viernes. 12.07.2024
Juan Antonio Rivera

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Los demógrafos advierten que dentro de nada vivirá mucha gente sola en sus domicilios y que serán en su mayoría personas de una edad muy avanzada. Mi entrañable amigo Juan Antonio Rivera ya reforzaba la primera estadística desde siempre, pero no ha engrosado la segunda. Ha fallecido solo seis años después de su jubilación, después de haber cotizado durante cuatro décadas. Hay mucha gente que ha contribuido al sistema de pensiones y que luego no lo rentabiliza. Nunca se alegan estos datos a la hora de hacer cuentas en esa caja y algunos gobernantes han vaciado lo que se denominó hucha de la seguridad social para emplear ese dinero en otras partidas presupuestarias. Permítaseme comenzar así este sentido homenaje a un confeso liberal con alma socialdemócrata.

Su testamento filosófico es muy rico y abarca varios títulos que merece la pena leer

Desde muy pequeño fue un lector voraz y que no rehuía ninguna género. En casa de sus padres los armarios rebosaban libros y no sabía gastar su dinero en otra cosa. Su exquisito vocabulario se lo trabajó elaborando glosarios terminológicos con aquellas palabras que desconocía. Quizá por eso exigía que sus estudiantes mostraran conocer algunas palabras en castellano, porque sin conocer el propio idioma difícilmente se puede aprender filosofía. Su vocación por el estudio era inconmensurable y decidió casarse con ella, viviendo como un ermitaño primero en la localidad tinerfeña de Mesa del Mar y luego en la catalana de Vallrromanes. Pese a esos retiros voluntarios era muy apreciado por sus amigos, porque siempre sabía dinamizar las conversaciones con un gracejo muy particular.  En su casa de Tacoronte se reunía mucha gente para debatir sobre lo divino y lo humano.

Aunque luego decidió dejar de viajar, sí lo hizo conmigo en muchas ocasiones. Recorrimos Europa con el primer Interrail tras las huellas de Wittgenstein y sin un duro en el bolsillo. Dormíamos de mala manera en los trenes que ya teníamos prepagados con ese inédito por entonces abono y nos duchábamos en las estaciones. El tren era nuestro refugio si llovía copiosamente y no podíamos pasear en las ciudades elegidas como destino. Las anécdotas de aquellos viajes fueron muy sabrosas. Yo las he contado mil veces amenizando sobre meses y Juan Anronio llegó a consignarlas en unos diarios de viaje ilustrado con mis fotógrafos. Para entretenernos jugábamos interminables torneos de ajedrez mientras los tres recorrían paisajes maravillosos y desconocidos.

También hicimos excursiones por la Sierra de Guadarrama y los Picos de Europa. En alguna que otra ocasión se sumaron Concha e incluso Clara y Alfonso. Llegamos a encaramarnos a picos poco practicables, pero con veinte años no hay dificultades que vencer y todo se disuelve a golpe de carcajada. Como lograba contagiar su entusiasmo por sus lecturas, he leído mucho siguiendo sus consejos. Es cierto que luego cambiaba de parecer y de registro temático, pero eso era lo de menos. Cortázar, Marx y Wittgenstein fueron sus gurús durante la carrera que cursamos juntos en las aulas de una Complutense ocupada por catedráticos franquistas, aunque con la transición asistimos por ejemplo al retorno de Aranguren a su cátedra.   

En los anaqueles de su biblioteca se llegaron a superponer varias hileras. Primero estuvieron monopolizadas por los libros que se agolpaban sin encontrar fácil encaje. Al comprar una enciclopedia, le regalaron un radiocassette y entonces decidió escuchar música mientras hacía gimnasia en su domicilio. Eso le hizo comprar compulsivamente los CDs de las obras clásicas conocidas y las versiones más afamadas de una misma pieza. Había hecho cálculos y podría escuchar unas tres veces cada versión a lo largo de su vida, cuyo término no creo que tuviera previsto. En una tercera fase comparecieron los DVDs cinematográficos, al reencontrarse con su pasión juvenil por el cine. Cuando le gustaba una película no dudaba en verla un sinfín de veces como hizo por ejemplo  con “Lo que el viento se llevó” y “Para nosotros las inglesitas”.

