domingo. 03.03.2024
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Tribuna del Congreso de los Diputados

David del Río Pascual y Ramón González-Piñal Pacheco | Reconocerse parte integrante de una nación plural o reivindicarse fuera de ella. Responder con ello a una percibida o no centralización por parte del estado. Protegerse con ese discurso de sentidos agravios, vividos o por vivir, consustanciales a toda gestión territorial que implique reparto. Sentirse confortable o no en un marco constitucional, promover reformas en su interior, plantear estatutos orientados a ganar autonomía. Reclamar una fiscalidad propia que se percibe merecida. Tantear a la sociedad civil para la proyección de un anhelado estado independiente, comenzando por la aspiración a celebrar un referéndum.

Las citadas opciones parten todas de sentimientos compartidos y son múltiples, legítimas, saludables en una democracia consolidada. Tan razonable es que su salida a debate incomode a las fuerzas políticas conservadoras de carácter nacional, como que encuentren buena acogida desde una izquierda comprometida con el reconocimiento de la diversidad y la pluralidad. Esto último, obviamente, siempre y cuando al hipotético logro se acceda sin menoscabo a otras colectividades, lo que representaría un claro atentado contra los fundamentos de la izquierda misma, convergentes todos en una pretensión de igualdad. Por ello, la dificultad para la izquierda no se encuentra tanto en su posicionamiento frente a la posibilidad de logro del independentismo como en la trayectoria argumentativa nacionalista para desembocar en el objetivo marcado. Por su parte, a la derecha conservadora le basta con mantener el orden, que no es poco, aunque no será ése el tema que nos ocupe hoy aquí.

Al margen de ello, pareciera que desde una imposible oficialidad izquierdista se hubiera dictado hace tiempo simpatía incondicional por las acometidas de los nacionalismos periféricos, so pena de tachar a quien ello infringiera de irreverente fascista; lo que para nosotros no deja de ser parte de la paradoja que Félix Ovejero describiera como «deriva reaccionaria de la izquierda». En efecto, consideramos que estas prerrogativas al nacionalismo lo blindan de un necesario debate interno a la izquierda, lo que equivale prácticamente al trazado de autopistas para sus excesos, muchos de estos carentes de fundamento histórico y, sobre todo, injustos respecto a otras regiones.  

¿Es de verdad España un estado opresor? Habría desde luego que analizarlo en su contexto de referencia, que no es otro que el de los procesos de formación de los estados modernos europeos desembocantes en las democracias liberales en el grado de desarrollo de nuestros días, para lo cual será necesario, de inicio, desprendernos de algunos mitos. Y no es baladí este último punto: el pensamiento mítico, lo hemos dicho en otro lugar, es premoderno, motivo por el cual éstos, los mitos, impiden pensar la igualdad; de hecho la modernidad se define también por el nacimiento de unas ciencias sociales encaminadas precisamente a neutralizar ese pensamiento mítico. Lo cierto es que, como decían no hace demasiado los profesores Gil Andrés y Casanova, «no existe un modelo ‘normal’ de modernización frente al cual España pueda ser comparada como una excepción anómala», afirmación dentro de la cual, consideramos, encuentra cabida la cuestión del nacionalismo.

Agotada en los 2000 la vía vasca en torno al RH, esta última apuntando al trazado de una equivalencia descacharrante entre raza, etnicidad y nación, la trayectoria argumentativa de los nacionalismos periféricos gira hoy casi en exclusiva en torno a la lengua, pudiendo quedar sintetizada en la siguiente aserción: «somos una nación porque tenemos nuestra propia lengua». Entremedias queda implícita una cadena de correlaciones que acerca a ambos términos, desde el de cultura por un extremo hasta el de sociedad por el otro, pivotando en medio el de identidad, lo que permite a esta última a su vez articularse, bien cayendo del lado de la lengua (identidad lingüística), bien haciendo lo propio del lado de la nación (identidad nacional). Así, la necesidad de materializar las estructuras de la sociedad requeriría la edificación de un estado con capacidad de alojar simultáneamente a lengua y nación, representando esta última su fundamento, quedando la primera como vehículo de la segunda. Es decir: sin modelo de estado la nación no puede aspirar a encarnarse, sin posibilidad de encarnación la nación no puede pervivir. En efecto, ese modelo existe en la práctica sólo desde el s. XIX, y naturalmente no en todos los territorios.

Independientemente de la validez de la consolidada aserción reproducida líneas arriba, la cual hemos formulado muy sucintamente con objeto de retomarla después, es fundamental incidir en que habría que situarla, como muy pronto, en los intentos de abandono del Antiguo Régimen por parte de los emergentes estados modernos europeos, esto es finales del siglo XVIII si obramos con la mayor generosidad. Hasta entonces, la diferencia entre lengua y lo que no tenía entidad para tener tal consideración (por ejemplo, los dialectos) no era necesaria, por lo que de ningún modo las lenguas corrientes pudieron surgir desde abajo como vías de afirmación de supuestas identidades compartidas.

