martes. 18.06.2024
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Proclamación de Juan Carlos I.

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Para observar en qué medida los proveedores de visiones del mundo, los camellos del sentido, pueden manipular mentes, sentimientos, conciencias o memorias, no hace falta acudir a los sistemas religiosos o a los entramados prêt-à-penser cuya misión es justificar el statu quo y disuadir toda veleidad de transformación. Basta un ejemplo tan cercano y sencillo como la Transición española.

Calificada sin tregua de modélica e incruenta, se cobró la vida de casi doscientas personas, muchas de ellas jóvenes o muy jóvenes, asesinadas por los aparatos coercitivos (sic) del Estado o por grupos de incontrolados de extrema derecha. He aquí cifras concretas, tomadas del documentadísimo libro de Mariano Sánchez La transición sangrienta: 188 muertos por «violencia de origen institucional», entre los cuales 54 directamente por represión policial. Miles fueron heridos, golpeados, torturados o represaliados. Para todos ellos sería gratificante descubrir que sus penalidades y sufrimientos fueron un sueño, una ilusión, si damos crédito a la historia oficial. Por otro lado, este periodo se presenta –se publicita, más bien– como si un pueblo interesadísimo hubiera asistido, entre expectante y complacido, a las negociaciones –los trapicheos– de las élites políticas. Gracias a la magia del consenso y lideradas por el motor del cambio, estas habrían transmutado un régimen arcaico y autoritario en una democracia moderna en un periquete, por arte de birlibirloque y sin ningún coste para el contribuyente, por así decir.

Sin embargo, quien haya vivido aquello con ojos y oídos abiertos sabe que para alcanzar lo que se logró, hicieron falta huelgas, manifestaciones y sacrificios. Esas luchas fueron asumidas por una pequeña minoría –quizás la inmensa minoría de Juan Ramón Jiménez–, mientras la famosa mayoría silenciosa, que era muy mayoría y mucho silenciosa, vegetaba en la apatía, la incertidumbre y el miedo. Personas que conocieron esa época en pleno uso de razón la evocan no según la vivieron, sino conforme la crónica oficial la expone. Rememoran como una etapa tranquila años que pasaron llenos de temor, entre ruido de sables y pavor ante el futuro. Claro que en un país donde un exministro de un gobierno democrático dice no entender por qué tiene que condenar el franquismo, puesto que él recuerda «un tiempo de extraordinaria placidez», puede ocurrir cualquier cosa. Es el problema de vivir compartiendo geografía con una cantidad no pequeña de zombis y sonámbulos. Citando a Joyce, «no podemos cambiar de país. Cambiemos de tema» (Ulises).

La incapacidad para conquistar la ruptura durante la Transición marcó de forma dramática los decenios siguientes

La incapacidad para conquistar la ruptura durante la Transición marcó de forma dramática los decenios siguientes. Las fuerzas de oposición cedieron demasiado con tal de acceder a un lugar bajo el sol. No fueron conscientes de que este se les otorgaba con el objetivo de que se achicharraran. Si esos partidos y organizaciones han querido convencerse de que hicieron todo lo posible, los individuos no les han ido a la zaga. Progres veteranos han defendido con uñas y dientes la idea de que la partida acabó en tablas, cuando se saldó con una estrepitosa derrota. No es serio lamentarse porque en la actualidad no son factibles determinadas políticas, o porque los impulsos renovadores se ahogan apenas nacidos. Esto tiene mucho que ver con una batalla perdida tiempo atrás.

Aquel fracaso es responsable de que, cuarenta años después de la restauración democrática, un primer ministro se refiriera a la dictadura como «régimen no democrático». Ahí también tenemos el origen de que el mismo personaje alardeara de no dedicar ni un euro a la recuperación de la memoria histórica. Sería para echarse a reír, si no fuera tan triste, la indignación con la que algunos declararon en su día que España no era Grecia o Portugal. En efecto, portugueses y griegos rompieron abiertamente con las dictaduras que les habían tocado en suerte. Nosotros tuvimos que contentarnos con su reforma. Solo que hay cosas que no son susceptibles de ser reformadas; la única vía para su metamorfosis es la sustitución total de lo viejo por lo nuevo.

