jueves. 04.06.2026
TRIBUNA PSICOLÓGICA

Los agravios y sus ominosos laberintos

En ocasiones, nuestra susceptibilidad ve agravios allí donde no los hay, porque difícilmente se puede agraviar sin tener intención de hacerlo

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Presumo, querido lector, que más de una vez y como yo mismo habrás padecido algún tipo de agravio, ya sea comparativo, aunque todos lo sean por definición, o de los que no llevan ese mote más restringido al ámbito jurídico. Sentirse agraviado es algo francamente incómodo, porque lo usual es que nos veamos emboscados por el agravio y lo agigantemos, hasta quedar sepultados por el alud en que se convierte una molesta bola de nieve. Al margen de la naturaleza del agravio, su intensidad viene a depender sobremanera de cómo carguemos nosotros mismos las tintas, enredándonos en una intrincada madeja que resulta cada vez más difícil desenredar.

Al hacer una montaña de algo insignificante, nos adentramos en los ominosos laberintos del agravio y nos perdemos en sus tortuosos vericuetos
 

Si en lugar de restarle importancia, o darle la que realmente tiene, propendemos a regodearnos con el agravio, este puede acabar apoderándose de nosotros y dominarnos como una pasión irreductible que nos hace mucho daño, al quebrantar severamente nuestro ánimo. A veces damos en complicar aún más las cosas, tomando represalias desmesuradas que, lejos de paliar el malestar del agravio en cuestión, lo magnifica hasta hacerlo sencillamente insoportable.

Para contrarrestar un presunto agravio somos capaces de romper con la pareja sentimental, cortar lazos familiares o saldar una entrañable amistad, como si hubiese alguna correlación entre semejantes represalias y el agravio que se pretende castigar con ellas.

Bien pensado, avivar el fuego del agravio solo consigue aumentar la quemazón interior, sin contar con la pérdida del familiar o amistad que decidimos dejar en la cuneta, como si se pudieran olvidar las penas y alegrías compartidas durante muchos años, porque seguirán formando parte de nuestro escenario emocional, por mucho que pretendamos difuminar ese cúmulo de recuerdos. En el ámbito afectivo y amistoso los agravios no deberían tener cabida.

Mas nos valdría redistribuir la serotonina entre nuestras neuronas para que no logren sacarnos de quicio y desequilibrarnos las más glotonas

Por supuesto, no se trata de obviar las ofensas en general, pero conviene hacer un cálculo de lo que se pierde al tomar una decisión precipitada, fruto de un arrebato que no podemos controlar.

En ocasiones, nuestra susceptibilidad ve agravios allí donde no los hay, porque difícilmente se puede agraviar sin tener intención de hacerlo. Proyectar sobre los demás algo de lo que no son conscientes y por tanto ignoran, puede dar pie a un malentendido, sin que medie un agravio genuino, salvo el que ponemos de nuestra cosecha, cuando malinterpretamos las motivaciones ajenas, pretendiendo conocerlas mejor que aquellos a quienes damos en adjudicárselas.

Así las cosas, no dejamos ningún margen de maniobra para que se pueda reparar el agravio, puesto que solo nosotros conocemos las causas del mismo y nos negamos a participarlas al ofensor, quien ignora por completo aquello de lo que debe disculparse.

Al hacer una montaña de algo insignificante, nos adentramos en los ominosos laberintos del agravio y nos perdemos en sus tortuosos vericuetos, quedando atrapados en una telaraña que tejemos nosotros mismos, jaleando nuestra santa indignación por una grave ofensa que solo nosotros comprendemos. A ciertas alturas de la vida, te das cuenta de que no merece la pena pasarlo mal gratuitamente, porque bastante trabajo da gestionar los achaques y merma de facultades, como para dilapidar energías en algo que no se lo merece.

Aumentar los problemas con esta sobrecarga es un pésimo negocio. Mas nos valdría redistribuir la serotonina entre nuestras neuronas para que no logren sacarnos de quicio y desequilibrarnos las más glotonas. Todo esto se podría trasladar al escenario político, sacando provecho del paralelismo, pero esto es algo no se puede compendiar en un santiamén y da para otro artículo.

Los agravios y sus ominosos laberintos