lunes. 04.03.2024
digital

Seguimos con el entremés y con esta segunda parte se pretende completar y afinar la primera parte del artículo que lleva el mismo título. Pero estas reflexiones suponen algo más, suponen qué es y cómo es posible la comunicación entre seres humanos, sin descartar la comunicación con otros seres vivos. Comunicarse es el hecho más difícil y complejo que existe y muestra también el grado de civilización. La comunicación tiene tres fases que van de lo simple a lo complejo: la primera es la descriptiva, donde los humanos le ponemos nombre a los objetos que vemos y/o tocamos; la segunda es la narrativa, donde ya somos capaces de contar algo que no sea meramente hacer corresponder un sonido con un objeto, que es la primera fase, y que para ello se necesitan los verbos; la tercera es la emotiva, donde el sujeto interviene también como objeto y donde inventamos los adjetivos. Todas estas fases las podemos recorrer porque los humanos nos interpelamos entre humanos, vemos y tocamos los mismos objetos, nuestras vidas son análogas y los sentimientos lo son también. Eso significa que esta tercera fase no será comprendida por seres que no se hayan criado como o, al menos, convivido con los humanos. Tal es así que, el hecho de que nosotros nos comuniquemos con seres no humanos como son nuestras mascotas, es posible por los largos años convivencia con estos seres de tal forma que han afectado a nuestros mutuos ADNs. Sabemos que los seres vivos, incluso los vegetales, sienten aunque no hayamos averiguado en muchos casos cómo saberlo. En cierta manera a nuestras mascotas las hemos antropomorficado. Con los supuestos alienígenos sólo podríamos avanzar en ello tras largos siglos de convivencia.

Pero ahora vayamos a complementar algunas cuestiones sobre comunicación que se habían quedado como imprecisas porque aún tengo la imagen ingenua de un Carl Sagan y su disco de oro de la voyager que lanzaron al espacio. Mucho más realismo tienen las tabernas que aparecen en La Guerra de las Galaxias (Star War) donde, precisamente, conviven seres de diferentes sistemas planetarios y, posiblemente, galácticos, porque en esas convivencias es cómo se aprenderían lenguajes y formas de comunicación al menos hasta la fase narrativa. Cuando comencé el primer artículo pensé ingenuamente que, además de las matemáticas que demuestran el grado de civilización, podríamos utilizar los avances de la física (1), pero inmediatamente lo deseché –lo cual debiera ser una sorpresa para el lector– porque es un imposible. La razón de ello es que el conocimiento de la física se basa en determinadas constantes como son la velocidad de la luz en el vacío o la constante de Plank. Y en efecto, ambos son números –con dimensiones– pero que ¡dependen de las unidades de media que empleamos! Yendo a la de la luz, los físicos han concretado su velocidad en 299.792,454 kilómetros/segundo en el vacío. Y aquí viene el problema, porque nuestra unidad de medida –que en este caso es el kilómetro– es completamente arbitraria; también lo es el segundo y éste parece tomado del tiempo de los latidos del corazón. Imaginemos que la unidad de medida de unos alienígenas fuera 3,71 veces más pequeña que el kilómetro, entonces la velocidad de la luz sería el producto de la nuestra multiplicada por 3,71 veces y daría 1.112.230,0043 veces su unidad de medida espacial por segundo. Si nosotros recibiéramos esa información transformada en el sistema digital y la pasáramos a nuestro sistema decimal no podríamos saber su significado. Pero además están los segundos, es decir, la unidad de medida del tiempo, que tampoco tendría que ser la nuestra. Ocurriría con cualquiera de nuestras constantes en física porque, a pesar de ser constantes, están expresadas en unidades de medida que para un alienígena serían totalmente arbitrarias. Sí podríamos comunicar las frecuencias que caracterizan los elementos obtenidas a través de los espectógrafos, porque estas frecuencias son número de veces de que algo se repite. Por ejemplo, la precisión de los relojes digitales se basa en el número de veces que un átomo de cesio emite un isótopo ¡por segundo! Ahora hemos eliminado la unidad de medida del espacio pero no del tiempo. Faltaría por comunicar a los alienígenas cuánta es la duración de un segundo, lo cual no es fácil, pero en el espacio existen púlsares que emiten radiaciones por segundo y es posible que alguno de ellos lo haga de una vez por segundo o muy aproximadamente y ahí estaría la unidad de medida del tiempo comunicable. En todo caso las dificultades son máximas y no parece posible que en una primera fase de comunicación nuestros conocimientos físicos fueran trasladables a seres con unidades de medida diferentes a las nuestras. De paso vemos que un poco de reflexión hubiera cambiado la contenida en el disco de oro del bueno de Sagan y eso que era un reputado astrofísico.