Por no andarnos con rodeos, es sencillamente falaz situar en período prerrevolucionario, no digamos en el siglo XI, una identidad compartida asimilable a cualquier nación articulada en un conjunto de rasgos socioculturales, tuvieran éstos o no carácter lingüístico. Y no solamente falaz, es también peligrosísimo, porque, como veremos, este conjunto de rasgos compartidos adquiere sentido en total ausencia del estado (¡no se había inventado aún!), a sus espaldas, o incluso desplazados por él mismo, como sucede con algunas sociedades que perviven hasta nuestros días, como por ejemplo la comunidad gitana: insistimos, en ausencia de estado en que aspirar a encarnarse la nación no tiene razón de ser, de hecho nadie ha podido sostener seriamente que la comunidad gitana sea una nación, lo que, por otro lado, de ningún modo la desmerece, por mucho que los nacionalismos planteen la nación como un estadio superior al que no todas las culturas pueden aspirar (véanse los desaires habituales de personalidades nacionalistas, también del nacionalismo español y del de izquierdas, contra Andalucía). Insinuar, como hizo el otro día Baltasar Garzón en Infolibre, que haya que remontarse a las tribus prerromanas para encontrar el origen del problema no sólo es un disparate: en ausencia de estructuras estatales capaces de materializar y mantener estas particularidades, ¿cómo éstas perduran 20, 10, 5 siglos o 40 años?; ¿son esencialismos? Convendría andarse con cuidado al impregnar a la nación de esencialismo, la idea no es nueva y los experimentos han salido siempre caros. Pero sobre todo, como argumento de izquierdas es retorcido, donde retorcido sólo es un eufemismo de torticero.

Téngase en cuenta además que la gente corriente, que era por mucho mayoritaria y, por tanto, llamada a mantener vivas las lenguas, se encontraba sujeta a derechos de propiedad de la aristocracia, por lo que estaba lejos de acceder a formas de participación asimilables a las de sujetos políticos: ¡estamos hablando de sociedades estamentales! En los siglos XV, XVI, XVII o XVIII, mucho menos en períodos anteriores, las lenguas son, sin más, herramientas básicas de comunicación y de expresión para la mayor parte de la gente. De comunicación de proximidad, además, pues se partía de una población masivamente analfabeta que era asimilada como súbdita por arquitecturas estatales todavía muy difusas, de facto proto-estados, en absoluto concebidas para acoger la nación, la etnicidad o el multiculturalismo, conceptos todos ellos por aparecer; por descontado, arquitecturas muy endebles, sin ninguna capacidad ni vocación para generar estándares lingüísticos, incapaces de trasladarlos institucionalmente a grupos poblacionales importantes si éstos hubieran de surgir espontáneamente, precarias en opciones de comunicación y movilidad de cualquier clase.

La escisión entre lengua culta (el latín, en las zonas romanizadas) y lenguas populares era especialmente neta en los estados anteriores al XIX, como es el caso de la Monarquía Hispánica o de la Francesa, siendo algunas de estas últimas las que llegan a nuestros días. Se transmitían principalmente por vía oral, y su perdurabilidad pendía de la literatura popular y del incipiente comercio. Y era también la literatura popular la que iba incorporando elementos nuevos que, cuando se consolidaban, conformaban esos estándares mínimos que nos permiten desde nuestra perspectiva actual y, no nos cansaremos de insistir, desde las aspiraciones y vocaciones de nuestros días, comenzar a distinguir una lengua de otra. Distinción que, con toda probabilidad, carecía de importancia para las personas que las empleaban, quiénes, recalcamos, no conformaban precisamente una burguesía interesada en distinguirse a través de una forma de habla determinada, en el sostenimiento de nuevos modelos sobre ella, o en cualquier cosa que se nos ocurra por el estilo.

En cuanto a la transmisión, el desarrollo del comercio acelera la expansión lingüística por difusión transcultural, por respetar el concepto de Frobenius, desafiando las fronteras políticas o lingüísticas para imponer una lógica que llega a nuestros días: quién vende se adapta a la lengua de quién paga. En Europa, los saltos lingüísticos son raros, las rutas comerciales dotan de linealidad a la difusión de las lenguas, de ahí que sólo mediante concienzudos esfuerzos ideológicos propios del hoy creamos poder dibujar fronteras nítidas entre el occitano y el catalán, el catalán y el valenciano, el portugués y el gallego, no digamos entre el flamenco y el neerlandés.

