sábado 15/8/20

Capítulo 21 Oviedo. Abril-mayo de 1938

Imagen tomada de la web 'Historia y Medicina'.
Imagen tomada de la web 'Historia y Medicina'.

Se incorporó de la cama decidida a salir de casa esa misma mañana. Catalina llevaba cinco días sin fuerzas para bajar a la calle. Había tenido una fuerte recaída de la bronquitis y entre la fiebre y la tos, agotaron sus fuerzas. No había dejado de coser; tenía que terminar algunas prendas. Ina y Mari no le permitían estar mucho tiempo con la aguja y la obligaban a irse a la cama asegurando que ellas se encargarían. La madre sabía que en la máquina de coser la podían sustituir sin problema, pero no podían igualar su primoroso cosido a mano, y las clientas de esos pedidos eran particularmente exigentes. Mari no tenía parangón cuando se trataba de crear patrones, pero con la aguja en la mano su madre era inigualable.

Se sentía mejor y no tenía fiebre. No quería demorar las gestiones para intentar que sus cartas llegaran a Tinín. Había escrito cuatro: a la Iglesia, a la Cruz Roja, otra para el cónsul suizo y una más para el del Reino Unido. En realidad las cartas no iban dirigidas a Tino, sino a cada uno de los contactos que le habían aconsejado. En ellas pedía que se la hicieran llegar a través de algún conducto para que supiera que todos estaban bien y que les contestara por el mismo canal para saber cómo estaba él. No ocupaba, cada una, más que una octavilla por una sola cara. No hacía falta decir que le echaban de menos, que lo querían. Él lo sabía perfectamente; nunca lo hubiese dudado. Lo importante era tener noticias en ambos sentidos.

Había recurrido a todo aquel que se creía que podría ayudar. Antes de caer enferma contactó con un primo de Melquíades Álvarez, que había vuelto a Oviedo, desde Salamanca, una vez que Asturias quedó en manos del bando franquista; había militado también en el Partido Asturianista y luego en el Republicano, aliado de la CEDA, siguiendo la estela de su pariente diputado.

-Mi más sentido pésame por la muerte de Melquíades, ya sabes lo que le apreciábamos.

–Gracias, Catalina, ya lo sé. Lo asesinaron a sangre fría en una “saca” de presos en Madrid.

–Ya me contaron. Y que estáis haciendo gestiones para recuperar su cuerpo.

–No va a ser fácil. Seguramente estará en una fosa común. Debieron de asesinar allí a muchos en la matanza de la cárcel modelo.

–Bueno, consuélate pensando que estará en el cielo junto con mi marido, al menos se harán compañía y, si les dejen, tomando algún culín de sidra.

–Cómo eres, Catalina, siempre con tus bromas. Te agradezco que me hagas sonreír. Pero vamos a lo que ahora realmente importa, lo de tu hijo. Aunque no encuentres disposición en tu párroco, como me decías, tienes que escribir al obispo, por lo menos que quede constancia. Y también a la Cruz Roja; si puedes contacta con el responsable en Oviedo porque a través de ellos hay que intentar averiguar en qué lugar de Rusia está. Partes ya de un dato, que desembarcaron en Leningrado, pero no sabemos si sigue allí. Por último, te aconsejo que te dirijas al cónsul suizo en Barcelona; le conozco de poco antes de comenzar la guerra. Se llama Adolf Gonzenbach. El problema es hacerle llegar la carta ya que, como sabes, es zona republicana. Quizás a través de la propia Cruz Roja, si se presta.

–¿Y te parece que el Cónsul de Suiza pueda tomárselo en serio?

–Se dan dos circunstancias favorables. Él es un humanista y despertará su interés. Y si por cualquier causa la censura controla la carta, Suiza no está mal vista por los franquistas. Me consta que, bajo mano, mantienen buenas relaciones y una amplia línea de negocios.

–Será por eso que entre los suministros de la cartilla dan leche en polvo de Nestlé.

–Tú lo has dicho, eres más lista que el hambre. Nestlé proporciona leche en polvo gratuita al gobierno nacional.

También recurrió a la familia Fernández-Miranda. Enrique, tío de su marido, era el miembro de la familia que mantuvo mayor contacto con Celestino tras el distanciamiento por su matrimonio con Catalina.

