25 DE JULIO | ESPAGUETI CONTRA LA TIRANÍA

Pastasciutta antifascista sin fronteras

Pastasciutta antifascista en Italia.
Parroquianos Sin Fronteras celebra la pasta como símbolo de lucha y memoria antifascista.

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Espagueti contra la tiranía

Parroquianos Sin Fronteras (PSF), movimiento tolerante y progresista de usuarios habituales de tascas y tabernas, mesones y cantinas, alojerías y botillerías, se ha sumado a la fiesta Pastasciutta antifascista, que cada 25 de julio conmemora la caída del régimen mussoliniano, en un gesto de afecto y solidaridad con los demócratas italianos.

Convocatoria de Parroquianos Sin Fronteras.

También, por supuesto, en una llamada de atención ante el crecimiento de los movimientos neofascistas y totalitarios que, desde hace algunos años, se ha abatido sobre Europa y que, de manera muy preocupante, ha empezado a trasladarse a España, como se evidencia en los muy recientes sucesos acaecidos en la localidad murciana de Torre Pacheco o en la inhumana negativa de acogimiento a inmigrantes menores, que en estos días protagonizan los montaraces partidos de la derecha española.

La Pastasciutta Antifascista promueve valores de democracia, libertad, dignidad, justicia, tolerancia hacia el diferente o distinto, y camaradería a través de la comida y la convivencia. Surgió cuando los siete hermanos Cervi: Gelindo, Antenore, Aldo, Ferdinando, Agostino, Ovidio, y Ettore, hijos del matrimonio formado por Alcide Cervi y Genoeffa Cocconi, ofrecieron un banquete de espaguetis a sus convecinos del pueblo de Campegine, en la región italiana de Emilia-Romaña, para celebrar la destitución como  jefe de gobierno de Benito Mussolini, que su ferviente aliado durante veintiún años, el rey Víctor Manuel II, se vio obligado a ordenar ante el imparable avance de los aliados desde el sur del país.

Los hermanos Cervi consiguieron que sus amigos donaran hasta 370 kilos de harina que mantenía escondidos en sus graneros y se la llevaron a Amadeo Rapacci, el panadero antifascista local, que disponía de una máquina extrusora para procesarla en sus hornos. Y aquello no tardó en convertirse en la gozosa ceremonia de una colectiva cocción de espaguetis. En grandes ollas se trasladaron a la plaza del pueblo, donde acudieron alborozados los lugareños provistos de sus propios platos y tenedores. Por un día se dijo adiós al racionamiento y se podía repetir. La policía local trató de intervenir y hacer valer la ley que, desde 1931, prohibía severamente las reuniones de más de tres personas, pero no tardaron en convencerse de que resultaba más práctico y sensato unirse a la cuchipanda y dejar aparcado el cumplimiento del deber.

Desventuradamente, la familia Cervi pudo disfrutar muy poco de las mieles de su iniciativa, ya que fueron detenidos y encerrados el 25 de noviembre del mismo año. Un mes después, fueron fusilados, mientras que el padre, ignorante de los hechos, seguía en prisión. La madre murió de pena un año más tarde, el 14 de noviembre de 1944. Alcide, sobrevivió a la catástrofe y en 1955 publicó el libro de memorias I miei sette figli, donde recordaba aquel día en el que sus hijos festejaron por todo lo alto la efímera libertad: “La ebullición de los espagueti sonaba como una sinfonía. Escuché muchas conversaciones sobre el fin del fascismo, pero el discurso más hermoso fue el de la pasta hirviendo”.

Aquel convite y festejo se convirtió en un acto emblemático de afirmación de la identidad nacional de un pueblo al que el fascismo había prácticamente prohibido el consumo de pasta a favor del de arroz y otros cereales, en el contexto del delirio autárquico del régimen para dejar de depender de las importaciones de trigo extranjero.

Mondine en 1940.

