Consumo responsable
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Anttón Ugarteburu |
Un modelo de producción en crisis
Nos encontramos en un momento de inflexión. Los modelos actuales de producción son insostenibles, las regulaciones avanzan a un ritmo lento y, a pesar de haber marcos normativos establecidos, las vulneraciones de derechos ambientales, laborales y sociales se siguen sucediendo.
En términos de gobernanza, los modelos macroeconómicos que seguimos utilizando podrían incluso ser considerados obsoletos, ya que fueron establecidos en un contexto en donde la sostenibilidad aún no formaba parte del ideario colectivo. Sin embargo, en una sociedad tan globalizada, efectuar verdaderos cambios requiere reconocer el papel clave que puede jugar la sociedad civil.
Actores del cambio: Estados, empresas y sociedad civil
Por un lado, los Estados son responsables de dictar normas y generar mecanismos de control; las empresas de crear riqueza favoreciendo la cooperación; y la sociedad civil de movilizarse mediante la acción colectiva y la participación.
El problema radica principalmente entre los dos primeros actores. Son los que más suelen acaparar la atención y sobre los que no debemos perder el foco como principales responsables del paradigma actual. No obstante, me gustaría centrarme en la tercera pata, a menudo desplazada a un segundo plano y subestimada en cuanto al impacto positivo que puede generar. Aunque las administraciones y empresas influyen directamente en los productos que se comercializan, son los consumidores quienes, a través de sus patrones de consumo, deciden la viabilidad de esos mismos productos. Sin demanda, no hay oferta.
Barreras para el consumo responsable
A pesar de esta influencia, cambiar los hábitos de consumo hacia opciones más sostenibles sigue siendo un desafío. Los consumidores se enfrentan a la falta de información clara, desconfianza en las etiquetas de sostenibilidad y la ausencia de incentivos efectivos por parte de las administraciones para promover un consumo más consciente. Estas barreras informativas y económicas limitan al consumidor, pero otras veces, la propia falta de información viene dada por la falta de educación.
Cambiar los hábitos de consumo hacia opciones más sostenibles sigue siendo un desafío
Las empresas, por su parte, suelen optar por prácticas socialmente responsables solo si ven un beneficio económico claro. Si los consumidores no comprenden bien la información de los productos ni exigen alternativas sostenibles, las empresas no sienten la necesidad de dedicar recursos a procesos más sostenibles. Un estudio de 2020, titulado "Role and Responsibility of the Consumer(s) in Sustainable Consumption", publicado por Springer, expresaba que, aunque el 65% de los consumidores mostraba intención de comprar productos sostenibles, solo un 3-4% lo hacía realmente. Aunque el estudio tiene unos años, la brecha entre intención y comportamiento sigue siendo relevante, lo que evidencia una mayor necesidad de educación y conciencia por parte de los consumidores.
Repensar el consumo
Esta brecha demuestra que el consumidor tiene una responsabilidad clave en la sostenibilidad, no solo a través de la capacidad de compra, sino también con su voluntad de informarse. Ya hemos mencionado que la confusión sobre el significado de diferentes etiquetas o sellos puede frenar el consumo responsable. Sin embargo, Investigaciones recientes, como la de la Universidad de Maastricht, indican que muchos consumidores todavía no comprenden completamente lo que representan sellos consolidados como el de "Fairtrade", que lleva más de 20 años en el mercado. Esto refleja la necesidad de que los consumidores se informen mejor para cerrar esta brecha.
El papel del consumidor no debe limitarse únicamente a exigir productos sostenibles, sino también a reflexionar sobre su relación con el consumo en sí mismo
En este contexto, el papel del consumidor no debe limitarse únicamente a exigir productos sostenibles, sino también a reflexionar sobre su relación con el consumo en sí mismo. La sobreexplotación de recursos y el consumo excesivo contribuyen de manera significativa al impacto ambiental negativo. Actualmente la huella ecológica de España es de más de 4 hectáreas per cápita. Esto significa que, un ciudadano español medio necesita más de 4 hectáreas de superficie productiva (tierra de cultivos, zonas de pesca, bosques, etc) para satisfacer su demanda de recursos naturales y que puedan ser absorbidos de manera sostenible. Si extrapolamos este nivel de consumo a escala global, necesitaríamos entre 2 y 2’5 planetas para poder sostener nuestros niveles de consumo.
Es fundamental priorizar por productos que minimicen el daño al medioambiente y cuyos procesos de producción respeten los derechos laborales y sociales. No obstante, la solución no radica solamente en optar por productos sostenibles. Como señaló María Rodríguez Sánchez, experta en Consumo Responsable, durante una de nuestras videoclases: “El mejor residuo no es el que mejor se recicla, sino el que no se produce”.
Un cambio estructural desde la demanda
Con estos dos enfoques, priorizando la sostenibilidad y la calidad sobre la cantidad, es posible impulsar cambios, incluso si, en un principio, estos se producen de manera progresiva. Dado el contexto actual y las fechas señaladas, optar por productos sostenibles puede resultar más costoso debido tanto a la baja demanda como a los elevados costes asociados a su elaboración. Esto implica que, de entrada, no todos los consumidores pueden acceder a estas opciones.
En 2023, el Congreso Mundial de Consumers International publicó un informe “Global Consumer Archetypes to Foster Sustainable Living”, en el que se identificaron cuatro perfiles de consumidores: Conscientes, buscadores, partidarios y ahorradores. De estos cuatro grupos, tres tienen mayores posibilidades de inclinarse hacia opciones sostenibles.
Si los consumidores partidarios y conscientes logran informarse y coordinarse en sus patrones de consumo, podrían impulsar una tendencia que fomente el crecimiento de empresas sostenibles al igual que combata el sobreconsumo.
Si los consumidores logran informarse y coordinarse en sus patrones de consumo, podrían impulsar una tendencia que fomente el crecimiento de empresas sostenibles
Para reducir esa brecha entre intención y comportamiento, los consumidores pueden apoyarse en herramientas como la que proporciona footprintcalculator.org que nos permiten evaluar nuestro huella ambiental en base a nuestras condiciones económicas y culturales. También, en relación a la gran cantidad de sellos y ecoetiquetas, los consumidores pueden empezar por fijarse en las certificaciones más consolidadas del mercado como el ya mencionado Fairtrade u otros cómo FSC, Rainforest Alliance o EcoLable. Además Ecolable cuenta con una app, Ecolable Guide, la cuál es una aplicación de móvil que ayuda a comprender el significado de muchos de sellos o etiquetas.
A largo plazo, este comportamiento podría reducir las cantidades estimadas por parte de las empresas a la hora de producir, y por otro lado generar una oferta más amplia, mayor competencia y precios más accesibles de productos más sostenibles, permitiendo que incluso los consumidores más sensibles al precio, como los ahorradores, puedan participar en esta transición.
Así, aunque este proceso pueda parecer lento y progresivo en sus primeras etapas, optar por una selección más sostenible en nuestra cesta de la compra, podría convertirse en el motor de un cambio estructural y duradero.