Cortázar, Marx y Wittgenstein fueron sus gurús durante la carrera que cursamos juntos en las aulas de una Complutense ocupada por catedráticos franquistas

Mientras hizo el servicio militar en el islote de Cabrera, mandaba unas enjundiosas cartas que debería haber publicado y aprovechó para redactar el trabajo fin de carrera. Nunca se planteó pedir una beca predoctoral pese a que su expediente se la hubiera granjeado. Quería tener una estabilidad laboral que le permitiera dedicarse al estudio sin sobresaltos. En la universidad había que tomar muchos cafés con los mandarines o sus lugartenientes para tener un lugar bajo el sol. Eso mismo le ocurrió a otro buen amigo común, Carlos Gomez Muñoz, quien decidió seguir la misma senda. Sería interesante aquilatar cómo era seleccionado entonces el personal en la universidad española. Un querido profesor nuestro, Antonio Pérez Quintana, tuvo que irse a La Laguna porque la no hizo nada por quedárselo, pese a su extraordinaria dedicación docente y el reconocimiento rodeando por generaciones de alumnos. 

Juan Antonio Rivera encontró en “Claves de razón práctica” el órgano ideal para ir publicando sus trabajos. Debió ser uno de sus colaboradores más prolíficos. Para celebrar la publicación de su primer artículo, me invitó al muy costoso restaurante Zalacain, donde nos tuvieron que prestar sendas chaquetas y corbatas para franquear la entrada. Estuvo durante meses pagando aquella factura. El dinero solo le importaba como medio para conseguir lo que quisiera y no le daba ningún valor en sí mismo. Era un tipo muy divertido y su bonhomía te hacía perdónale sus múltiples extravagancias. Porque sus manías para colmo Iban acumulándose como capas geológicas.   

El tiempo de cada día estaba muy pautado para poder aprovecharlo al máximo. Así disciplinaba el cuerpo en su gimnasio doméstico y con sus carreras por los montes. Alquiló la casa donde ha fallecido porque allí mismo alquilaban bicis de montaña y eso le permitía tener a mano los recorridos. Las horas de lectura y escritura también estaban pautadas. El esparcimiento llegaba por la noche, cuando se permitía ver al menos una película preferentemente clásica. Su cultivada memoria sabía retener citas y secuencias que luego volcaba en sus libros. Nunca se planteó llamar a las puertas de la universidad, que no se le habrían abierto en modo alguno, y fue dichoso dedicándose a escribir libros que han tenido cierta repercusión.

Su testamento filosófico es muy rico y abarca varios títulos que merece la pena leer. Quizá se pueda comenzar por “Lo que Sócrates le hubiera dicho a Woody Allen”, pero ahí están también “El gobierno de la fortuna” o “Más libertad y menos utopía”. Este mismo año acababa de publicar “Moral y Civilización”,  un recorrido espectacular sobre la génesis de nuestra moralidad y sus múltiples condicionamientos. Aunque nos habíamos distanciado, nunca dejamos de felicitarnos por nuestros respectivos cumpleaños y la última vez que hablamos, hace un par de meses, me dijo que por supuesto ya tenía otro libro entre manos. Ojalá pudiera publicarse. Voy a echarlo mucho de menos, aunque me queda el tesoro de las infinitas vivencias compartidas. Cuando vea el próximo Concierto de Año Nuevo me resultará extraño no recibir su habitual correo electrónico felicitando el año y saber que, por primera vez, Juan Antonio no podrá verlo al mismo tiempo que quienes le conocíamos.   

El testamento filosófico de un pensador honesto: Juan Antonio Rivera (1958-2024)