-Nunca os he pedido nada. Pero Tinín es tan Fernández-Miranda como cualquiera de vosotros.

-Por mí que no quede, Catalina. Lo que pueda hacer, cuenta conmigo.

Enrique conocía al cónsul de Reino Unido, que tenía relaciones diplomáticas activas con la URSS y contactos asiduos con su homónimo ruso. Volvían a toparse con la dificultad de la comunicación al estar ambos en Madrid, zona republicana.

La clave parecía estar en la Cruz Roja. A esa conclusión llegó la familia cuando Catalina explicó el resultado de sus gestiones. Al día siguiente Mari se fue a ver a una antigua compañera de la Cadellada que estaba prestando sus servicios como dama de la Cruz Roja y que la acompañó a ver a uno de los médicos de servicio.

Ese “hilo” la llevó hasta el presidente de la Cruz Roja de Oviedo,  con el que consiguió una cita a la que fueron juntas. Las escuchó con atención y se mostró sensible a indagar el paradero de Tino tomando nota de los datos que le facilitaron. Sin embargo, se mostró más remiso en lo de hacer llegar las cartas a los consulados de Suiza en Barcelona y de Reino Unido en Madrid.

–No les garantizo que lo pueda hacer. Debemos evitar que pueda ser mal interpretado por cualquiera de las partes en conflicto. La Cruz Roja debe ser neutral y además parecerlo. Haré las consultas del paradero de su hijo, doña Catalina, y a mis superiores les solicitaré permiso sobre la cuestión de enviar una carta.

Al cabo de algo más de un mes, a primeros de mayo recibió una misiva:

La Cruz Roja en la URSS comunica que la dirección de Celestino Fernández es: Casa Infantil de niños Españoles Nº1 Pravda– Leninskie/ Sievernoi Yelesnei Daroga 1/Txíscovo/ Región de Gorki/Rusia–URSS.
Tráiganme las cartas que deseen enviar haciendo referencia a esa dirección para sus contactos.
Con mis mejores deseos.
Presidente de la Cruz Roja de Oviedo.

Con cuidada letra, Catalina había preparado las cartas durante su convalecencia. No quería esperar más para entregarlas y sacó fuerzas de flaqueza para vestirse y bajar a la calle.

Justo antes de salir tuvo otro fuerte ataque de tos que la obligó a sentarse en el escaño de la cocina hasta que se le fue pasando la quemazón que sentía en el pecho.

Ina intentó disuadirla:

-No salgas, Mamina, ya las llevo yo. No te preocupes y quédate en casa por lo menos un día más.

-No. Voy a hacerlo personalmente. Tengo las referencias de cada uno y quiero ver si las puedo entregar en mano o al menos a personas cercanas a ellos. No quiero que se extravíen o acaben en una papelera.

-Pues te acompaño, a ver si vas a ponerte peor. Al menos hoy hace un buen día de primavera.

Salieron juntas a entregar las misivas.

MADRID, 2011

“Pues los que aconsejaron a mi bisabuela no iban desencaminados”, pensaba Carol a la vez que, de nuevo, se cercioraba de la posición de esos dos países ante el conflicto bélico en España.

Tesis de Carol

El acuerdo de “No Intervención” suscrito por los principales países europeos, incumplido en todo momento por la irrupción directa, con tropas y armas, de Alemania e Italia, era observado sin embargo escrupulosamente por Gran Bretaña, que soslayaba así el enfrentamiento con esos dos países. Tras el argumento de la “No Intervención” por parte de Gran Bretaña es- taba el temor a un triunfo del bando republicano con tanto peso de fuerzas revolucionarias; de hecho, en febrero del 38 había dimitido Robert Antony Eden como ministro de Foreign Office, que tenía una postura más cercana a la neutralidad real. Entre marzo y abril se cerraba un acuerdo con Italia sobre un conjunto de medidas internacionales y el Foreign Office protestaba ante el ministro francés de Asuntos Exteriores para que sellara la frontera francesa impidiendo el paso de armamento para la República. Ya con anterioridad, Sir Maurice Hankey, secretario del Gabinete había dicho, “en el estado actual de Europa, con Francia y España amenazadas por el bolchevismo, no es inconcebible que dentro de poco nos convenga unirnos a Alemania y a Italia. Y cuanto más nos mantengamos alejados de complicaciones europeas, tanto mejor (Fuente: The future of the League of Nations, Sir Murice Hankey).

