viernes. 12.04.2024
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Hay temas a los que somos muy sensibles. Se trata de asuntos cuya comprensión no llega a nuestro cerebro, sala de tratamiento de las ideas, ni siquiera al corazón, lugar de acogida de los sentimientos. Es la propia piel la que parece recibir la noticia, poner en marcha los mecanismos cognitivos de nuestra parte intelectual y evitar que las otras piezas del sistema entren en funcionamiento. A partir de ese momento parece imposible pensar o sentir algo que no esté predeterminado por una especie de instinto irresistible.

En ese proceso puede ponerse en marcha todo nuestro organismo y, dependiendo de la naturaleza del impulso, prepararnos subconscientemente para una supuesta agresión o rendirnos ante una placentera y esperable situación. Algunos de esos impulsos deben venir determinados por nuestro pasado irracional, pero no cabe duda de que la mayoría los hemos elegido nosotros en función de nuestra cultura y nuestra ideología. Porque no todos reaccionamos igual antes las mismas ideas. Ni mucho menos. Cada cual tiene una sensibilidad específica en su epidermis que le hace reaccionar ante determinadas cosas. El hecho de que la piel solo reaccione ante algunos impulsos y no ante otros, caracteriza el que esa piel se vuelva fina en determinados momentos y no en otros. Algo así ocurre en otras especies de animales, como los camaleones, cuya piel cambia de características ante distintos impulsos externos.

Lo que, además, ocurre es que los seres humanos, y las humanas, se pueden agrupar, además de por muchas otras cosas, también por sus características dermatológicas, lo que refuerza la sensibilidad de cada componente del grupo ya que parece obligado el reaccionar de manera determinada para significar la pertenencia al grupo.

Machado se dio cuenta de que el noventa por ciento de sus conciudadanos utilizaba la cabeza para embestir y solo un diez por ciento la usaba para pensar

Pero, esa sensibilidad en la piel no impide tener alguna parte del cuerpo con una dureza suficiente como para poder embestir con ella. La evolución nos ha hecho tan hábiles que nos permite embestir con la parte corporal donde se encuentran los ojos, elemento imprescindible para poder ver donde atacar. Machado se dio cuenta de que el noventa por ciento de sus conciudadanos utilizaba la cabeza para embestir y, solo, un diez por ciento la usaba para pensar, lo que no evita que se pueda embestir intelectualmente. Con las primeras técnicas navales, el hombre (por entonces era políticamente correcto expresarse así) hizo los barcos a su imagen y semejanza y colocó un espolón en la proa de los navíos para poder arremeter contra los adversarios.

El rinoceronte ya lo había hecho muchísimo antes agenciándose evolutivamente un espolón con una forma y características que lo convertían en un arma poderosísima en la procelosa vida de la selva. Para defenderse del ataque de otros rinocerontes, o de cualquier enemigo de los que la selva está llena, además de su famoso cuerno, estos animales están dotados de una piel muy dura y resistente formada por capas proteínicas de gran fortaleza. Llegan a tener hasta cinco centímetros de grosor, por lo que nadie les puede acusar de tener la piel fina.

El ser humano usa la cabeza inmisericordemente para embestir con ella a cualquier adversario sin tener en cuenta la finura de su piel

Pero el caso del hombre y, por supuesto, de la mujer, es diferente. Podemos tener, y de hecho tenemos, la piel muy fina para según qué cosas y, sin embargo, usar la cabeza inmisericordemente para embestir con ella a cualquier adversario sin tener en cuenta la finura de su piel. Curioso animal el humano, y la humana, que posee tal dotación intelectual. Porque, al contrario que en el caso del rinoceronte, donde la cosa es animal, en nuestro caso, no. Lo hacemos intelectualmente porque lo explicamos teóricamente, tanto lo que nos ofende epitelialmente como lo que justifica que embistamos.

Y, esa capacidad, viene de muy lejos. Ya la Biblia nos avisaba de aquella visión distorsionada que nos permitía apreciar lo de la paja ajena sin que pudiéramos ver la propia viga. También la sabiduría popular ha sabido traducir esa extraordinaria cualidad enunciando la famosa ley del embudo. Por ello, el asunto no es nuevo y lo único que ha hecho la especie humana es perfeccionarlo con el tiempo.

¿Que porqué digo todo lo anterior? ¿Por qué va a ser? Por eso que está usted pensando.

Rinocerontes de piel fina