viernes. 24.05.2024

Desde hace meses que, en cumplimiento de mi trabajo, me veo en la obligación de seguir la evolución de la Inteligencia Artificial y tratar de analizar, comprender y anticipar su próximo futuro. Lo que voy leyendo y comprendiendo me confirma que, como siempre, el ser humano parece condenado a la permanente búsqueda de nuevos territorios y conocimientos sin pararse a pensar en todas las posibles derivadas de esos nuevos saberes. Como Prometeo, queremos el fuego aunque su posesión implique castigos o promesas de nuevas cajas de Pandora. 

Contra la opinión de algunos que me dicen que estamos viviendo algo parecido a la revolución industrial, creo que hay una diferencia básica que, como los sistemas complejos de la teoría del caos, llevan a consecuencias muy distintas. Esa diferencia, esa enorme diferencia se basa en el objetivo inicial de la apuesta: la revolución industrial os dio máquinas que solo aspiraban a la realización mecánica de las tareas, mientras que el objetivo último de los modernos sistemas se orientan a que la computación “aprenda a aprender ya pensar como los humanos y para ello copia la estructura neuronal del córtex cerebral del ser humano. Queremos que estos sistemas aprendan a aprender y aprender significa adaptarse al medio, anticipar acontecimientos, almacenar información, relacionarla y generar construcciones mentales que, partiendo de lo conocido, sean capaces de modificar su medio ambiente, desarrollar conductas que permitan subsistir controlando esos cambios y alcanzar un determinado objetivo.

El ser humano parece condenado a la permanente búsqueda de nuevos territorios y conocimientos sin pararse a pensar en todas las posibles derivadas de esos nuevos saberes

Pues bien, si estos modernos sistemas lo hacen bien -y todo parece indicar que lo hacen muy bien- contarán con una significativa ventaja sobre nosotros, pues nuestro cerebro -hardware- no puede evolucionar a la misma velocidad que lo hace el actual desarrollo de las máquinas, de forma que seguiremos en el mismo nivel de rendimiento mientras que nuestros descendientes tecnológicos avanzan sin tasa y sin otra barrera que la disponibilidad de más y más grandes capacidades de cálculo. Su velocidad de aprendizaje depende de poder retroalimentarse cada vez con un volumen de datos mayor, más complejos y más fiables que sean procesados con capacidades computacionales mejores y más eficaces, nada más. 

Hoy en día, la IA ya es capaz de reconocer segmentos de población definidos por muchas características particulares que cada uno de nosotros ha ido sembrando en su recorrido por las redes pues el sueño de la privacidad no es más que un vago recuerdo de épocas pasadas: estamos desnudos y expuestos ante esos sistemas que lo saben todo sobre nosotros. Al olvidarnos de que si algo es gratis sólo significa que el producto somos nosotros mismos, nos hemos dejado identificar para que alguien nos utilice como productos y consumidores cautivos dejando atrás nuestra precaria condición de ciudadanos.

Los modernos sistemas se orientan a que la computación aprenda a aprender ya pensar como los humanos y para ello copia la estructura neuronal del córtex cerebral del ser humano

La IA actúa ya en muchos campos, pero lo que preocupa es la posibilidad de influir social y políticamente de una forma desconocida aunque ya hemos visto sus primeros efectos en forma de manipulaciones electorales, la toma del congreso de los Estados Unidos o los populismos de Bolsonaro, Hungría y Polonia, por citar sólo los más sonados.

Dominados por el sesgo de confirmación que a todos nos afecta, cada grupo social es un reducto aislado e impermeable a cualquier realidad que niegue sus propias paranoias, de manera que estos sistemas ya son capaces de generar el contenido, la forma y el medio a través de los que bombardear a estos grupos con cualquier majadería con aspecto de realidad. Negacionistas, tierraplanistas, antivacunas y conspiranoicos se han convertido en el modelo perfecto sobre el que experimentar las aplicaciones prácticas de esta nueva manipulación política con excelentes resultados que otorgan cada vez más poder a los que saben usar el invento para fines oscuros.

No estamos solos, pero no somos conscientes de que el nuevo compañero ha nacido del huevo de la serpiente y acabará por dejarnos atrás

También deberíamos preocuparnos por las consecuencias directas de la aplicación de esta tecnología en nuestras propias vidas, esas que creemos ajenas y salvas sin darnos cuenta de que ya, hoy, estos sistemas están tomando decisiones sin la intervención humana y su futuro es oscuro: Seguros médicos negados en base a históricos registrados en la red; CV que no llegan a la revisión humana por la aplicación de cálculos probabilísticos que auguran bajos rendimientos, enfermedades o mediante el cálculo de la edad del aspirante aunque el texto no informe sobre ese aspecto; créditos bancarios que se rechazan en base a la aplicación de algoritmos inapelables; imposibilidad de acceder a distintos niveles de formación y aprendizaje y otros muchos que amenazan seriamente muchos puestos de trabajo y eliminan al hombre del proceso de decisión. Los sistemas y aplicaciones están alcanzando el siguiente nivel en la escalera del conocimiento y han escalado desde los datos a la información y tocan, con la punta de los dedos, el nivel de fiabilidad que les permite decidir sin la intervención de sus creadores. Ese es, precisamente, el nivel que nos habíamos reservado y que YA está colonizado amenazando con colonizar lo que era terreno para la subjetividad humana, los procesos cognitivos y el pensamiento más elevado. No estamos solos, pero no somos conscientes de que el nuevo compañero ha nacido del huevo de la serpiente y acabará por dejarnos atrás como si fuéramos la versión 1.0 de un software obsoleto, así de sencillo.

No vamos a parar, nunca lo hemos hecho y no lo vamos a hacer hoy: buscaremos la parte positiva y asumiremos la desgracia de las consecuencias negativas, pero vamos a vivir cambios sociales, políticos y económicos como jamás se han producido en la corta historia de la humanidad. Estamos condenados a buscar nuevos territorios de conocimiento y en esa condena encontraremos nuestro futuro, pero reconozco que todos esos cambios -aceptando la parte positiva, que es mucha- me gustan muy poco y me dan mucha pereza, lo siento.

Procesionamos con el lirio en la mano y una inocencia virginal tras un becerro de oro que puede transmutarse en monstruo con demasiada facilidad.

El huevo de la serpiente