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jueves 19/5/22

La corrupción no importa

A Casado y Egea no se les ha ocurrido otra cosa que acusar de corrupción a Ayuso. En su torpeza, no se han dado cuenta que estaban rompiendo uno de los principios fundacionales y regimentales del PP: el silencio.
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Foto de archivo.

Una parte considerable del electorado español ha decidido que la corrupción no importa, que es algo natural y consustancial a la actividad humana, ya sea en el campo de los negocios, en el de la vida diaria o en el de la política. Se ha dicho en multitud de ocasiones que la corrupción que vive España desde hace mucho tiempo es heredera directa de la dictadura, porque, entre otras muchas cosas, uno de los pactos de la transición fue no tocar los intereses ni los modos económicos heredados de la dictadura. El régimen nacional-católico era corrupto en esencia, corrupto porque nació de un golpe de Estado contra un gobierno democrático, corrupto porque la única condición para participar en la economía del país sin ningún tipo de control era la afección incondicional al régimen, corrupto porque además de la brutal represión, el régimen se alimentaba de extensísimas redes clientelares que abarcaban tanto a los grandes empresarios como a las familias modestas católicas y de bien que obtenía una plaza de conserje para un hijo o un puesto en el mercado de abastos. La corrupción fue, por tanto, eje fundamental en la configuración y el sostenimiento del franquismo sin que la democracia haya sido capaz de cambiar esos hábitos nocivos mucho menos generalizados en los países de nuestro entorno.

Es cierto que los escándalos por corrupción han afectado a buena parte de los partidos que concurren a las elecciones, tanto de ámbito estatal como autonómico, también que la corrupción cero es absolutamente imposible: Por muy bien que se haga la selección de las personas que han de concurrir a las elecciones como candidatas de un partido, la naturaleza humana es a menudo indescifrable y nada impide que en un momento dado algunas personas sucumban a las tentaciones del dinero, de tomar la vía directa hacia el enriquecimiento aprovechando el cargo para el que ha sido designadas. Eso ocurrió, ocurre y ocurrirá y sólo se puede combatir mediante el castigo penal correspondiente y el repudio de la sociedad. Sin embargo, otra cosa es cuando la corrupción se convierte en un modo de existir, de estar, de vivir, cuando el verdadero objeto de la acción política o económica de un individuo o grupo de individuos es corromper y corromperse, bien porque eso es lo que han mamado, bien porque carecen de ética, bien porque el ambiente que les rodea les invita a sumarse al grupo, es decir a hacer lo mismo que los otros puesto que esa es la norma.

En Madrid se han sucedido episodios asombrosos de corrupción sin que haya existido una respuesta proporcional de la ciudadanía

Desde hace años vivimos un auténtico vendaval de corrupción protagonizado principalmente por los miembros de uno de los principales partidos de España. Hemos visto como se hacían planes de urbanización a petición de empresarios del sector incluso en terrenos protegidos ambientalmente a cambio de compensaciones económicas incalculables, hemos asistido al deterioro de nuestras ciudades -especialmente de sus cascos viejos abandonados- al calor de construcciones inverosímiles en la periferia, hemos contemplado como se rompía a martillazos el disco duro del ordenador del gerente del partido, como se repartían cientos de millones de dinero negro entre los dirigentes sin que ni uno de ellos haya sido capaz de dimitir, desaparecer o admitir el saqueo; hemos digerido con naturalidad como uno tras otro iban cayendo los presidentes de las comunidades de Madrid y Valencia -de Andalucía también- sin que eso pasase factura electoral contundente. Nuestros ojos se acostumbraron a ver cómo una población enardecida sacaba a hombros a presidentes, alcaldes y concejales envueltos en mil fechorías, nuestros oídos a asumir sin rechistar como unos mequetrefes obtenían licenciaturas y másteres sin el menor esfuerzo mientras nuestros hijos se dejaban los codos, los nervios, la cabeza y la hacienda en sacar los suyos. Nos han machacado con un bombardeo tal de inmundicia, de inacción judicial, de pestilencia, de justificaciones turiferarias que nos ha obligado a refugiarnos en la indolencia para protegernos. Sin embargo, esa pasividad, lejos de contribuir al regreso a la decencia, ha conseguido que quienes carecen de ética se hayan envalentonado gritando más fuerte, ocupando más centros de decisión y propaganda, mostrando sin complejos cual es su condición y hasta que extremo les satisface ser así.

En un país normal, no condicionado por un pasado que sigue presente y que no cuenta con la repulsa general imprescindible en democracia, un partido que hasta ha financiado su sede central de manera ilegal, tendría que haber planteado un programa de regeneración que no sólo le llevase a cambiar de “hogar”, sino también de nombre y principios constitutivos. No se hizo y no se hará porque no existe tal exigencia ni por parte de los militantes ni de los votantes, reduciéndose cualquier cambio a lo epidérmico, es decir a cambiar unos nombres por otros sin que eso afecte lo más mínimo a la costumbre constitucional.

Hace unos días Casado y Egea -dos políticos de baja cualificación que llevan meses convirtiendo el Parlamento en un patio de colegio de niños maleducados y engreídos- cometieron un error imperdonable en su partido. No se les ocurrió otra cosa que acusar de corrupción a Isabel Díaz Ayuso, presentándose ellos como adalides de la limpieza y la honradez. En su torpeza, no se dieron cuenta que estaban rompiendo uno de los principios fundacionales y regimentales de la organización: El silencio. Hablaron más de la cuenta, y hablaron de putrefacción, cayendo de ese modo en la trampa que les había tendido el señor Miguel Ángel Rodríguez. Si en un primer momento, la reacción de los dirigentes principales fue de estupefacción ante lo inesperado, al poco se dieron cuenta de lo que estaba pasando: El jefe del partido había acusado de prevaricación y malversación a la jefa de Madrid. Era un precedente intolerable que había que cortar por lo sano. A la tibieza del primer momento sucedió la ira de Feijóo mostrando la puerta a Casado, y una vez que el condotiero hubo hablado no tardaron de hacerlo sus seguidores señalando con el dedo la única salida posible, que no es otra que la del chivato irresponsable.

En Madrid se han sucedido episodios asombrosos de corrupción sin que haya existido una respuesta proporcional de la ciudadanía, antes, al contrario, esos sucesos han sido premiados una y otra vez en cuantas convocatorias electorales ha habido. Se nos ha intentado llevar al huerto con el asunto del espionaje, y no dijo que no sea grave, pero en el seno de los partidos los miembros de una u otra facción comunican a sus camaradas lo que saben de los otros sin rubor alguno. Otra cosa habría sido espiar a otra organización. No sé si hubo espionaje doméstico o no lo hubo, allá ellos con sus marrullerías, pero lo que si sucedió es que Isabel Díaz Ayuso contrató con su hermano y que este recibió suculentas cantidades de dinero en una situación crítica para los madrileños y para todo el país. Que hay un montón de presuntas irregularidades en el trato de esa Comunidad con los padres de la presidenta, incluso con su ex, y que esa señora que preside Madrid dio la orden de que no se derivasen a los hospitales a personas mayores de residencias con determinadas patologías, lo que tuvo las consecuencias dramáticas de todos conocidas. Pues bien, ni esto ni aquello, ni lo otro, han propiciado una respuesta rotunda de los madrileños, tampoco de jueces, fiscales y periodistas. Son los sonidos del silencio, el estruendo de la inmoralidad, las consecuencias de la omertá.

La corrupción no importa