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viernes. 01.07.2022
SIN TETAS
 

“No te da vergüenza. No ves que hay niños”.

El tipo estaba furioso. Con un dedo inquisidor señalaba a la culpable de su furia; una mujer que había osado destetarse en una playa de la costa atlántica argentina.  

“¿No te da vergüenza, nena?”, insistía, atrayendo la atención de los turistas más cercanos a lo que este simio documentado caratulaba como “un espectáculo vergonzoso”.

Aquella escena recorrió las redes en formato vídeo hace dos veranos atrás. Una mujer tomando sol en tetas. En esta ciudad balnearia de la provincia de Buenos Aires, fue esa la noticia de la semana. La “desfachatez” de aquella mujer había enervado a un energúmeno que no había dudado en buscar complicidad en otros energúmenos que observaban la secuencia tras los cristales de sus gafas de sol, debajo de sus respectivas sobrillas. Para que se indignaran junto a él. Y para que él –en su inconmensurable y retorcido egocentrismo- pudiera permitirse ser, por un instante, la imagen viva de su personal interpretación de lo deseable y lo indeseable, el vocero de los moralistas de cotillón, un héroe de cartulina, un valiente y rebelde imbécil que, escondiendo todas sus impotencias debajo de un bermudas colorido, creía ser una suerte Juez de playa. Y había sentenciado al escarnio a la Magdalena, a la pecadora plausible de ser apedreada por practicar topless, “faltándonos el respeto a todos”.

“¿No te da vergüenza?”, había insistido una y otra vez aquel prototipo fallido de ser humano que luego había señalado hacia su sombrilla para agregar. “¿No ves que hay niños?”.

La escena bien podría suscribirse en otros contextos, en otros tiempos -lejanos y remotos-, y hasta en otros espacios. Si se tratase de un film, la fotografía habría de ser en sepia. Una escena de esta naturaleza –en la que un cobarde ataca a una mujer que osó descubrirse los senos en una playa durante un día de verano- tiene su sitio histórico. Y no es precisamente el Siglo XXI.

Y sin embargo ahí estaba el señor este, dando su discurso de lo que –sin duda-, era desde su punto de vista “la moralidad y la inmoralidad”, mientras las ráfagas fugaces del viento sur impactaban contra las lonas de las sombrillas.

“Hay niños”, decía. Y los señalaba. Eran dos. Uno de unos ocho o nueve, y el otro de trece, quizás catorce. El más grande se estaba sacando un moco. Y el más bajito se comía una Criollita con arena. Esos eran los niños a los que el inquisidor quería proteger de la pecadora. Eran los mismos niños que ya habrían sumado cientos de miles de horas en Tuporno.com, viendo a escondidas millones y millones de tetas gracias a la magia de la banda ancha que el señor moralinas paga puntualmente cada mes.

La escena terminó -como puede apreciarse en la imagen que ilustra este artículo- con la policía interviniendo, algunas señoras de ceño fruncido adhiriendo a la exacerbación del denunciante, y algunos pibes haciéndose selfies, mientras allá atrás rompían las olas y el sol se perfilaba para atravesar un nubarrón y pintar el cielo de naranja.

Yo me quedé con ganas de saber más sobre este hombre que, de existir una aggiornada versión cinematográfica de La Santa Biblia, bien podría interpretar el rol de alguno de esos justicieros a contramano que querían apedrear a Magdalena, la pecadora.

No me quiero imaginar la indignación que podría producirle a este triste personaje el hecho de pasarse una tardecita de verano por La Costa del Sol, en donde cientos de miles de mujeres de todas las edades y condiciones descansan, se bañan, caminan, beben en chiringuitos. Y todo esto sin importarles, ni a ellas (ni a nadie sano), el hecho de hacerlo a pecho descubierto.  

Tengo la sospecha de que este es uno de esos a los que les gusta despotricar sobre su país, y no dudan en resaltar las ventajas del buen vivir de esos países de Europa a los que nunca fue (pero le contaron). Dudo también que este señor (y su “protegida contra tetas” familia), sea capaz de rechazar un obsequio tal como una semana de estadía en un Resort de Torremolinos. Me pregunto si allá se atrevería a mostrar su enfado contra la “inmoralidad”. En esas adorables playas que bañan el litoral andaluz. En esas arenas en las que hace ya algunas décadas la mujer vive en absoluta libertad la decisión de quedarse o no quedarse en tetas. Y en la playa que le salga de los ovarios.

Pero cobardes de la calaña de este insignificante modelo fallido de hombre, atinan a las excusas. “Allá es distinto. Es otra cultura”, dirán, cuando la miserabilidad que esconden quede al descubierto.
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