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miércoles. 28.09.2022

Legalización del PCE: una mezcla de alegría y tristeza

legalizacion PCE

La legalización del PCE fue una meta importantísima, sin la que no hubiera sido posible la transición democrática; pero aun nos quedaban muchos días de lucha, de alegría y también de amargura y frustración

A media tarde del sábado 9 de abril de 1977, estábamos sentados en la terraza de un entonces famoso café de la Plaza de España de Ibiza. Elena embarazada de nuestro primer hijo Javier, mis hermanas Elisa, que acababa de perder a su compañero Luis Javier Benavides, asesinado en el despacho de Atocha, y Charo, Cristina Almeida, María Teresa, viuda de Enrique Valdelvira, también muerto en el atentado de Atocha, Tomas Dupla compañero del despacho de Españoleto 13, Rosa y Miguel Gonzalez Zamora. Cristina con su proverbial generosidad nos había invitado a casi todos al chalet que tenía alquilado en la Cala San Vicente.

Necesitábamos descansar y cortar con la tensión que llevábamos viviendo en los últimos tiempos en Madrid, antes y después del atentado del despacho de Atocha. Habían sido unos meses muy intensos. La movilización contra el referéndum convocado por Adolfo Suarez para la reforma política, la imparable “salida a la superficie” con la campaña de afiliación al PCE y el  reparto en actos públicos de carnets, la detención de Carrillo, las constantes amenaza de los ultras y de los militares golpistas, los cada día más frecuentes intentos de la oposición democrática moderada de dejar en la cuneta al PCE ante la posible convocatoria de elecciones, la intensificación de las huelgas y las reclamaciones de los trabajadores en las Magistraturas de Trabajo y sobre todo la muerte de nuestros amigos y camaradas y la visita a los hospitales para ver a Lola González Ruiz o a Luis Ramos.

Los desayunos en la cala de San Vicente, los atardeceres frente a Es Vedra, el pescadito en el chiringuito en la playa donde trabajaba Juan, un amigo ibicenco de Cristina, los paseos por el casco antiguo de Ibiza comprando artesanía y alguna ropa, las largas charlas en la terraza de la casa de Cristina…fueron sin duda el bálsamo que necesitábamos.

Aquella tarde tomando unos helados, de pronto pasaron tres o cuatro coches tocando la bocina y sacando por las ventanillas banderas rojas, con la hoz y el martillo y el anagrama del PCE. La mucha gente que a esas horas paseaba por el centro de Ibiza se quedaba mirando sorprendida. Creo recordar que Juan le preguntó a un camarero si sabía algo y nos dijo que en la TVE acababan de anunciar la legalización del PCE.

Nos abrazamos entusiasmados y en nuestras caras se mezclaron la alegría y la tristeza, incluso las lágrimas.

Por fin éramos legales, podríamos compartir con nuestros familiares y amigos nuestra satisfacción y orgullo de ser comunistas, de poder mostrar nuestro carnet que teníamos guardado en la mesilla de noche. Por fin, los comunistas, que tanto habíamos luchado por la libertad desde el 1 de abril de 1939, podríamos contribuir a la construcción de la democracia como el resto de los partidos, que se habían incorporado a ese camino mucho más tarde o casi al final.

Sin embargo, el precio había sido terrible. Y hasta prácticamente el ultimo día. Todas aquellas mujeres y hombres que tanto habían sufrido a lo largo de 38 años y de los que nosotros nos sentíamos solidarios por formar parte del mismo partido y desde luego por lo muchísimo que nos había afectado con la muerte de Javier, Luis Javier, Enrique, Serafín y Ángel y por las graves heridas sufridas por Lola, Luis, Alejandro y Miguel.

Los pocos días que aun permanecimos en Ibiza ya no fueron iguales y esa agridulce sensación de alegría y tristeza nos acompañó todo el tiempo. Solo por un poco más de dos meses nuestros amigos y camaradas no habían podido vivir ese día de la legalización, disfrutar con esas alegres y emocionantes imágenes que veíamos en la televisión de las y los comunistas celebrando por las calles de Madrid y otras ciudades que ya éramos legales.

Al volver a Madrid rápidamente se nos volvió a acumular el trabajo. Aún quedaba pendiente la legalización de CCOO (Nicolás Sartorius y Julián Ariza me pidieron urgentemente, como siempre, que preparara un proyecto de estatutos para presentar en el Ministerio); teníamos que diseñar nuestra participación en la inminente campaña electoral; a través de nuestros despacho laboralistas era imprescindible recabar el voto comunista de nuestros clientes, rentabilizando el prestigio ganado durante tantos años esforzándonos en la defensa de los trabajadores y por supuesto pensar en cómo íbamos a vincularnos a CCOO una vez que el sindicato fuera legal.

La legalización del PCE fue una meta importantísima, sin la que no hubiera sido posible la transición democrática; pero aun nos quedaban muchos días de lucha, de alegría y también de amargura y frustración.

Legalización del PCE: una mezcla de alegría y tristeza