lunes. 24.06.2024
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La reflexión filosófica y el pensamiento ético nos acompañan desde la noche de los tiempos como nuestra propia sombra. Ambos recorren todas las épocas y lugares, enriqueciendo nuestro acervo cultural de un modo muy peculiar. Son por tanto algo que atraviesa nuestras vidas y el devenir histórico, teniendo un carácter tan inevitable como imprescindible. Al ser humano le caracteriza su infinita curiosidad y en eso consiste la filosofía, en plantear preguntas y cuestionarlo continuamente todo. Por su parte, la ética conlleva el asumir nuestras responsabilidades y eso es lo que viene a convertirnos en personas respetables, que poseen una dignidad y no admiten verse mercantilizadas. La ética también se propone modular el ejercicio de nuestra libertad para no socavar las libertades ajenas al perseguir nuestros caprichos e intereses.

Resulta por tanto extraordinariamente difícil exagerar la importancia que tienen el filosofar y los planteamientos éticos, al constituir el núcleo duro de nuestra teoría y nuestra praxis, que por otro lado suponen un continuo, como bien supieron ver por ejemplo Leibniz o Kant. Cada cual filosofa en todo momento, aunque no lo sepa, e igualmente resuelve a cada paso sin advertirlo problemas éticos. Cobrar conciencia de que así lo hacemos puede ayudarnos a ver las cosas con mayor claridad, rentabilizando por añadidura una tradición y unos legados que han modulado nuestros imaginarios colectivos. Además, nada ni nadie puede suplirnos en pensar o decidir moralmente por nuestra cuenta, salvo que optemos, claro está, por dejarnos tutelar y nos acomodemos al paternalismo de turno, abdicando con ello de nuestra imputabilidad moral, es decir, de aquello que nos define como seres humanos autónomos y responsables.

Si algo no son la filosofía o la ética son sendos comodines que valgan para revestir cualquier ocurrencia con su pátina de prestigio

Con todo, acontece algo curioso con la filosofía y la ética. Se las venera como si fuesen algo sacrosanto, pero su aureola no les exonera de una sórdida instrumentalización. Si algo no son la filosofía o la ética son sendos comodines que valgan para revestir cualquier ocurrencia con su pátina de prestigio. Por supuesto que la filosofía y la ética tienen un carácter absolutamente transversal, pero tampoco son cajones de sastre donde quepa cualquier cosa, porque verlas bajo esa óptica las desnaturaliza y desvirtúa. Tomar en vano su nombre no deja de ser un auténtico desastre. La palabra ética no es un conjuro cuya mera invocación sana lo perverso, y otro tanto sucede con el noble término de filosofía. Últimamente cabe detectar ciertas tendencias que se aprovechan de un prestigio acrisolado con el tiempo.

Sin ir más lejos, la filosofía griega y el pensamiento romano son tratados con cierta condescendencia, tal como sucede con lo que llamamos erróneamente lenguas muertas y que no pueden estar más vivas al ser los principales afluentes etimológicos de nuestros lenguajes cotidianos. Pero este mismo tratamiento se aplica también a una época como la Ilustración, a la que se considera periclitada e inservible. Las modas más efímeras copan el interés de algunos ámbitos, como si el tratamiento intemporal que aplican al modo espinosista las lentes ética o filosófica no fueran perdurables. Lo efímero e intranscendental dictan unas modas filosóficas cuya obsolescencia está programada. Los problemas filosóficos y éticos nunca se resuelven por definición. Son cuestiones abiertas pendientes de una constante revisión. Descubrir Mediterráneos como si exploráramos tierras vírgenes no supone un gran avance, por mucho que puedan dar el pego. Como decía Javier Muguerza, para estar de vuelta, primero hay que hacer el viaje de ida, y no cabe criticar cabalmente la tradición ético-filosófica sin conocerla mínimamente.

Diseñar aplicaciones para resolver nuestros dilemas éticos no tiene ningún sentido, al ser una misión imposible. Los códigos y protocolos éticos tampoco pueden reemplazarnos en este quehacer. Cada cual debe juzgar si los argumentos de autoridad merecen la obediencia debida, pese a que nuestra conciencia moral nos indique lo contrario. Esto conlleva por supuesto apechar con las consecuencias y no delegar la propia responsabilidad en ninguna otra instancia que sirva de coartada moral. Hay que reivindicar la filosofía y la ética, pero tomándoselas en serio y concediéndoles la suma importancia que tienen para nuestra vida cotidiana. Los manuales de autoayuda ocupan ciertos anaqueles en las librerías, como si compartieran con la filosofía una suerte de parentesco, cuando no es el caso. Ni tampoco las normativas pueden suplir a la ética, porque cada caso es un mundo y requiere una resolución particular que corresponde a cada cual.

El tiempo pone las cosas en su sitio y solo se preservarán las cosas que merecen realmente la pena, sin sucedáneos que pretendan suplantar a los originales. Incluso la sofisticada realidad virtual que aparenta una mayor verosimilitud acabará por declinar, o al menos es preferible pensar que así será, porque después de todo ese destino lo escribirá un determinado ambiente filosófico y una ética que no sean de pacotilla. 

¿Qué no son la filosofía o la ética?