Por eso debemos volver a las matemáticas y a los posibles grafismos que las podrían acompañar porque el lenguaje digital de base de numeración 2 –el lenguaje del electromagnetismo antes de la invención de los sistemas cuánticos basados en la mecánica cuántica– puede ir acompañado de grafismos u objetos que impliquen repetición de dos alternativas. Pero aquí vienen nuevos problemas porque, imaginemos que queremos comunicar algo más que una constante matemática, es decir, algo que implique dos o más objetos de conocimiento para ir entrando en la fase de comunicación que hemos llamado descriptiva. El problema sería ahora cómo separar los valores digitales de la comunicación. Veamos un ejemplo: imaginemos que queremos mandar seguidos las primeras cuatro cifras de nuestro sistema decimal de los números pi y e de Euler en ese orden y en términos binarios. Ya vimos cómo son en la primera parte del artículo y que los pongo seguidos en su expresión binaria, aunque separados por el número 2:

mora_cuaro 1

El problema es que en nuestro sistema digital –basado en el uso electromagnético de paso o no paso de una corriente– ¡no existe el número 2! Y si dejáramos un hueco podría ser interpretado como un no paso de la corriente al trasladarlo a la comunicación electromagnética. Bien, busquemos soluciones. Una podría ser sin abandonar la comunicación digital con la siguiente expresión:

mora_cuaro 2.2.2

Es decir, nos hemos comido cualquier forma de comunicación que implique la separación entre el número pi y el número e. Supongamos que somos nosotros los que recibimos estos pulsos electromagnéticos o señales digitales que impliquen separación entre una señal y otra o entre una señal y la falta de la misma pasado un tiempo. ¿Cómo procederíamos si tuviéramos que examinar el número digital si sospecháramos que no se trata de un fenómeno de la naturaleza sino de una información no natural hecha para demostrar que seres con tecnología apropiada la están emitiendo? Si pasamos directamente a nuestro sistema decimal nos daría un número sin sentido, pero si sospechamos que pudiera ser información sobre varias cosas procederíamos a separar los dígitos –que se corresponderían con los pulsos electromagnéticos o señales, por ejemplo, visuales, o con frecuencias determinadas que se repiten y que pudieran asignarse a un sistema digital binario– que hemos recibido. Nosotros hubiéramos recibido señales equivalentes al número binario:

mora_cuaro 2.2

¿Qué hacemos? Hemos recibido señales equivalentes a 24 números binarios. En principio podemos suponer que la información viene codificada linealmente y no aleatoriamente porque eso no tendría sentido. Con este supuesto deberíamos ir tomando este número de 24 dígitos desde el primero –el 1– y el segundo dígito que es el 0 en este caso y comprobar si ahora los dos números separados tienen ahora algún sentido. Es decir, ahora veríamos por separado los dos primeros números (2) y los 22 restantes por separado.

mora_cuaro 2

Probablemente nada nos diría, por lo que procederíamos a separar los tres primeros dígitos del resto y quedaría:

cuadro

Tampoco nos diría nada, pero obrando así llegaríamos a:

mora_cuaro 4

¡Y ahora sabríamos que el primer número digital –el equivalente digital de las señales recibidas– se corresponde con los 4 primeros números decimales del número pi y el segundo segmento de dígitos se corresponde a su vez con los 4 primeros números decimales del número e!

