TRIBUNA ECLESIÁSTICA

Muchas, no una; dejen de mirarnos raro, por favor

Foto: Vatican Media
Muchas y muchos creyentes esperamos que el nuevo papa sea capaz de seguir dando pasos hacia esta sociedad del cuidado, pero si no es así, seguiremos trabajando en esa dirección porque nos va la vida en ello.

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Este artículo no es una semblanza del papa Francisco. Ya hay otras muy acertadas en dar cuenta de las múltiples facetas de un hombre que, como todos, fue complejo y cuyas decisiones abarcaron muchos ámbitos, con frecuencia a disgusto de muchas personas, por una u otra razón; tanto ultraderechistas como Miley, Bannon, Vance, Le Pen o Salvini, como víctimas de la pederastia en la Iglesia, los colectivos LGTBIQ+ o muchas mujeres que reivindican los feminismos han tenido motivos de queja: la ultraderecha porque se ha visto confrontada en sus prácticas anti evangélicas en todos sus frentes -crisis climática y ecologismo, pobreza, migración, guerra, políticas de vivienda, salario mínimo, etc.-; las víctimas de pederastia porque no han sido totalmente atendidas ni con la rapidez y compromiso material que este drama vital y social necesita; y las mujeres feministas porque se han dado pasos muy tímidos en el funcionamiento de la institución y porque hay derechos no reconocidos para el común de las mujeres.

Bergoglio-Francisco parecía agotado; su responsabilidad era muy grande y parecía un hombre honesto consigo mismo, aunque pensemos que se equivocó en muchas cosas

Este artículo es para hablar de que la Iglesia es muchas iglesias, a pesar del derecho canónico y de la “línea editorial” de la institución, a pesar de los dogmas de fe. Es hora de que la sociedad comprenda y reconozca esta realidad, le pese a quien le pese, dentro o fuera de este club. Este artículo es para defender el derecho y la realidad vital de quienes formamos comunidades eclesiásticas a discernir los evangelios desde y en nuestras vidas, desde nuestras realidades sociales y tomando conciencia de las realidades de otras personas, a la luz de los aciertos y los errores que el estudio de la historia, la filosofía, la política, la economía, las ciencias naturales, la antropología, la sociología y el arte en todas sus formas deja patentes; el derecho a la mirada crítica y la práctica crítica sobre el mundo y, en ese mundo, sobre la institución; y el derecho a tratar de que se visibilice esta forma de vivir, que es la de muchas y muchos creyentes. Cuando yo digo que lo soy es frecuente que me miren con sorpresa y, en cierto sentido, no me extraña. No solemos salir en la foto, la haga quien la haga.

Yo me enamoré del mensaje del Nuevo Testamento y respondí a una realidad que es personal, aunque también compartida con otras personas: la de la sensación íntima de que hay una realidad trascendente en mí y en lo que me rodea. Esto último no lo puedo explicar, pero lo vivo con la tranquilidad de que la conciencia de ese hecho no limita la vida de nadie, porque nunca olvido dos cosas: debo vivir de acuerdo al paradigma compuesto por las certezas de mi tiempo y debo comprender que ese paradigma es incompleto y tener una mente y un corazón dispuestos al cambio cuando esas certezas sean renovadas. La experiencia evangélica y el conocimiento no son elementos opuestos en tensión si se viven con humildad y generosidad; son un diálogo que me ha permitido crecer como persona, que ha permitido crecer a mi comunidad más cercana y que une a muchas comunidades de seglares y religiosas y religiosos a lo ancho y largo del planeta.

Por eso -ahora hablo por mí aunque sé de muchas y muchos con nombres y apellidos que viven esto como yo- celebro que en los textos evangélicos Jesús se acercara, mirara a los ojos y así reconociera de tú a tú a la samaritana, la hemorroísa, a las hermanas Marta y María, a la Magdalena, que reconociera su agenda y verbalizara sus vidas, porque les dio un espacio que era público y lo convirtió en algo político, aunque su desarrollo se trabara y se ocultara; como a los niños, que eran nada en aquel tiempo; a los extranjeros; a los migrantes; a las vidas sumidas en la pobreza de un sistema social injusto; a las personas discapacitadas; a las personas enfermas. Y defiendo el derecho a la interrupción del embarazo y la igualdad de género y el derecho de ser sujetos de sus vidas a las personas trans y a todas las siglas del colectivo; el derecho de la infancia a la educación y al cuidado y al juego; el derecho de todas las personas a la sanidad, la justicia, el asilo, la migración, la vivienda. Y la obligación de todos a la ciudadanía respetuosa, a la garantía del estado del bienestar a través del trabajo, los impuestos, el asociacionismo y cuantas formas encontremos para que nadie ni nada quede excluido, siempre desde la equidad. Vivir desde las certezas y desde la fe como si fueran trampolines, no muros.

Esta pretensión -imperfecta y disímil en diferentes aspectos, porque mi credo no es el de todas y todos-, la de trabajar por el mundo soñado desde lo cierto, la de reconocer la experiencia espiritual tanto como la física, está en la raíz de movimientos como la Revuelta de Mujeres en la Iglesia, de comunidades como la mía, seglar y claretiana, en la vida de religiosas como las trinitarias del Monasterio de Suesa. 

En mis estanterías comparten espacio Simone de Beauvoir, Raimon Panikkar, José María Rodríguez Olaizola, Pedro Casaldáliga, Sor Juana Inés de la Cruz, Judith Butler, Virginia Woolf, Kate Millet, Bell Hooks, Marx y Engels, Schopenhauer, Audre Lorde, Toni Morrison, Adrienne Rich, Rudolf Steiner y la Biblia, entre otros. Es posible que esta cercanía geográfica provocara urticaria a algunos o algunas de ellas, pero son parte de mi vida. También lo es que Pedro, fuera real o un símbolo, negara a Jesús tres veces, se durmiera en el huerto de los olivos mientras Jesús necesitaba de su acompañamiento, sacara la espada e hiriera a un criado, porque no había entendido aún que la revolución evangélica de verdad es la del amor, el respeto, el cuidado, el reconocimiento de las demás personas como un Tú, sujetos de sus vidas, con las que convivir de forma constructiva; y sin embargo trató de vivir de acuerdo a ese mensaje. Por eso no espero que el papa sea perfecto y por eso su imperfección no lo justifica. 

Bergoglio-Francisco parecía agotado; su responsabilidad era muy grande y parecía un hombre honesto consigo mismo, aunque pensemos que se equivocó en muchas cosas. Muchas y muchos creyentes esperamos que el nuevo papa sea capaz de seguir dando pasos hacia esta sociedad del cuidado, pero si no es así, seguiremos trabajando en esa dirección porque nos va la vida en ello. Con qué inquina se interpreta siempre lo de “al césar, lo que es del césar…”. Lo personal es político.