Así pues, las lenguas anteriores a los estados-nación no emanan de un manantial de pureza ni son fabricadas en un laboratorio (las del S.XIX, en cierto modo, sí), sino que surgen de forma espontánea, atropellada, improvisada sobre la marcha, en mayor pluralidad de versiones conforme los núcleos poblacionales se encuentran aislados o en zonas de difícil acceso, como sucede con el Quechua o el Euskera. Por el contrario, la literatura popular sí aporta un componente socioculturalmente cohesionador que se torna trascendental para la formación futura de naciones: casi todos los estados europeos anteriores al XIX encuentran casi al unísono su Rabelais, Camões, Cervantes, Pedersen. Pero nuevamente, se trata de una cohesión frente a toda forma de estado, de ningún modo buscando la conciliación con él como si éste existiera, y en el inmóvil marco de una sociedad estamental. Nada remotamente comparable a una nación, la cual necesita encarnarse en el estado moderno, en un estado-nación, lo que podría ser una aspiración a finales del XVIII siendo radicalmente generosos. Proceso que exigiría la tecnificación de la lengua, su traducción a los estándares de la modernidad, la adquisición de una agilidad capaz de articular la nueva racionalidad; y que nos permite distinguir desde nuestra perspectiva privilegiada del s. XXI el castellano antiguo del español moderno, a Rabelais de Stendhal o de Víctor Hugo, así como entender Azul de Rubén Darío o la gramática de Andrés Bello. En este sentido, nos admitimos desconcertados con quiénes asesoran al nacionalismo periférico: el problema no está tanto en identificar un origen “puro” de la lengua en los más remotos ancestros, ya puestos podríamos irnos al superorden Dinosauria, como en balizar por medio de la tradición literaria una transición decidida hacia la modernidad que permitiera dar continuidad en la nación a la cultura popular.

Tanto es así, que el estudioso ruso del lenguaje Mijaíl Bajtín, a mediados del siglo XX, articula en torno al literato francés François Rabelais un extraordinario trabajo titulado “La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento”. Su concepto de carnavalización es, en este sentido, muy ilustrativo: el carnaval es la sociedad patas arriba, aspira a socavar la hegemonía de cualquier ideología, incluida la humanista. Como puede deducirse, desde el Renacimiento (el Renacimiento es un período artístico, pero respetaremos la traducción que se hace en el título de esta obra al período humanista) la cultura popular se conduce en paralelo, incluso ajena, a la lenta construcción de los estados modernos. Merece la pena observar las diferencias con la cuasi-etnografía que hace Goethe del carnaval ya a finales del XVIII y principios del XIX, en su caso en el marco creado por unos estados alemán e italiano en ciernes: a diferencia de los premodernos, éstos son ya demandantes de una nación que debe encarnarse en una lengua nacional, motivo por el cual Italia escoge el florentino de la Divina Comedia como lengua nacional, mientras que Alemania crea el alto alemán (Hochdeutsch) a partir de diferentes dialectos (seguro que ahora se entiende mejor por qué la gente de Alemania nos puede parecer tan cuadriculada).

Como consecuencia de este proceso, el resto de formas lingüísticas de Italia y Alemania, 30 y  20 respectivamente, quedan degradadas a dialectos, degradación que llega a nuestros días a pesar de que en ellos encontramos gramáticas propias y fonéticas distintivas, siendo ininteligibles en muchos casos para hablantes de la lengua nacional (disfruten tantas veces como deseen del Aria Siciliana de Giuni Russo y Battiato, a ver de pasada cuántas palabras cogen; ahora busquen al azar un brano de Eros Ramazzotti siempre y cuando su estómago se lo permita, seguro que pillan algún “ti amo”).

En definitiva, el siciliano y otras no son consideradas lenguas por la sencilla razón de que no están llamadas a encarnar a la nación, lo que no tiene nada de lingüístico, ello simplemente es consustancial a la aparición del estado moderno. Y es consustancial al estado moderno porque éste necesita un canal para vehicular la nación, siendo éste la lengua, la cual se moderniza para hacerla técnicamente más eficaz; por otro lado, que sea un canal significa que sería sustituible por cualquier dialecto con el que se diera inteligibilidad: por ello, y porque Andorra es un estado soberano, el catalán podría perfectamente llamarse “andorrano”. En efecto, procesos similares de modernización lingüística viven la práctica totalidad de estados del XIX en adelante, como Rumanía, Israel o Eslovenia. Visiten Liubliana y el trazado de las calles les llevará inequívocamente al monumento a Prešeren (1800-1849). No es necesario que piensen mal para acertar, simplemente hagan lo propio con cualquier estado surgido en ese período y ahí encontrarán a su poeta del XIX, que marcará la única lengua que se aprenderá en las escuelas, aunque en el país se hablen otras lenguas, por mucho que sean consideradas dialectos.

Así que, ya lo ven, igual España no era lingüísticamente tan rica como se nos había vendido, sino simplemente similar a cualquier país de su entorno europeo. Y, por responder a nuestra pregunta inicial, no, no es en absoluto un estado opresor en ese sentido, al menos en relación al resto de estados europeos. Porque, queramos verlo o no, la lengua es, sin más, un concepto político, no lingüístico.

David del Río Pascual y Ramón González-Piñal Pacheco

Paradojas de la izquierda frente a las lenguas cooficiales