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Un cielo panzaburra domina exteriores e interiores en Fontiveros. Una tarde en la España más microscópica tan gélida como un corazón descreído. Las casas duermen su soledad y las voluntades repasan sus cometidos, no se pueden salir del guion. Un chiquillo camina beatífico y decidido pero descalzo y desorientado, con un ardor que le sale de las venas y a la par por casual subjetividad ilumina la grisura del día, pura física cuántica. La vieja enseñanza del Talmud hebreo le rebosaba por la inteligencia, no vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos. El frío tiene color y un dolor muy antiguo que se va al paladar como un dulzor. Una voz grita: “Juanito, ¿dónde vas?”. “En busca del Amado para llevarlo a casa, la Amada no puede más, está desesperada”. Está a punto de llover. Va a diluviar. Como en el Génesis de la Biblia.
A Francisco de Asís le manaban los estigmas de la Pasión y a Juan de la Cruz le brotaban versos con ansias divinas para provocarse dulces heridas
Juan de Yepes, descendiente de judeoconversos, alma gemela en masculino de Teresa de Jesús, su joven discípulo. Fundador de conventos como ella. Como ella, un bulto sospechoso para el organigrama eclesiástico, primer requisito que hay que tener antes de la beatificación y de la canonización posteriores. Místico sinfónico en sus poemas mayores, compuso la mejor partitura poética de Occidente sobre la vivencia de la sobrenaturalidad, llámese Dios. Modeló lo divino con el barro del Cantar de los Cantares, los cancioneros populares y la lírica culta italiana. La máquina espiritual perfecta, la conciliación de tradición y vanguardia. Su propia orden -los Carmelitas Calzados- lo metió en la cárcel. Y en la cárcel empezó a escribir. La cárcel te roba la libertad pública, pero te otorga como un regalo la elocuencia, una soledad quintaesenciada y una privacidad única con una libertad de juicio inédita para el reencuentro personal, que reconcentra y aquilata el binomio del pensamiento y la escritura. A Cervantes le ocurrió lo mismo.
A Francisco de Asís le manaban los estigmas de la Pasión y a Juan de la Cruz le brotaban versos con ansias divinas para provocarse dulces heridas. Se arrancó el corazón inútil de latidos a golpe de estrofas rítmicas y lo sustituyó por un oxímoron amante que le subía hacia abajo y le bajaba hacia arriba y le susurraba al oído con deleite que todo y nada es lo mismo. Pura física cuántica celestial, locura amatoria entre humanos cicateros con miedo. La expresión gozosa de un amor que trasciende toda ciencia y conocimiento, desnudado de repente de los pesados ropajes del aparato teológico en la alcoba privada de la conciencia: ¡cuán delicadamente me enamoras!
Se acerca la Natividad del Señor de 1591, se intuye que la humanidad no va a progresar hacia la fraternidad. En las profundas cavernas del sentido se agolpan los llantos de la historia. La sombra de luz de un chiquillo se pasea por las callejuelas de Fontiveros. El silbo del aire conoce el camino de las ínsulas extrañas y el crepúsculo de la tarde ha tomado por sorpresa a la ciudad de Úbeda, va a anochecer más temprano. La noche oscura se ha salido del alma para ser sencillamente noche y oscura y liberarse de las metáforas. Los poemas empiezan a ser balsámicos cuando ya no representan y las palabras se vuelven crudas y se puede tocar su verdad. Un fraile de 49 años que ha llevado una vida austera yace en su celda comido de dolores y de llagas, agoniza. Y con una sonrisa delgada está pensando en decir maitines en el cielo.



