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Leemos el tiempo de muy diversas maneras. Hoy mi hijo estaba enfermo, con fiebre tras una noche difícil y sin dormir: digo “hoy” y es un lapso de tiempo casi sin inicio ni fin, en la cama, acompañando la fiebre, sin horas de comida establecidas, sin un patrón definido, una continuidad de malestar, descanso, antipiréticos. “Hoy” ha sido para él sueño y desazón, hambre y dolor de estómago, sed y náuseas; para mí ha sido dormir, cuidar, tejer para matar el tiempo, consolar. En ambos casos me parece un día fuera de la semana, inexistente, inespecífico, muy largo y a la vez impreciso, como sin peso, fuera de nuestras vidas. Mi marido, sin embargo, fue a trabajar aun sin haber dormido apenas, hizo la compra, habló con otras personas, sintió el aire frío en la cara; no lo hemos hablado, pero yo siento que su día computa en ese lugar en donde lo vivido me parece real. Es una cuestión de perspectiva, desde luego. “Hoy”, mientras nosotros nos perdíamos en los minutos y las horas, mi amiga Rosa viajaba, mi amigo Alberto celebraba el funeral por su madre, mi sobrina Lola olía el bosque lucense y mi madre guisaba para Año Nuevo.
El tiempo es una cosa y nuestra percepción del tiempo es otra. Los ocho días que mi hijo estuvo en la UCI pediátrica al nacer fueron los más largos de mi vida y estos once años de verle crecer me parecen tan cortos. Los días de cuidar a una madre con Alzheimer pueden ser un sumidero de bucles temporales, que nos agotan mientras giramos y nos escupen a un mundo que ha seguido en movimiento, mientras nosotras estábamos ancladas a un fondo de cieno y soportando tormenta en la superficie; luego, las estrellas refulgen o el sol brilla y permanecemos unos segundos en tierra de nadie, ni dentro ni fuera, hasta que reaccionamos y nos parece que “hoy” significa de nuevo algo reconocible y tal vez verdadero. Nos narramos y hacemos lo que podemos por integrar en esa narración lo que no podemos controlar, lo que nos hiere; también a veces nos cuesta buscar un lugar a lo que nos hace extremadamente felices y esos momentos se estiran y se encogen dependiendo de muchos factores. Es una especie de irrealidad, de pensamiento mágico, que deja, como todo lo irrazonable, su resaca.
Ahora que hacemos balance y sucumbimos al acuerdo cultural de pensar que algo termina y algo empieza, en el momento de los propósitos más que de las cuentas pendientes y, en mi caso, a punto de “darle la vuelta al jamón”, me acuerdo del título de ese libro de poemas, “Sin esperanza, con convencimiento”. En el estudio de la lengua se manejan dos términos parecidos: significativo y con significado. El primero es la propiedad de un elemento para marcar una diferencia suficiente entre dos conceptos, de forma que sean distintos; el segundo es la propiedad de un elemento para representar un contenido semántico. No podemos vivir otro año donde la corrupción, el machismo, el racismo o la guerra sean la matriz en que vivimos, y para eso hace falta que el sistema que sostenemos con nuestro voto, nuestra abstención, nuestro silencio o nuestros comentarios de cuñado, nuestro asociacionismo, nuestro activismo o pasividad, se deshaga de lo enfermo y de lo dañino; y que nuestras acciones individuales muestren convencimiento, que sean significativas y que estén dotadas de significado, y de esperanza, para que ese significado no sea individualista, sino empático. Da igual cuándo se lea esto: antes o después de las uvas, de la enésima polémica impostada, de la nostalgia hacia ese espejismo que llamamos pasado, de los anuncios que disocian amor y política en cómodas lonchas forradas de plástico, antes o después del pico glucémico del roscón y los mantecados, y de apuntarse al gimnasio o dejar de fumar, ese tiempo es ahora, es hoy.