La Transición española fue una etapa mucho menos modélica de lo que sostiene la leyenda dorada

La compulsión pavloviana a calificar de ejemplar la Transición y rodearla de epítetos hiperbólicos en cuanto sale a colación trae a la mente la máxima «Excusatio non petita, accusatio manifesta» (1). Leamos, con la atención y detenimiento que merecen, estas palabras. «Los holandeses creyeron que, para conseguir la libertad, era suficiente con deshacerse del Conde […]. Y ni pensaron en reformarlo [el Estado], sino que dejaron todos sus miembros tal como antes estaban organizados, de suerte que el Condado de Holanda siguió funcionando sin Conde […]. Nada extraño, pues, que la mayor parte de los súbditos no supieran en qué manos se hallaba la potestad suprema del Estado» (Spinoza: Tratado político). Entreguémonos ahora a uno de esos juegos que sirven para instruirnos al tiempo que nos deleitan. Pongamos «españoles» en lugar de «holandeses», y sustituyamos «Conde» por «Déspota». Donde reza «Condado de Holanda», leamos «Reino de España». Nos encontramos ante lo que podría ser una sucinta exposición de las secuelas de una etapa mucho menos modélica de lo que sostiene la leyenda dorada. Pero esas frases del eximio filósofo de raíces sefarditas son aplicables por doquier en el ámbito político.

Si la mitificación de la Transición roza la hagiografía beata para uso de las masas, la de algunos de sus conceptos cardinales no le va a la zaga. El consenso que la presidió difícilmente puede considerarse como tal. Fue la victoria de una dogmática apoyada en unos poderes fácticos poco vulnerables sobre cualquier intento de ponerla en cuestión. La propia palabra es sumamente confusa, dada la diversidad de significados que se le atribuyen. Hasta hay una teoría de la verdad que viene a presentarla como aquello que es admitido por una amplia mayoría social. Llevado al límite, este punto de vista pasa de erróneo a atroz. Aun cuando toda una sociedad esté de acuerdo en algo, eso no implica que vaya a misa. No puede haber avenencia alguna entre Agamenón y su porquero. Donde hay patrón, no manda marinero, y donde hay clara hegemonía, el consenso es ilusión. Homogenización y unanimismo no tienen nada que ver con él. Solo es moralmente viable en lo referente a normas básicas de convivencia o a derechos fundamentales. Cuando entran en colisión estilos de vida, ideas o intereses distintos, se convierte en una farsa en la cual cada uno aparenta lo que no es.

Buena parte de la población no llega jamás a superar los límites de lo inmediato. Gracias a eso, se suceden a lo largo y ancho del mundo meros arreglos cosméticos que dejan todo exactamente igual que estaba. Los obesos continúan engordando y los escuálidos que proveen su sobrenutrición van camino de la inanición. Deslumbradas por inconsistentes espejismos, las muchedumbres aportan su sostén a los mismos que las esquilman. Conscientes de su control sobre las mentes, quienes ejercen el poder, aun de forma vicaria, ya ni se preocupan de disimular. Partidarios a ultranza de las privatizaciones masivas y la libertad de mercado viven opíparamente, en A y en B, de los recursos y puestos públicos. Los promotores de la cultura del esfuerzo obtienen títulos académicos, franquean puertas giratorias y disfrutan de prebendas dignas de cardenales renacentistas a base de tráfico de influencias y abuso de sus cargos.

Ante la espumosa subida del extremismo derechista, oímos voces que añoran la época del consenso en todas las salsas

Ante la espumosa subida del extremismo derechista, oímos voces que añoran la época del consenso en todas las salsas. Convendría poner los puntos sobre las íes. Sería menester diálogo, debate y pacto, pero esto solo es posible en un universo paralelo. La derecha local siempre ha ansiado la ocupación militar de instituciones y puestos de poder. En lo político, su única meta son los gobiernos, nacionales, regionales o locales, y su acción se orienta a conseguirlos o mantenerlos sin importar moral ni lealtad alguna. En España no han existido nunca partidos conservadores, democristianos o liberales homologables a los europeos. Su querencia por la descalificación, el insulto o la calumnia gratuitos y violentos no ha variado desde el restablecimiento de la democracia. La diferencia es que su voz es ahora múltiple, y cada cual se desgañita buscando convertirse en el gallo insignia del corral.

(1) Excusa no pedida, acusación manifiesta.

La leyenda de la modélica