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martes. 31.01.2023
IGLESIA CATÓLICA

La santidad de Ratzinger

Se ha muerto Ratzinger, uno de los grandes ideológos de la reacción mundial. Los medios dominantes se han dedicado a ensalzar su humildad y su altura intelectual como si trataran de convencernos de un imposible

La observación superficial del santoral católico ofrece tal cantidad de criminales, maltratadores, abusones, pirados, idiotas y canallas de todo tipo que no sería nada extraordinario que Josep Ratzinger entrase a formar parte de él sin que los miembros de tan selecto club mostrasen la más mínima extrañeza.

Si el evangelista Mateo se dedicaba a cobrar impuestos y a extorsionar a los más pobres en nombre Roma, el Doctor de la Iglesia Agustín de Hipona declaraba en sus Confesiones que robaba por el simple placer de robar, de apropiarse de lo que no era suyo aún teniendo abundancia de lo robado; si Pablo de Tarso participó en la lapidación de San Esteban por seguir a Jesús de Nazaret, azotó y encarceló a quien le vino en gana antes de su conversión, Ignacio de Loyola dedicó su juventud a las armas, matando a gentes tan cristianas como él; si José María Escrivá de Balaguer ascendió a los altares después de haber apoyado a una de las dictaduras más sangrientas de Europa y de crear una de las órdenes más machistas, clasistas y aporofóbicas de la historia, Karol Woytila se situó a su lado por haber combatido los derechos humanos fundamentales  y seguir a rajatabla la política exterior dictada por Estados Unidos, lo que, como en los casos anteriores, indicaba sin género de dudas que su reino si era de este mundo.

En definitiva, se ha muerto Ratzinger y con él uno de los grandes ideólogos de la reacción mundial

Si la cara fuese el espejo del alma, que no lo es siempre, Ratzinger no saldría bien parado. Menos espiritualidad, sosiego y bondad todo se puede ver en el rostro del hombre que dirigió la Congregación para la Doctrina de la Fe como si el tiempo no hubiese pasado, como si estuviese todavía en aquellos siglos en que la escolástica tomista impregnaba leyes, conocimientos y conductas para que las injusticias del orden natural se tornasen eternas.

Sin ningún empacho, el teólogo Ratzinger osó desafíar al Espíritu Santo al renunciar al trono de Pedro para el que había sido elegido gracias a la intervención de la santa paloma, gracias a cuya intervención quedó preñada María sin perder la virginidad y si nombran a los Papas al iluminar al Colegio Cardenalicio con su sabiduría indubitable.

Sí, porque el Espíritu Santo es quien en realidad designa al máximo ejecutivo de la multinacional católica y, según cuenta la doctrina, no se equivoca. ¿Cómo puede errar quien forma parte de la Santísima Trinidad? Imposible, sería tanto como decir que Dios Todopoderoso ha perdido la razón, se equivoca o desvaría, lo que también de forma indudable nos llevaría a negar la existencia de Dios por debilidad manifiesta.

Al dimitir, Ratzinger tiró por los suelos buena parte de la doctrina que había estudiado desde su más temprana juventud, demostrando que él podía actuar contra la decisión divina, que Dios es falible y que la naturaleza humana está por encima de lo que los cielos hayan dado por pertinente y preciso. Ni sus necesidades personales, ni sus querencias, ni siquiera sus debilidades justifican una decisión que menoscaba la fortaleza de la institución y la fe en un Dios que yerra en sus nombramientos.

Como buen seguidor de Tomás de Aquino, que sigue siendo el patrón de los estudiantes, Ratzinger pensaba que el origen de todas las cosas está en Dios. No hay reloj sin relojero. Así los avances científicos, como la plusmarca en salto de pértiga o la velocidad de la luz.

No hay más que llegar al origen de cualquier descubrimiento o avance para decir, como Teilhard de Chardin, que antes de todo, la primera pista, la primera pesquisa la puso Dios para que el hombre pudiese seguir el camino trazado. No hay nada que especular ni que investigar, ni sirve de nada el bosón de Higgs ni la teoría de la relatividad puesto que fue Dios Todopoderoso la causa primera de que el hombre llegase hasta ahí. Sobran congresos, seminarios, horas, días, semanas, años de estudio, las cosas suceden porque así estaba escrito y decidido.

Pero al mismo tiempo que Ratzinger lo fiaba todo al Dios que desafíó con insolencia al dimitir, se permitía el lujo de intervenir en la vida de los hombres, en sus leyes, en la organización de la sociedad, en el sentido que debían tomar las decisiones políticas, argumentando que todo lo que estuviese en contra de ese orden natural en el que todo parte de Dios y es interpretado por sus representantes en la tierra es relativismo. Es decir, o crees a pies juntillas cuanto sale de la Congregación para la Doctrina de la Fe y dejas a un lado tus cuitas y razonamientos, o eres un relativista egoísta y depravado. 

A principios de noviembre de 2009, Ratzinger se reunió en el Aula Pablo VI del Vaticano con un grupo de fieles católicos a los que comunicó su postura sobre derechos como el aborto, la eutanasia, los experimentos genéticos y los matrimonios homosexuales, sentando una doctrina que repetiría hasta la saciedad durante su papado y posteriormente.

En aquel mitin Benedicto XVI advirtió a sus jóvenes seguidores sobre la ola de ateísmo y secularidad mal entendida que invadía el mundo: “En nuestro tiempo, sobre todo en algunos países, asistimos a una separación preocupante entre la razón, que tiene la obligación de descubrir los valores éticos ligados a la dignidad de la persona humana, y la libertad, que tiene la responsabilidad de acogerlos y promoverlos... Son conformes a la equidad -añadiría- sólo aquellas leyes que que tutelan la sacralidad de la vida humana y rechazan el aborto, la eutanasia, las experiencias genéticas -aunque sirvan para salvar vidas, apostillo yo- y las que respetan la dignidad del matrimonio entre un hombre y una mujer”. 

De una tacada, y sin pensárselo dos veces, Ratzinger, que había sido el máximo colaborador de Juan Pablo II te quiere todo el mundo, establecía el nuevo programa de la ultraderecha mundial, esa que está creando una situación en extremo peligrosa en Estados Unidos y que amenaza la continuidad de la democracia en muchos países de Europa.

Entraba de lleno el Papa Ratzinger en las leyes de los hombres, alentando a los buenos católicos a actuar en consecuencia. Empero, y al igual que su amigo Woytila, nunca hizo referencia alguna a los asesinados por las dictaduras de Chile, Argentina, Uruguay, El Salvador, Bolivia, Guatemala y el continente africano, regímenes todos ellos defensores de la razón y la libertad, de la palabra de Dios y de la obediencia ciega a Roma.

Al fin y al cabo, el catolicismo sólo promete felicidad para después de la muerte, hasta entonces es mejor resignarse y esperar a que escampe.

En definitiva, se ha muerto Ratzinger y con él uno de los grandes ideólogos de la reacción mundial. Los medios dominantes se han dedicado a ensalzar su humildad y su altura intelectual como si trataran de convencernos de un imposible. Ni había humildad en su persona, soberbio como era hasta para desafiar las decisiones del Espíritu Santo, ni era un intelectual, sino un simple reproductor de las teorías simplistas de Tomás de Aquino. Descanse en paz su Santidad.

La santidad de Ratzinger