Antes, el régimen mussoliniano había intentado incrementar la producción de trigo nacional y en 1925 promulgó la llamada Battaglia del Grano, aunque sin descuidar la promoción del arroz como alternativa, creando el Ente Nazionale Risi y animando a la patronal a que bajara en un 30% el salario de las mondine, heroicas recogedoras de arroz que trabajaban bajo la presión del calor, la humedad, los mosquitos, las víboras, la malaria y las insufribles dolencias de espaldas provocadas por una extenuante labor que realizaban, doblando cotidianamente el espinazo durante jornadas de entre catorce y dieciséis horas. Las mondine respondieron con un llamamiento a la huelga en defensa de los ya miserables salarios, consiguieron editar un periódico clandestino, La Risaia/ El Arrozal, y entonar un canto que comenzaba diciendo: “Alla mattina appena alzata/Por la mañana, al poco de levantarme”, y seguía narrando el sufrimiento que suponía ir al arrozal lleno de mosquitos e insectos. Los partisanos no tardaron en convertir aquel cantar de gesta en su himno de lucha, con el nombre de Bella ciao! mientras que el régimen fascista ordenaba el encarcelamiento y torturas de un centenar de mondine, pero el movimiento siguió adelante.

La iniciativa mussoliniana pro arrocera fue apoyada de manera ferviente y decisiva por el precursor del futurismo Filippo Tommaso Marinetti, que en 1909 había publicado su famoso Manifiesto Futurista en el diario francés Le Figaro, en el que declaraba: “Hay que destruir los museos, las bibliotecas y las academias (…) glorificar la guerra, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor del libertador, las bellas ideas por las cuales se muere y el menosprecio de la mujer”. Diez años después, en 1919, integró su Partido Político Futurista en los Fasci italiani di combattimento, un grupo paramilitar de agresión ciudadana formado por soldados retirados, revolucionarios de pacotilla, nihilistas descontentos, anarcosindicalistas y ex convictos, que finalmente se convirtieron en el núcleo central del Partido Nacional Fascista, creado el año 1921, y protagonista de la marcha sobre Roma de 1922 con la cual Mussolini alcanzó el poder.

Marinetti le declaró la guerra a la “comida rica en almidón”, vulgo pasta alimenticia, que consideraba responsable de indeseables vicios sociales como la pereza, el pesimismo, la inactividad nostálgica y el neutralismo: “… una bola y reliquia que los italianos ponen en sus estómagos como convictos o arqueólogos”. Todas esas ideas quedaron plasmadas en su libro Manifesto della Cucina Futurista, publicado de 1931, en el que volvía a insistir con vehemencia en que el consumo de pasta era “una forma de esclavitud” contraria al espíritu fascista, a la vez que exaltaba vehementemente el de arroz como nutrimento patriótico.

Desgraciadamente, la destitución de Mussolini no significó el final del fascismo, ya que el Duce se refugió en la República Social Italiana, un Estado títere de la Alemania nazi que la Wehrmacht estableció en el norte de Italia y que fijó su capitalidad en Roma, aunque el poder de facto se ejercía desde el municipio lombardo de Saló, por lo que aquella autoritaria fantochada fue popularmente conocida con la República de Saló.

El esperpento duraría dos años. El 27 de abril de 1945, las fuerzas de los líderes partisanos Pierluigi Bellini delle Stelle y Giovanni Sardagna arrestaron a Mussolini y a su amante Clara Petaci cuanto trababan de abandonar el país camuflados en un convoy alemán. Condenados sumariamente a muerte por un improvisado tribunal, pasaron la última noche de su vida en la posada que en la pedanía de Bonzanigo regentaba el matrimonio formado por Giovanni Charoni y Teresa Mazzucchi, quienes brindaron a la pareja la última cena, conformada por un humilde plato de pasta, que a partir de aquel sobrecogedor instante volvió a formar parte de la identidad nacional y democrática italiana.

Se recuperó entonces un espíritu de dignidad, al que Parroquianos Sin Fronteras (PSF) se une este 25 de julio de 2025 con un gaudeamus de pasta celebrado en el bar-restaurante Abogados de Atocha, como símbolo de regeneración democrática y antifascista.