jueves. 04.06.2026
RELATO | PURA COINCIDENCIA

El director ya no tiene quien le escriba (pseudónimo Azorín)

Veías caminar la felicidad calle abajo, entre brumas de multitudes esculpidas por el inflexible filo de la vida marginal.
Recreación del pueblo de Macondo en Alvarado, Tolima. Netflix
Recreación del pueblo de Macondo (Netflix)

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Hoy he visto a Macondo en la televisión: un desalojo de decenas de inmigrantes subsaharianos de un edificio público en ruinas con gran satisfacción del dictador que se jactaba de su racismo sin sonrojarse. Al día siguiente las noticias sacaron a la luz en primer plano la cruda realidad que les tocaba vivir a aquellos inmigrantes muchos de ellos trabajadores y a los que nadie ofreció ayuda salvo el triste consuelo de resguardarse de la lluvia debajo de un puente.

Había montañas y la naturaleza se apoltronaba en su butaca como una espectadora bella y magnánima

En efecto, yo conocía dicho puente porque muy cerca de allí existe un hotel en el que había pasado unas vacaciones a modo de reportero imaginario. Una amiga me advirtió de que era un barrio peligroso, pero no me importó. Es más, sin perjuicio de que era obvio que el aire estaba cargado de tensiones y a menudo cruzabas por zonas bastante sucias y con graves síntomas de abandono y de claudicación. A veces te dabas de bruces con los callejones intempestivos que desprendían una fuerte sensación de marginalidad y delincuencia, aunque lo cierto es que yo no tuve nunca problemas con nadie. Incluso había lugares inmundos en los que podías dormir junto a trece vagabundos por veinte euros la noche.

Como siempre cuando estabas allí el tiempo se volvía agónico y el pequeño rinconcito de libertad que tanto te había costado lograr enseguida se veía amenazado por el ruidoso eco de una rutina estresada que quería volver a atraparte cuanto antes. El hedor era tan intenso que la muchacha de recepción se administraba ingentes cantidades de perfume, a modo de pantalla protectora. Era imposible conciliar el sueño porque cada cinco minutos sonaba el móvil de alguno de aquellos personajes, la mayoría de las veces para reclamarles deudas.

Fuera hacía tanto frío que el invierno se te clavaba hasta los huesos y el calor humano era a veces bien recibido y saboreado como lo haría un cachorro en la zona habitable de la perrera. Mucho más miedo pasé cuando hice una excursión al barrio bonito de la vida y me clavaron unos precios de infarto y además de que el ascensor era tan viejo que daba bastante angustia cada vez que te montabas en él. No obstante, una cosa era cierta: mi barrio preferido de Macondo era una suerte de gueto. Es decir, un barrio segregado de personas de creencias musulmanas y de muchos otros lugares del mundo, incluso de las más exóticas regiones. Había una comida exótica que te traía lejanos recuerdos. Esa comida singular que durante mucho tiempo fue el plato estrella de un barrio en el que nadie tenía una delicia semejante.

Eran riesgos añadidos de tener que vivir en la calle. Perdías la credibilidad. Perdías el estatus de persona con capacidad de obrar, la personalidad jurídica. Eras solo un sin papeles vagabundo y nadie te iba a creer una historia como esa

Ahora descubrías con nostalgia la simpática broma de la guapa camarera, porque no era cierto lo de la secreta receta de su abuela. Pero caminar por la calle ya no era seguro. El miedo al robo era tan fuerte que la gente no se atrevía a dejar solas las bicicletas ni cuando tenían que comprar comida casera en una ventana de un bar de tercera categoría.

Cuando caminabas por aquellas inmensas avenidas tomando el pulso a la ciudad que se manifestaba en plena efervescencia, con un recuerdo lejano a las novelas francesas, encontrabas indicios claros de que muy cerca de allí se estaba cometiendo el crimen que nunca es contado en los grandes medios de comunicación. Aprendías de forma tácita a mantener la distancia precisa y a guardar el silencio adecuado, en un mundo clandestino que escondía horrores y crueldades execrables. Ante tus propios ojos se desvelaba exultante, la realidad del mundo que nunca sale en las noticias.

Veías caminar la felicidad calle abajo, entre brumas de multitudes esculpidas por el inflexible filo de la vida marginal. Era muy cosmopolita ver mujeres chinas del brazo con hombres de Centroamérica. Era raro que nadie se quejara y que todo funcionara con una precisión desalentadora. La gente estaba tan ocupada que el tiempo pasaba muy rápido y el metro siempre estaba lleno de multitudes. El cine era lo que más te gustaba. Era una pena que a ti no se te diera bien hacer crónicas sobre las grandes estrellas de Hollywood.

Los hombres más poderosos del mundo parecían estar huyendo de sus propios problemas vitales y quizás habían sido previamente seleccionados por esas vulnerabilidades y defectos

La ciudad se extendía a lo lejos como una bruma irreal llena de torres de cristal y bares de ensueño. Había montañas y la naturaleza se apoltronaba en su butaca como una espectadora bella y magnánima. Te tomabas otra cerveza antes de ir a dormir. No pedías mucho más a la vida. Aunque veces soñabas con princesas chinas. Pero lo que más te gustaba era viajar. Conducir. Volar. Montar en barco. Al caminar te saltabas un semáforo en rojo y un africano al volante de un coche de cuarta mano te increpaba por ser un blanco el cometía un acto incivilizado. Ibas al baño y te rodeaban pandillas que hablaban en árabe y no querían saber nada de ti. Hombres de cara a la pared rezando a la Meca. Personas solas que buscaban refugio en mitad de la tormenta.

