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jueves. 11.08.2022

El Perejil: crónica de una muerte eternamente denunciada

NUEVATRIBUNA.ES - 22.9.2009Visto lo visto, seguimos siendo tribales. Así, creemos en una globalización a la medida que tan sólo sirve para que nuestros comercios se llenen de productos made in Taiwán y las fábricas del primer mundo se deslocalicen al tercero, buscando el beneficio de unos cuantos y el perjuicio de la mayoría.
NUEVATRIBUNA.ES - 22.9.2009

Visto lo visto, seguimos siendo tribales. Así, creemos en una globalización a la medida que tan sólo sirve para que nuestros comercios se llenen de productos made in Taiwán y las fábricas del primer mundo se deslocalicen al tercero, buscando el beneficio de unos cuantos y el perjuicio de la mayoría.

Mientras los bancos españoles financian escuderías extranjeras con mayor entusiasmo que a nuestros autónomos y PYMES, ahora, Rodríguez Ibarra le pide sorprendentemente al Gobierno que acabe con el turismo sanitario: como si la posibilidad de que todos los europeos seamos atendidos en cualquier país de la Unión constituyera un mal negocio social.

Al mismo tiempo, todos nos disfrazamos de Bambi llorando ante la última embarcación que ha dejado una larga ración de muertes sin papeles en torno a la Isla de El Perejil: hipocresía a un lado y a otro del Estrecho. El mismo peñasco que propició una guerra absurda entre vecinos, no ha hecho posible que Rabat y Madrid sumen esfuerzos para que la paz sea cierta y no sigan muriendo los soldados desconocidos bajo el fuego graneado de la desesperación.

Hipocresía en Marruecos, porque no debían importarle mucho esas muertes cuando el lunes apenas rastrearon el mar porque sus autoridades andaban muy ocupadas conmemorando el último día del ramadán. Si en dicho lugar, suelen importar poco los vivos, ¿qué van a importar los muertos?

E hipocresía en España, porque mientras realizábamos un amplio despliegue aeronaval para buscar supervivientes o, en todo caso, restos mortales, amartillábamos al mismo tiempo la reforma de una nueva e implacable Ley de Extranjería. Después de la del 85 y las dos del año 2000 –la cuatro y la ocho con sus barras correspondientes y la dimisión de Manuel Pimentel--, de común acuerdo con nuestros socios comunitarios, crearemos una nueva norma para impedir que los africanos, americanos o asiáticos que quieran ayudarnos a salir de la crisis, puedan llegar en ferry, en autobús, en tren o en avión, con todas las de la ley, a este lado del paraíso.

¿O es que seguimos pensando que Africa viaja en patera o cayuco por deporte? El paisaje de esta tragedia es el retrato de las colas en los consulados y las trabas burocráticas que rinden homenaje a Kafka, frente al barquero de guardia, el mafioso ocasional, el policía corrupto, etc., etc.

Desde hace veintiún años, el Estrecho y las aguas de Canarias se han convertido en un formidable cementerio marino ante el que nos encogemos de hombros como si ese crimen no nos incumbiera.

Nuestros próceres dirán que nadie obliga a nadie a cruzar esa franja marina: ¿acaso sobrevivir no es la principal e instintiva obligación del ser humano? Y en tres cuartas partes del mundo, es más fácil encontrar la muerte que buscarse la vida. Con independencia de un puñado feroz de tiranuelos con denominación de origen en el llamado Tercer Mundo, las potencias y empresas que siguen esquilmando el sur del planeta, cuentan con su residencia fiscal en la vieja Europa, en Estados Unidos, en Japón o en China, principalmente. Y todo ello no sólo supone falta de alimentos sino falta de fármacos; no sólo grandes hambrunas sino pequeños sueldos, enormes miserias y poderosísimos miserables.

La desforestación, el SIDA, las guerras civiles. Pero también, el desempleo, la corrupción, el machismo, la explotación de menores. Y, desde luego, los horarios de trabajo interminable, la falta de garantías sociales, la inexistencia de verbos que puedan conjugarse en futuro. Nos gustará o no, pero desde este lado del mundo también inflamos la goma hinchable que conduce a toda esa gente al naufragio de todos los días.

Desde nuestras tribunas de oradores de la Unión Europea, hemos oído ponderar la conveniencia o no de averiguar el código genético de los inmigrantes por ver si están predestinados a la delincuencia; que si hay que vacunarlos antes de dejarlos entrar; que si hay que tomar la huella dactilar a los niños para exigirles que vayan al colegio; que si hay que exigirles un contrato de integración para que adopten nuestras costumbres; que si la única forma de evitar que haya ocho millones de sin papeles es expulsarles a todos aunque todos sepamos que es imposible hacerlo. ¿Alguien ha oído algo en torno a cómo evitar que no menos de diez mil personas hayan encontrado la muerte en el Estrecho desde que, hace veintiún años, se encontraron los primeros cadáveres de espaldas mojadas en Tarifa?

Al contrario: lo único que se nos ocurre es ampliar la cobertura del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), para que su ruta sea mucho más larga y peligroso, para que sus embarcaciones distraigan a nuestros guardacostas mientras los narcotraficantes logran penetrar en el Guadalquivir sin que nadie les detecte. Y, desde luego, urdir supuestos planes de cooperación con los países de donde zarpan las almadías de la desesperación, que en rigor no son más que sobornos encubiertos para que incumplan el epígrafe de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el que se afirma que ningún Gobierno podrá impedir que cualquiera de sus ciudadanos abandone la nación si quiere hacerlo.

Ahora, tras los sentidos discursos y el cocodrilismo de ordenanza, pasaremos a aprobar en el Congreso una ley cargada de miedo en lugar de una ley cargada de esperanza. Tras la directiva de la vergüenza, el populismo de los mensajes xenófobos y el auge de la extrema derecha en Europa, nos aguarda más de lo mismo: 60 días en la trena por no cometer ningún delito salvo la infracción de cruzar una frontera por un lugar inadecuado. Mientras España debate la penalización o los derechos de los menores, si estos son extranjeros podrán ser internados en confortables prisiones europeas hasta que decidamos expulsarlos como los barandas marroquíes expulsan por la frontera de Uxdá a los que salvaron el pellejo en el desastre del último fin de semana entre Ceuta y Benyunés.

Que nadie diga en los días del porvenir que no sabíamos lo que estaba pasando. En estos días, la sociedad civil arrojará flores y lágrimas a lo largo del país y en memoria de esa nueva matanza de inocentes. El resto olvidará pronto su número y sus circunstancias y pasará página hasta que, más temprano que tarde pero en parecidas coordenadas, vuelva a repetirse la crónica de esta muerte eternamente denunciada.

Juan José Téllez es escritor y periodista, colaborador en distintos medios de comunicación (prensa, radio y televisión). Fundador de varias revistas y colectivos contraculturales, ha recibido distintos premios periodísticos y literarios. Fue director del diario Europa Sur y en la actualidad ejerce como periodista independiente para varios medios. En paralelo, prosigue su carrera literaria como poeta, narrador y ensayista, al tiempo que ha firmado los libretos de varios espectáculos musicales relacionados en mayor o menor medida con el flamenco y la música étnica. También ha firmado guiones para numerosos documentales.

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