LA RADIO

Siempre nos queda la radio, sobre todo en medio de las desventuras

Imagen: Pixabay.
Larga vida para un invento tan crucial como el de los libros.

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La radio es una compañía insustituible, como recordamos cuando vienen mal dadas colectiva o individualmente, informándonos en medio de las crisis y suavizando los infortunios de cualquier tipo, la soledad no elegida o el insomnio.

Durante los largos meses de confinamiento doméstico impuestos por la pandemia, vuelve a recuperar la radio un protagonismo que, a decir verdad, nunca pierde por completo. Siempre ha sido la continua compañía de quienes están solos y en general de cuantos pasan muchas horas del día recluidos en casa por una u otra circunstancia. Tal como lo hizo en la trepidante noche de los transistores, la de aquel 23F narrado por Cercas en Anatomía de un instante, la radio cumple con su impagable misión en medio de una terrible dana o un sorprendente apagón. Sin su entretenimiento e información el inevitable miedo que nos ronda sería mucho mayor, porque no se contaría con este bálsamo las veinticuatro horas del día, incluyendo las interminables noches de insomnio.  

Cuando uno evoca su infancia con unos cuantos años en la mochila vital, recuerda cosas tales como la mesa camilla y la lumbre que debías atizar porque las cocinas eran de carbón. Todos los cuartos de la casa estaban presididos por una radio que andaba encendida casi todo el día. En realidad, era un miembro más de la familia. El que más hablaba y sabía. Hasta ciertos anuncios acompañaban gratamente tu infancia con su pegadiza melodía, pese a que ahora podrían verse censurados por contener expresiones consideradas políticamente incorrectas. Al enfermar siendo niño y tener que guardar cama durante un par de días, tocaba forrarse a leer los tebeos que se cambiaban en la esquina y escuchar la omnipresente radio, que tanto aliviaba las estancias hospitalarias. Algunos de nuestros padres habían hecho cursos por correspondencia y sabían arreglarlas e incluso construirlas.

Los aparatos de radio eran muy grandes y estaban llenos de lámparas, cada una de las cuales tenía una identificación sólo apta para los especialistas. Aprender a distinguirlas era todo un desafío. En el salón de cada casa solía haber una preciosa radiogramola y en la mía mi padre había hecho incluso el mueble que albergaba su doble función. Se la recuerda como una lámpara de Aladino. Allí se oían las primeras historias y escuchabas los primeros discos. Era una suerte de caja mágica. Cuando llegó la televisión, la radio seguía teniendo su audiencia, sobre todo a ciertas horas, en que había radionovelas o los primeros programas informativos que merecían la pena. Luego vinieron los transistores con su portabilidad, y ahora los teléfonos móviles nos permiten sintonizar cualquier emisora e incluso escuchar los programas en diferido, por si no te casan los horarios de las emisiones en directo.

Hay ciertas voces que nos han acompañado buena parte de nuestras vidas, porque han consagrado a este medio un gran tramo de sus dilatadas trayectorias profesionales. Cabría citar varios puñados de nombres indiscutibles, cuya voz nos ha sido tan familiar como la de nuestras mejores amistades, pero cada cual tendrá su propio listado. En realidad, cuesta concebir un mundo sin radio, mucho más que uno sin cine, pese a que me tengo por un cinéfilo impenitente y soy adicto a las historias del celuloide. Resulta difícil que la radio no llegue a todas partes y ahora nos acompaña pese a que crucemos fronteras. Hasta el cine le ha rendido algún homenaje. Ahí están las Historias de la radio y los Días de radio. Hubo programas que suscitaban solidaridad y asociaban ese gesto con la sinfonía incompleta del Nuevo mundo.

Cuando llegó la transición, la radio demostró que también podía servir para informarse, sin conectar con la censura de obligado cumplimiento bajo el franquismo

Cuando llegó la transición, la radio demostró que también podía servir para informarse, sin conectar con la censura de obligado cumplimiento bajo el franquismo. Mientras estudias, trabajas o descansas, puedes poner un programa de música, sintonizando sin ir más lejos Radio Clásica. No faltan programas de interés en la radio pública y en otras cadenas privadas que cosechan una notable audiencia, manteniendo programas legendarios durante décadas. Por las noches, los insomnes acaban conciliando el sueño mientras ahuyentan sus inquietudes con alguna de sus voces favoritas. No hay mejor paliativo para la soledad que sintonizar un programa de radio. Es un servicio público impagable, donde también damos con programas de divulgación científica o histórica, además de poder escuchar versiones radiofónicas de libros y documentales, por no hablar de los diferentes universos musicales.

Una misión fundamental de la radio es transmitir cultura y esta es imprescindible para nuestra salud mental. El ser humano es un animal simbólico y no puede verse privado de los bienes culturales que también pueden proporcionarle un mejor acceso a un mínimo e igualmente imprescindible bienestar material. En estos tiempos ya no suele ser un miembro más de la familia, sino que a veces constituye la única compañía estable a cualquier hora del día. También hay lugares, donde no llegan las líneas telefónicas ni la cobertura de los móviles, en donde la radio emite mensajes para los miembros de la comunidad. Los contertulios -que no tertulianos- radiofónicos convocados para comentar temas de actualidad no son corrientes en otros países. Cuando son buenos, pueden dar mucho juego, sobre todo ahora que ya no acostumbramos a cultivar el arte de la conversación y la tertulia, por lo que merece pena dedicar algún tiempo a escuchar esos intercambios de impresiones.

El medio radiofónico tiene una ventaja. Se presta mucho menos que la televisión a emitir programas de relleno como reality shows u otras cosas por el estilo

El medio radiofónico tiene una ventaja. Se presta mucho menos que la televisión a emitir programas de relleno como reality shows u otras cosas por el estilo. Además, ahora las nuevas tecnologías permiten emisiones duales y los oyentes pueden escoger entre dos programas en directo, según sea más aficionado por ejemplo al deporte, a los informativos o al entretenimiento. Nuestra radio pública cuenta con cinco cadenas y una programación de calidad que suele sortear los avatares políticos, aunque por supuesto nunca falten excepciones que confirman la regla. La radio va cumpliendo años y sabe adaptarse a los cambios tecnológicos. También sigue reclutando profesionales con una gran vocación y programando emisiones multifacéticas de interés muy plural. En realidad, todos los días, y no uno sólo, son el día de la radio para mucha gente. Más de la que uno pudiera pensar. En circunstancias especiales, como la del reciente apagón masivo, queda todavía más claro, si cabe. Por añadidura es gratuita. Larga vida para un invento tan crucial como el de los libros.