Un chico venía a preguntar por una pelota de baloncesto que olvidó al comer un kebab. La espera se hacía tensa, mientras el frenético ritmo de las cosas hacía perder toda la importancia a una simple pelota que ya nadie sabía dónde estaba. El día continuaba con el despegue de un carrusel de personajes auténticos que iban a sus quehaceres sin demasiado entusiasmo. Supervivientes únicos que eran como funambulistas sin red en un suelo lleno de cocodrilos que volvían a casa por navidad. Y luego de repente, de improviso, como si tuvieras la suerte de asistir a un rutilante milagro cotidiano, te encontrabas en el horizonte la visión paradisíaca de el más moderno centro comercial.

Unos ingeniosos arquitectos de la realidad habían trazado un magistral plan de podredumbre, basura, inseguridad y adicciones, para resaltar el efecto de aquella divina imagen exoneradora de todos nuestros pecados, sueños húmedos y necesidades básicas. Podías conocer a las más guapas mujeres, ver las mejores películas de toda la cartelera, tomar las cervezas más internacionales de todos los tiempos y, sobre todo, dejarte agasajar con las más delicadas viandas de los cinco continentes. Entonces —como reportero imaginario— intentabas abstenerte de entrar en esa guerra psicológica que parecía tener dos frentes bastante bien delimitados. Lo observabas en los pequeños detalles, en los comentarios que escuchabas, en las caras de la gente.

Era como una enfermedad que se contagiaba y sembraba los desastres de la desconfianza. Incluso tenías la consideración de barajar la otra cara de la moneda y te venía a la mente la única vez en tu vida que evitaste un presunto atentado yihadista con solo escuchar y tratar con la misma dignidad que a cualquier otra persona a un vagabundo marroquí completamente enfurecido. Se acercó a ti —como reportero imaginario—pidiendo a voz en grito una pistola. Tú que en cierto modo representabas para él un interlocutor ecuánime tras la dolorosa decepción de haber sido robado, humillado, drogado, y encerrado un día entero en el calabozo y por una corrupta cadena de agentes de la autoridad que al final se quedó con todo su sueldo de un mes después de duro trabajo en el campo. El vagabundo insistía en que le había enseñado las nóminas porque desconfiaban del lugar en el que había conseguido el dinero. Pero esos eran riesgos añadidos de tener que vivir en la calle. Perdías la credibilidad. Perdías el estatus de persona con capacidad de obrar, la personalidad jurídica. Eras solo un sin papeles vagabundo y nadie te iba a creer una historia como esa. Nadie menos yo.

Finalmente te convencí para que no compraras la pistola. Tras ver como tus lágrimas se derramaban por tus mejillas y escucharte hablar bien de las personas de España y pedir justicia para un daño que ya nadie podía repararte, al fin te convencí de que la venganza era una tragedia todavía mayor y que lo mejor que podías hacer era tomarte una hamburguesa. Fuimos amigos por cinco minutos. Luego intenté seguir la actualidad del mundo. Observaba el mundo como si estuviera siendo objeto de una delirante gobernanza Gonzo. Es decir, miraba a los excéntricos mandatarios pelearse por los recursos del planeta con la mayor impunidad. Y, sin embargo, lo hacían a través de unos gestos grotescos que pretendían que se hablara de ellos en lugar de las cosas que tenían verdadera importancia.

Los hombres más poderosos del mundo parecían estar huyendo de sus propios problemas vitales y quizás habían sido previamente seleccionados por esas vulnerabilidades y defectos. No sería de extrañar que hubieran sido encumbrados por su gran predisposición a ser títeres. ¿Y dónde estaban los que mueven los hilos? ¿Y qué es lo que pretendían? Después ya no me acorde de ti mientras te volviste a tu rutina de miseria y mansedumbre, como un hombre domesticado que malvive en la intemperie. Los días pasaron con sus noches misteriosas y es cierto que cuando yo regresé a mi casa escuché en las noticias un titular que me hizo volver a pensar en ti.

La escena era el mismo centro comercial y la misma hamburguesería donde aquella tarde desquiciada te invite a comer una hamburguesa. Esta vez el protagonista no eras tú, sino un pobre argelino que víctima del dolor y de esa funesta desconfianza en el sistema que lo ha ignorado durante tanto tiempo, por meses, años, quizá incluso décadas, hasta dejar su mente expedita a las radicales ideas más inverosímiles y a fabricación religiosa y titánica de enemigos invisibles. Fue un policía de paisano el que lo detuvo a punta de pistola cuando sacó un hacha de cocina y comenzó a clavarla de modo nervioso contra la pared del restaurante. Y por supuesto nadie contará su cuarto de hora de fama, de forma que no tenga un claro sesgo político o mejor dicho un mensaje electoral casi bíblico, cuando el problema mental es un problema público, y que debería haber sido detectado y tratado mucho antes, antes de haberlo dejado caer solo en un pozo sin fondo: esa absurda y peligrosa espiral de paranoias fruto del abandono del sistema. 

El director ya no tiene quien le escriba (pseudónimo Azorín)