lo acuchillan groseramente y en público. Como en un auto de fe inquisitorial en la Plaza Mayor de Madrid.

Tal vez por todo ello, el espectacular espectáculo de un aplauso de más de un minuto al ángel caído, es uno de los más deleznables momentos que ha sucedido en el parlamento español. Lo que se ha ejecutado con Pablo Casado es todo menos ejemplarizante, es algo ajeno a la política, es una acción desprovista de toda moral. Y no es más que un aquelarre cismático con el sacrificio ritual de la cabra expiatoria. Todo eso y más. Y nada de eso es menos que un escándalo político de primer orden. De tal manera que lo razonable tras el discurso de despedida de Pablo Casado hubiese sido el silencio. Al menos eso hubiese dado alguna dignidad al crimen apolítico y ademocrático cometido, en vez de perpetrarlo, a la vista de todos, con aplausos por la espalda.

Aplausos por la espalda