lunes. 04.03.2024
"Venus Bruta Sentada" (Miquel Barceló, 1982)
"Venus Bruta Sentada" (Miquel Barceló, 1982)

Uno -que dicen otros- empieza a darle vueltas a una idea, la relaciona con la de más allá, sigue buscando concomitancias, y un buen día se encuentra con que, a otro, filósofo esta vez, también le ronda por la cabeza desde hace tiempo la misma génesis. La llama Geopsicosis, una especie de psicosis de masas en la sociedad actual. El filósofo es Franco Belardi, italiano y activista, para más señas. Tal vez porque casi somos de la misma generación -setenta y tantos years old- y descendientes directos del post-mayo 68 -el anarquismo izquierdoso-, el caso es que coincidimos demasiado en el diagnóstico de la preocupación social que nos ocupa.  

Hay que aclarar primero que hacer una extrapolación de una enfermedad psíquica a todo un colectivo social parece algo propio de la pintura de chafarrinón; y aun así, coincidimos.

Y es que esto, como todo lo que se supone pensamiento lúcido, no viene de anteayer. El mismo que suscribe ya redactó en Nuevatribuna, hace más de dos años, “A cuestas con el yo”, una sarta de ideas que iban por esa psicogénesis. Se decía allí que hoy en día, en esta sociedad, agotado lo de la revolución y sus simulacros, el ego, la imagen del yo, aparece como el único soporte para poder estar y desenvolverse en sociedad. Se citaba allí, como apoyo y referente al filósofo Byung-Chul Han, en el siguiente párrafo: “Hoy todo el mundo quiere ser auténtico; es decir, diferente de los demás, así que estamos comparándonos constantemente con los otros. Precisamente esa comparación es la que nos hace a todos iguales. O sea, la obligación de ser auténticos nos conduce al infierno de los iguales”.

Desconfianza generalizada hacia los demás, aislamiento, el sonajero perpetuo de los móviles, la ignorancia mutua y, en fin, la ausencia de solidaridad real

Asimilada ya de todo punto la trascendencia que en su día pudo tener el arte y el “artista” -último maudit, pongamos Francis Bacon -1992-, hoy sólo quedan los grafiti, las performances y la instalaciones; por eso le conceden el Premio Princesa de Asturias a María Abramovich y críticos como Michel Onfray, Las razones del arte, 2023, se han molestado en explicar que no siempre el arte buscó la belleza; ésta se  inventa y se interpreta mucho después y ello depende del periodo en el que se dé: ya saben, la inteligencia es cuestión de contexto. Es fácil comprender que los pintores de Altamira no pretendieran ni supieran lo que era eso de la belleza. Utilizaron lo que hoy llamamos arte como catarsis grupal, como un rito: un modo de darse fuerza y convencerse de que podían dominar a las fieras de las que dependían la vida de la tribu. Hoy tampoco se busca la complejidad en el arte. Todo se ha vuelto simple y directo. Se utiliza como protesta inmediata y como afirmación del yo ante una sociedad que ignora, fagocita y utiliza al individuo; y la primera vía es la publicidad. Claro que quedan excepciones como Barceló, menos mal. Tampoco la religión, como refugio y esperanza, tiene ya hoy vigencia social relevante: “Esa imposibilidad de creer que subyace a toda creencia”. Proliferan, eso sí, simulacros terapéuticos en forma de mindfulness, como sustitutos del Prozaz, el Sarafem y la Fluoxetina; o más bien como antesala. Al individuo, “municipal y espeso”, que escribía César Vallejo, sólo le queda engarabitarse al verbo ser, que siempre ha supuesto una inflación del lenguaje, y proclamar: “Yo soy del Atleti, por si no lo sabías” o “Soy catalán e independentista, y a mucha honra”; imposturas del ser como únicas boyas a las que agarrarse. Persiste, eso sí, como una obligación de todos, la lenta y gran revolución del siglo XX, el feminismo, aunque su objetivo hoy en día es ya manifiesto, hacer lo mismo que ha hecho el hombre al cabo del tiempo, empoderarse. Véase, si no, cómo juegan a la alienación futbolera y trepan en política hasta las más altas esferas de la incuria: ni más ni menos que el machirulo de toda la vida. Mientras, aquí siguen el circo de las mascotas -ropa de diseño, psiquiatras caninos- y el turisteo masivo: España misma convertida en un parque temático para el chino y el americano en short. La burguesía siempre termina imitando a los reyes y a la aristocracia. Recuérdese quién cuidaba mascotas, hacía turismo y jugaba al tenis hace un siglo, por ejemplo. Con este panorama colectivo, apliquemos, pues, esas características de la psicosis a lo social y veamos si proceden o no; se trata de tropismos, de tendencias, recordemos: desconfianza generalizada hacia los demás, aislamiento -y no sólo por la soledad senil no deseada-, el sonajero perpetuo de los móviles, la ignorancia mutua, la falta de atención incluso al cuerpo del “otro” y, en fin, la ausencia de solidaridad real para ponerse en su lugar, algo tangible incluso en los programas de ciertos partidos políticos. Todo como consecuencia de lo que refleja el mencionado Franco Berardi: “Una minoría blanca, atrincherada y envejecida, que todavía mantiene el poder económico-militar, frente a una mayoría sin otro punto en común que la voluntad de venganza. Una sociedad cul-de-sac secular, enferma, cursi e hipócrita, que refleja perfectamente aquella frase de León de Greiff: “En el amor a la vida rueda una guedeja infinita de muerte y locura”. Pues eso, la psicosis social. 

Psicosis social