viernes. 12.04.2024
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'Los Caídos'.

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Definitivamente, la pretensión de resignificar Los Caídos consiste en transformarlo en un producto que resulte aséptico, neutral, amable y nada conflictivo en términos de semántica política e histórica.

Al pretenderlo se olvida que las palabras no son cosas, ni meros significantes. Sólo lo son en el diccionario. Pero las palabras tienen memoria. Cuando pasan los años y oímos algunas de ellas, acuden a ella un sinfín de asociaciones. Uno dice hernia y puede pensar lo que técnicamente significa, pero, si uno fue operado, será raro que se limite a pensar sólo en la palabra en términos médicos. Acudirán a su memoria un montón de asociaciones, unas agradables y otras no tanto.

Ocurre con Los Caídos. No es un sintagma cualquiera en el nomenclátor foral. Son dos palabras que ya no vienen solas. Las hemos ido alimentando con asociaciones de todo tipo. Ellas y el edificio que denotan se han convertido en el símbolo por excelencia de la victoria de unos y de la tragedia de otros, de la exaltación de los vencedores y de la humillación de los vencidos. En definitiva, símbolo maldito, bifronte, de los que separan a la sociedad. Lógico. Es el destino de los símbolos impuestos, antidemocráticos y fascistas. Lo aman los vencedores y lo odian los vencidos. Una sociedad sostenida así solo puede subsistir haciendo demagogia y malabarismos políticos.

Podrá pensarse que, después del tiempo transcurrido desde 1952, las palabras Los Caídos han perdido su poder connotativo. No ha sido así. Porque las connotaciones de las palabras no se imponen, ni se les puede poner límites. Están ligadas a la inteligencia emocional de cada persona. Por lo mismo, son intransferibles y nadie nos las puede arrebatar, para bien y para mal.

Vistas así las cosas, Los Caídos se pretenden resignificar, no por el lado emocional que suscitan sus palabras, sino buscándole un finalidad distinta a la que tenía. Con tal perspectiva, consideran que el resultado de esa acción despojará al monumento de sus connotaciones de exaltación fascista y golpista.

Se intenta anular su significado fascista anterior convirtiéndolo en otra cosa, aún no se sabe qué, que sea aséptica ideológicamente y, no sólo, que sea, también, una sala de estar donde acudan a hablar gentes de toda índole y condición, pero sobre todo gentes que, por culpa del edificio, no se podían ver ni las caras. Un ágora para la reconciliación. Un lugar de encuentro de una sociedad madura y reconciliada.

Lo más extraordinario de este intento, no es que se pretenda resignificar un imposible, sino hacerlo pensando que traerá a la sociedad lo que, al parecer, no ha traído ni el fuero ni su amejoramiento. Y ello sin concretar cómo será dicha resignificación, aunque, en esencia, sabemos que consistirá en la aplicación maravillosa de una asepsia ideológica al edificio.

Y, entonces, ¡qué maravilla!, Los Caídos dejarán de existir. Y el origen de la división social y política enquistada en la sociedad navarra desde 1936 desaparecerá. Y miles de navarros dejarán de sufrir de una vez por todas ese pasado ominoso, pues lograrán sustituir, sin necesidad de ir al psiquiatra, la memoria por el olvido, y dejarán de pensar en lo que hasta el momento el edificio evocaba. ¿Dejarán? Eso está por ver. En realidad, ni el ocaso de la memoria tendrá lugar, ni, tampoco, la pretendida reconciliación.

Porque se olvida que la resignificación que se defiende es una fuente misma de irreconciliación. Pues lleva un coste. ¿Cuál?

Obligar por la fuerza, a quienes sufrieron aquella barbarie, a olvidar el pasado sin recibir nada a cambio. Peor aún. Contemplar otra cosa resignificada y edificada sobre las cenizas de Los Caídos, que seguirá evocando a este por muchos afeites estéticos y arquitectónicos con que se vista la cosa.

Cualquier sucedáneo que sustituya a 'Los Caídos' seguirá evocando la exaltación golpista

Cualquier sucedáneo que sustituya a Los Caídos seguirá evocando la exaltación golpista. Para mayor vergüenza, quienes hasta la fecha se han pasado la vida celebrado ese enaltecimiento golpista saldrán de rositas de este empeño resignificador. En parte, porque esta resignificación sólo puede llevarse a cabo en la medida que no moleste a quienes hasta la fecha se han considerado los dueños feudales de tal edificio.

Es táctica y estrategia equivocadas presentar la resignificación como si fuera la panacea que llevará a los descendientes de verdugos y de víctimas del 36 a una reconciliación sin retorno. Para reconciliarse con los verdugos lo primero habría que saber quiénes fueron estos. ¿Con quién reconciliarse? ¿Con quienes siguen manteniendo que el edificio de Los Caídos siga en pie?

Ni tan siquiera derribando el monumento se conseguirá que la sociedad navarra consiga reconciliarse. Pero, al parecer, se sueña con que lo hará nuestra sociedad gracias a resignificar un edificio, símbolo del hecho más vergonzante que hubo en Navarra, mucho más que la pérdida del autogobierno foral.

Cuando el movimiento de las asociaciones de memoria histórica piden la demolición de Los Caídos no lo hacen para reconciliarse con quienes es más que imposible hacerlo. Una utopía irrealizable.

No se pide la demolición del monumento ni, por odio, ni por rencor, ni por venganza. Se pide derribar el monumento como rechazo frontal a las causas que hicieron posible el genocidio navarro de 1936: el fascismo, el golpismo, los militares golpistas, las Juntas de Guerra, los matones, las sacas, la represión… Y para manifestar el rechazo a quienes desprecian el Estado de Derecho, la soberanía popular, la democracia y el Estado laico. 

Se puede vivir sin reconciliarse con quienes, mientras vivieron, no quisieron saber nada de pedir perdón, ni de hacer justicia, ni de reparar, ni ayudar a saber la verdad. No existe ninguna obligación que exija hacerlo.

Pero, al mismo tiempo que se puede vivir sin reconciliarse, lo que no se puede permitir, por dignidad y por justicia, es que sigan las autoridades manteniendo en pie un edificio golpista, porque lo único a lo que invitan tales asociaciones es a reivindicar una vida donde recordar y olvidar no dependan de lugares que siguen exaltando lo peor de la condición humana.

ATENEO BASILIO LACORT: José Ramón Urtasun, Carlos Martínez, Clemente Bernad, Laura Pérez, Jesús Arbizu, Orreaga Oskotz, Carolina Martínez, Pablo Ibáñez Víctor Moreno y Txema Aranaz.

Resignificación de 'Los Caídos'