sábado. 20.04.2024

La expulsión de Vinicius en Mestalla el pasado domingo ha levantado la caja de los truenos. Y bien levantada está. Cualquier persona demócrata y civilizada condenará el racismo en el “incidente Vinicius” o “caso Vinicius” como se está dando en llamar. Como el lenguaje lo carga el diablo ya en esa definición está parte de la trampa a mi modesto entender. Sigan leyendo si quieren reflexionar sobre una visión distinta del asunto.

Ha caído como una bomba en medio de una campaña electoral a cara de perro. En pocas horas tirios y troyanos se sumen a la condena. Hasta el presidente de Brasil ha denunciado el hecho. Al extremo al que está llegando la violencia en los campos de fútbol toda denuncia es poca. El mismísimo Presidente del Real Madrid ha bajado de las alturas para fotografiarse con Vinicius y prestarle su apoyo. Si el jugador fuera un hijo nuestro o un familiar todos estaríamos orgullosos de esa foto y no me cabe la menor duda de que habrá servido de calmante a un futbolista que apenas es un niño.

Guus Hiddink se negó a sacar a sus jugadores al campo si no se retiraba de la grada una pancarta con la enseña y mensajes nazis

Sí, pero los puntos sobre las íes

Sin embargo, y a pesar de esta marabunta, la campaña mediática que rodea a los poderosos del fútbol (pongan ustedes el apellido que quieran a esta frase) explican el terremoto sin analizar dónde está el epicentro.

Se está centrando la polémica en uno o dos espectadores dentro del estado. Bien. Ahí están actuando la policía y demás instituciones. En mi opinión fue mucho más grave la recepción de cientos de aficionado al autobús del Madrid antes de empezar el partido sin que nadie interviniera. Luego no son dos, sino cientos de bárbaros los que pronunciaban gritos racistas. Y se dejó pasar. ¿Por qué? Muy sencillo, porque pasa en muchos campos y se considera normal. Cualquier feligrés del fútbol como yo sabe esto de sobra.

Y nadie interviene. Por la sencilla razón de que detrás de todos esto está el negocio del futbol. Miles y miles de millones de euros que no se pueden parar porque se insulte a pobre negro o se detenga a uno o dos animales en un campo de fútbol.

Y hablando de animales, a los insultadores se les está llamando de todo. De todo menos incarle el diente a la raíz del problema. La crispación y los insultos que la derecha política vierte a diario en el terreno político. Ese es el carbón que atiza el fuego de tanto energúmeno que salta en el campo del Español, insulta a Vinicius o cuelga una pancarta de un puente de Madrid con un pelele negro colgado. 

A la altura de las circunstancias

Como la campana del Madrid es tan enorme, las reacciones de todo tipo se están sucediendo. Hasta con alguna explicación exotérica de determinada presidenta de Comunidad. Pero hacer, hacer, no se hace nada. Poderoso caballero es don dinero.

A quien esté dispuesto a hacer algo le recuerdo el ejemplo de Guus Hiddink aquel histórico domingo del 12 de febrero de 1992 en el estadio de Mestalla cuando era entrenador del Valencia. Se negó a sacar a sus jugadores al campo si no se retiraba de la grada una pancarta con la enseña y mensajes nazis.

Amaba el fútbol y era su profesión, pero no a cualquier precio y de cualquier manera. Así actúa un demócrata y un antifascista. Tomen nota. Llamen a los bárbaros por su nombre. Lo demás es marear la perdiz y hacerse fotos para los engañabobos.

Vinicius, racismo y el antifascismo de Guus Hiddink