La sangre

Entre sanguíneas, sangrientas y sanguinarias, las civilizaciones han crecido, se han envilecido y se han derrumbado.

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Hipócrates, el mismo del juramento, en su célebre teoría de los humores corporales, le otorgó a la sangre el privilegio de sustancia básica y principal fluido -entre otros- de nuestro organismo. Subcutáneo es una paz, en el exterior una alarma. Estuvo más que acertado aquel médico de la Antigüedad interesado por el ser humano.

La sangre tiene un componente real y fisiológico, existe contra la muerte; lo constatan los servicios de hematología de los hospitales. Y tiene una vertiente poética y metafórica -como el corazón-, representa a la vida frente a la muerte; lo constatan los versos llenos de hematíes líricos de los poetas. Unos cinco o seis litros en un cuerpo adulto transportando oxígeno y nutrientes, y un infinito simbólico en la psique. Todos los caminos llevan a la sangre, sin embargo, todos los imperios se han obsesionado con desperdiciarla y derramarla a mansalva, ya que abunda y es barata. Entre sanguíneas, sangrientas y sanguinarias, las civilizaciones han crecido, se han envilecido y se han derrumbado.

Entre sanguíneas, sangrientas y sanguinarias, las civilizaciones han crecido, se han envilecido y se han derrumbado

Tejido vivo, tejido simbólico, y hay un tercer aspecto: socioeconómico. No hemos reparado en que la sangre ha sido nuestra materia prima por excelencia. Siempre hemos trabajado y manufacturado con ella. En la Alta Edad Media la sociedad se dividía en 'bellatores', 'laboratores' y 'oratores'. Los guerreros, los señores de la guerra, trabajaban con la sangre ajena y su derramamiento. La sangre era ganancia y nobleza y conducía a la prosperidad. Los siervos de la tierra se ganaban la vida con el sudor de su propia sangre a cambio de protección. Y los oradores, lo clérigos, trabajaban con la sangre de Dios transustanciada en vino, la que no mancha, la más invisible; la más sofisticada. El deseo de sangre redentora y que no sea humana.

Este trabajo secular y esta estratificación social, tan práctica como necesaria para justificar y mantener un orden, han variado poco, o se han movido con pocas variantes. Es cierto que las clases sociales están tendiendo a borrarse -el sueño de Marx-. Empiezan a quedar sólo actitudes de supervivencia con graduación o de indecencia sin pudor. Los que viven y vuelven a vivir de sobra y a sus anchas, indolentes. Los que se desviven por intentar vivir, asustados, y hay días que no llegan a la vida, a la sangre, ni a la suya ni a la de los demás, cerrada herméticamente para que no traspase el miedo y la angustia contagiosa de los otros, insolidarios. Aunque se han creado para el descargo palabras cercanas pero extrañas, como empatía. Y por último, los que son capaces de extraer sangre ajena, no para detectar salud o enfermedad, sino para fabricarse objetos y productos -algunos innecesarios y lujosos- y venderlos a escala industrial. Canibalismo fetén, sin transustanciación, sangre humana que sabe divina. La magia de la sangre, se puede llamar también acumulación inmoral de riqueza. O pueden venir los voceros de los derechos y exclamar con cierta teatralidad: la explotación... de la sangre. Puede resultar simplista y gratuito dividirnos en vampiros y vampirizados. Pero también puede resultar simplista y gratuito escribir en los muros de una barriada marginal el rótulo “Estado social y democrático de Derecho”. El humor negro se da cuando los conceptos ilustres se pasean como fantasmas por la realidad.

Llevamos sin saberlo una eternidad trabajando, cada cual en su especialidad, con el humor rojo de Hipócrates que nos recorre el universo frágil del cuerpo sin hacer ruido, porque lo que nos mueve de verdad actúa en silencio y en secreto.