miércoles. 29.05.2024
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Imagen: Sindicato de Estudiantes.

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Los que ya tenemos cierta edad, cierta memoria histórica o ambas cosas, no pudimos dejar de sentir el pasado 25 de abril un ataque de nostalgia, al escuchar la melodía de Grândola Vila Morena; ver las imágenes de aquel golpe militar convertido en fiesta cívica o recordar la historia de Celeste: la trabajadora a quien el soldado pidió un cigarrillo, pues los estancos estaban cerrados, y al que ella, a cambio, le dio un clavel, que él colocó en la boca del fusil. No podemos reprimir tampoco cierta sensación de melancolía –¡ya 50 años! ¿Y dónde quedó todo aquello?-  y a la vez, de alegría, por haber sido testigos de esos días. ¿Será esa sensación agridulce, la que en Portugal llaman saudade? Posiblemente…

Una sensación parecida volvemos a sentirla estos días, cuando vimos las imágenes de estudiantes acampados en las puertas de las Universidades, reclamando el cese del genocidio perpetrado por Israel y el reconocimiento del Estado Palestino. Nos vemos a nosotros y nosotras en una situación similar hace tantos años... Y eso no llena de orgullo, por la juventud actual y por nuestra participación en actos como esos. Pero a la vez nos invade una cierta desazón: ¡qué haya pasado todo ese tiempo y sea necesario seguir luchando por lo que ya luchábamos entonces! ¿Tan poco hemos avanzado como sociedad, o, en el peor de los casos, incluso hayamos retrocedido? ¿Que las banderas agitadas entonces sigan siendo las banderas que hoy agita nuestra juventud?

¿Como puede ser posible que, una canción escrita hace casi 30 años, la cual sonó en directo en las movilizaciones contra la guerra de los Balcanes, sea también interpretada en directo en las acampadas de los Campus universitarios, estos días y siga siendo actual? Nos referimos al tema de Ismael Serrano, titulado papá cuéntame otra vez, (“Atrapados en Azul”. PolyGram, 1997) y cuya letra decía: ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam: Hace poco más de un año se transformó en; ahora mueren en Ucrania los que morían en Vietnam y en la actualidad dice: ahora mueren en Gaza los que morían en Vietnam.

Se pueden dar muchas razones para explicar esta situación: el capitalismo salvaje y su industria armamentística; la crisis económica que estamos viviendo de manera global y la crisis política de Israel, similar a la de Rusia, que lleva a sus mandatarios a “huir hacia adelante”, entre otras muchas explicaciones. Todas estas consideraciones supondrían una argumentación objetiva de los porqués; sin embargo, no nos podemos conformar. Tan vez, con dichos argumentos, nuestro ego analítico e intelectual se quede satisfecho. Tan vez, como ciudadanos nacionales podamos conformarnos; finalmente los hechos suceden muy lejos de nuestras fronteras y no es como en el caso de Ucrania: los precios tampoco han subido demasiado. Pero como personas, como ciudadanos y ciudadanas del mundo, no podemos conformarnos.

El día 7 de mayo, hace aproximadamente una semana, todos los medios de comunicación se hicieron eco del aniversario del estreno de una obra que se ha convertido en himno a la hermandad universal. Nos referimos a la Novena Sinfonía de Beethoven, que se escuchó públicamente por primera vez hace 200 años y cuya parte coral del 4º Movimiento, repite los versos del poeta y pensador alemán Friedrich Schiller, dedicados a la libertad, que, por motivos de censura y resistencia, se convirtió en Oda a la Alegría (i).

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave

Tu magia ata los lazos
que la rígida sociedad rompió;
Y todos los hombres serán hermanos

(...)

 ¡Abrácense, millones de seres!
¡Este beso es para el mundo entero!

Esta obra, que ha sido elevada a la categoría de Himno de Europa, nos habla de la doble moral que rige los destinos del viejo continente. Se canta la hermanad universal mientras un país comete un genocidio y Europa mira hacia otro lado o, como mucho, firma una tímida declaración condenando los hechos. Incluso, el país autor de dicho genocidio se presenta en un festival musical europeo y lo que se censura son los símbolos –pañuelos o banderas- que representan a la población masacrada. ¿"Todos los hombres serán hermanos” o solo quienes tienen la bendición de los rectores del mundo?

Los intentos de blanqueo por parte de un organismo  –la Unión Europea de Radiodifusión- de esa misma Europa que, por una parte aboga con los acordes de Beethoven por la hermandad universal, y por otra da visibilidad a un estado genocida, nos lanzan con claridad un mensaje: si los muertos -población civil entre la que se encuentra un elevado número de niños y niñas- son causados por un “país amigo” –es decir, con el que se han firmado tratados comerciales, es cliente preferente en la venta de armas y un largo etc.- la gravedad se diluye.

Afortunadamente, y pese al casi seguro filtrado del audio, los abucheos durante la interpretación del tema musical por parte de la representante israelí o las intervenciones del supervisor y responsable de la UER, fueron perfectamente audibles, lo que nos hace calibrar su magnitud, como visibles fueron las repetidas manifestaciones a favor de Palestina que tuvieron lugar frente a la sede de dicho festival desde días antes de su comienzo mismo. Si a ello sumamos las protestas de los estudiantes en diferentes Campus a lo largo de todo el mundo, podemos llegar a pensar que no todo está perdido y distinguir un cierto aroma de esperanza. 

Pese a la nostalgia de las protestas en las que nosotros o nosotras participamos y con las que –parafraseando a Ismael Serrano –“no pudimos cambiar nada”; pese a los repetidos intentos por parte de medios y redes de presentarnos a influencers, youtubers, tiktokers y demás grey  3.0, como en modelo de la juventud que tenemos, hay una parte importante de la misma, que estudia en las Universidades y no se deja seducir por cantos de sirenas, manteniendo un nivel de conciencia crítica similar al que en su momento mostramos quienes, como ellos y ellas ahora, participamos en antiguas protestas por motivos parecidos. Una juventud que nos dice: merece la pena seguir luchando.


(i) El motivo del cambio de libertad por alegría, fue posible gracias la similar sonoridad de las palabras en alemán. Freude: alegría. Freiheit: Libertad. Sin embargo, el sentido del texto no desaparece con esta modificación: si el destino del hombre es la Libertad, el desarrollo completo de ese destino debe desembocar en la alegría.

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