Supongamos que los alienígenas no han tenido la delicadeza de enviarnos las señales equivalentes que nosotros hemos interpretado en términos binarios de la forma expresada, es decir, de forma alineada o secuencial. O, simplemente, que por algún motivo desconocido en principio, la secuencia de números original se ha recolocado. Entonces todo es más complicado pero no está perdido, porque sí tuviéramos de forma desordenada el número de ceros –las señales equivalentes– y de unos nos preguntaríamos: ¿cuántas combinaciones posibles de unos y ceros tendríamos y cuales de esas combinaciones son una información relevante? Pues tendríamos variaciones con repetición de 2 elementos tomados de 24 en 24. Eso nos da el número 16.777.216 de casos posibles (2 elevado a 24) ¡y uno de ellos sería la combinación secuencial relevante! La cosa es más complicada porque nada nos asegura que la intención de los supuestos alienígenas fuera solo partir el número que ha llegado –los pulsos equivalentes– en dos partes y no en tres, cuatro, etc. (3). Con los supuestos ordenadores cuánticos ese cálculo sería rápido, pero los ordenadores tendrían que tener, eso sí, codificados los números matemáticos relevantes en sistema digital binario con dos, tres, cuatro, etc. primeros dígitos decimales y sus equivalentes binarios para ir comparando los resultados obtenidos con esa codificación. Pero nosotros hemos hecho algo arbitrario y es que ¡hemos utilizado los 4 primeros números decimales de los números irracionales pi y e, lo cual es una arbitrariedad! En todo caso el sistema podría resolverse aumentando algún decimal de estas constantes matemáticas, pero a sabiendas de que, si aumentamos los números que definen una de ellas, vamos que tener que disminuir la de la otra. La cosa se va complicando a medida que los supuestos alienígenas quisieran aumentar la comunicación, que necesitaran secuencias más largas de señales y que deberíamos transformar al sistema binario. Desde luego con los ordenadores no cuánticos enseguida encontraríamos un límite a esas posibilidades, pero los cuánticos vendrían en nuestra ayuda en lo que se refiere a la capacidad de cálculo, aunque los ordenadores no sólo deben calcular y ordenar, sino que también “dibujan” en pantallas y “escriben en impresoras”, que son trabajos secuenciales para que los humanos podamos entenderlos (una película es una secuencia de fotografías por segundo).

Como se ve la cosa es complicada y parece todo un mero entretenimiento, pero si los supuestos alienígenas no han convivido con nosotros los terrícolas de tal manera que puedan entender nuestros lenguajes (4) al menos en la fase descriptiva, las posibilidades de entendimiento son muy limitadas, en contra de los que algunos científicos piensan o la ingenuidad que nos relatan películas y series. Me viene a la memoria la serie Star Trek, que tuvo mucha aceptación y que a mí me resultaba ridícula en todos los aspectos y carente, además, de emoción. Y precisamente uno de ellos era la comunicación que establecía con seres de otros planetas, como si el lenguaje fuera cuestión de buscar en un supuesto diccionario las palabras equivalentes.

Y con esta segunda parte se acaba el entremés y a esperar al decisivo 23 de julio donde nos jugamos el futuro del Estado de Bienestar, las pensiones, etc. Un saludo.


(1) Han aparecido en los últimos meses dos excelentes libros de divulgación científica escritos por físicos relevantes. El primero de ellos es La revolución cuántica, de Alberto Casas. físico que trabaja en el reputado Instituto de Física Teórica español; el segundo lleva por título Las ideas fundamentales del Universo, escrito por el físico Sean Carroll, y que tiene la ventaja de que emplea y explica las fórmulas de la física que los físicos emplean y sin las cuales el lector siempre anda cojo y falto de entendederas para ahondar en los arcanos de la ciencia. En contra de la opinión reinante, que un estudio de física no haga explícito las fórmulas empleadas dificulta enormemente la comprensión de la materia. Al fin y al cabo las matemáticas son un lenguaje –también una construcción lógica– sin el cual nada es comprensible. No es necesario que se hagan las demostraciones –eso es propio de los físicos profesionales– sino que se expongan las fórmulas y se expliquen los conceptos de sus grafismos.

(2) He comenzado con dos primeros dígitos de separación porque comenzar separando sólo el primer dígito del resto no parece tener mucho sentido puesto que con un solo dígito poca información puede ser emitida.

(3) En este caso tendríamos sumas de variaciones con repetición de 2 elementos tomados de dos en dos, de tres en tres, etc., porque no podemos estar seguros de que las 24 cifras llegadas sean relevantes.

(4) Aunque en la Tierra tengamos varios miles de lenguajes no hay problema porque existen y se pueden desarrollar aún más traductores. Lo importante es que los seres humanos pensamos y sentimos de forma parecida y tenemos experiencias análogas, lo cual es la base del secreto de construir “diccionarios” y “lenguajes” equivalentes. Si no tenemos en cuenta esto se pueden llegar a construir lenguajes estructuralistas como los de Derrida que son un verdadero disparate.

Reflexiones sobre cómo comunicarse con alienígenas (II)