El 4 de diciembre, tras varias semanas de conversaciones secretas en Burgos, se firmaba un acuerdo “off the record” que regulaba las relaciones entre Gran Bretaña y la España sublevada que posibilitaba el comercio bilateral puenteando al gobierno legal reconocido por los propios ingleses. Al cabo de un año las exportaciones británicas con los sublevados sumaban el setenta y cinco por ciento del total con España, y con el gobierno legítimo, solo el veinticinco por ciento.

Con Suiza era casi peor si no fuese por su menor peso internacional. El jefe de la diplomacia Suiza durante casi veinte años fue Giussepe Motta, ultra católico y anticomunista; mantuvo contactos con los enviados de Franco  a Berna a pesar de que no eran reconocidos formalmente por el gobierno. Sin embargo, con los auténticos diplomáticos de la República nunca aceptó tener trato directo. Los tres grandes bancos de aquel momento prestaron enormes cantidades de francos suizos a los rebeldes. El Schweizerischer Bankverein, con doce millones de francos suizos, fusionado con otro que también concedió créditos, creó el actual UBS en 1998. El antecesor del actual Credit Suisse hizo lo propio. (Fuente: Entrevista a Ralph Hug Swissinfo. ch. 13 de febrero 2009).

Suiza no solo en el aspecto económico tomó partido por los sublevados sino que represalió a los brigadistas de ese país acogiéndose al artículo 94 de su Código Penal Militar.

Seiscientos veintiséis suizos combatieron en las Brigadas Internacionales. Una elevada cifra teniendo en cuenta la población total del país helvético. Fueron condenados cuatrocientos veinte; prácticamente la totalidad descontando los caídos en combate. La condena supuso, además de cárcel en algunos casos, la pérdida de derechos civiles, es decir, no poder votar ni ser elegido, no poder ocupar cargo público como funcionario, por tanto, ni maestro, ni policía, bombero o médico en la salud pública entre otros muchos. Esos derechos no fueron restituidos hasta el año 2009.

“¡No puede ser!”-pensó Carol- Lo releyó varias veces buscó si había un error en la fecha: “No: ¡hasta 2009! O sea, contando con que tuvieran de veinte a veinticinco años en 1936, tendrían para entonces de noventa y tres a noventa y ocho años. ¡Vaya con Suiza!”.

OVIEDO, 1938

Unos días después de entregar las cartas, Catalina volvió a ver a Enrique Fernández-Miranda. No se quedó tranquila con la incertidumbre del envío a sus destinatarios de Reino Unido y URSS, por parte del presidente de la Cruz Roja de Oviedo, que había remarcado la salvedad de que “requería la autorización de su superior”, que no era otro que el presidente de la Cruz Roja en zona “nacional”. Enrique le transmitió buenas nuevas. Había estado en Lisboa con motivo de algunos negocios agropecuarios y conoció al cónsul del Foreign Office en Lisboa. Le comentó el caso de la evacuación de su sobrino nieto, Tino, y la desesperación de la madre. El cónsul se comprometió a hacer llegar, a su homónimo en Madrid, una carta por valija diplomática. Esa sí era una vía fiable y diversificaba los caminos de comunicación. Catalina se emocionó y quiso besar las manos del tío de su marido fallecido.

– ¡Pero qué haces, Catalina. No me tienes que agradecer nada! Como tú bien dijiste, es de mi sangre. Tengo el deber de hacer todo lo posible. Vamos a escribir ahora mismo la carta para el cónsul de Madrid y se la envío en un sobre cerrado a Lisboa junto con documentos de los negocios. Hacia Lisboa la censura es más laxa. Y en todo caso citamos que ese mismo escrito se lo has hecho llegar a la Iglesia y con eso nos cubrimos. Ya verás cómo sale bien.

Dios lo quiera y te lo pague. Nunca lo olvidaré.


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Capítulo 20

Pisaré sus calles nuevamente. Todos los capítulos publicados
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Capítulo 21 Oviedo. Abril-mayo de 1938