martes. 21.05.2024
El general Primo de Rivera, durante un discurso de 1926
El general Primo de Rivera, durante un discurso de 1926

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@Montagut5 | La Dictadura de Primo de Rivera supuso el primer ejercicio práctico de populismo en nuestro país, como nos ha demostrado recientemente Alejandro Quiroga en su biografía, Miguel Primo de Rivera. Dictadura, populismo y nación, editada por Crítica. El populismo tiene como una de sus argumentaciones básicas la supuesta maldad de la política y de los políticos que solamente buscarían su propio beneficio en detrimento del pueblo, un discurso que se aplicó a la crisis del régimen constitucional de la Restauración, presentando como una solución la alternativa autoritaria, con el lema conocido de “menos política y más administración”.

En este contexto queremos conocer la visión socialista en ese momento, precisamente del golpe de estado de Primo de Rivera, en relación con la política, dada su tradicional defensa de la misma, del ejercicio político, especialmente desde que se aprobó el sufragio universal en 1890, y a pesar de la corrupción electoral imperante.

A las dos semanas de producido el golpe, en el número del 2 de octubre de 1923, el periódico El Socialista publicó una columna con el significativo título de “La política, los políticos y sus detractores”.

La política no era el arte de robar a los pueblos, como vulgarmente se decía, sino el arte de administrar y regir los pueblos

El periódico explicaba que, precisamente, en ese momento en el que no se podía hablar de política, evidentemente, añadiríamos nosotros, por la instauración de un régimen dictatorial, se quería defender la idea de que había que fijarse bien en lo que se decía sobre el particular. Hasta ese momento los únicos que hablaban mal de la política habían sido los anarquistas, pero ahora era todo el mundo. El término “político” había llegado a ser más despreciable que el del ladrón porque la Administración había venido protegiendo los intereses creados de unos y otros, desdeñando el interés colectivo. Pero esta realidad podía traer graves perjuicios para el progreso del pueblo.

Sin política la Humanidad no podía vivir, porque para progresar sus miembros tenían que asociarse para vivir y progresar, es decir, tenían que crear intereses colectivos. Ni el hombre individualmente ni la familia podían satisfacerse a sí mismos porque por encima del interés del hogar se encontraba el interés público, es decir, el de todos, y que era tan necesario cuidar como el particular. Las relaciones sociales y los intereses que aquellas creaban tenían que ser cuidados por alguien en nombre de los demás, es decir, por representantes, añadiríamos nosotros.

La política no era el arte de robar a los pueblos, como vulgarmente se decía, sino el arte de administrar y regir los pueblos. Por eso se podía y debía criticar a los gobiernos y a los hombres públicos, así como premiar sus acciones, en su caso, pero no se podía prescindir de los gobiernos ni de los políticos.

Los detractores de la política, en muchas ocasiones, lo que buscaban era encubrir sus propias corrupciones

Los socialistas temían que las críticas que se estaban haciendo en ese momento extendiesen más el apoliticismo, considerado como pernicioso porque permitía que los “pillos” se aprovechasen de ello y que las clases privilegiadas saliesen favorecidas.

Había que combatir a los políticos que buscaban su provecho en el ejercicio público, que lo utilizaban para el medro personal porque esa crítica iba en beneficio de la colectividad, pero sembrar escepticismo en las masas hacia la política era un crimen. La política ejercida con honradez era una “función benemérita”.

Los detractores de la política, en muchas ocasiones, lo que buscaban era encubrir sus propias corrupciones. La política tenía que hacerse en un régimen de plena democracia, con libertades, porque era la única forma de forjar el espíritu público. En ese sistema la ciudadanía, en pleno uso de sus derechos, aprendía a seleccionar a los hombres que debían gobernar. El régimen más inmoral y pernicioso era el del silencio. Había muchos enemigos de la crítica y de los discursos porque temían no poder hacer su voluntad o que se descubriesen sus inmoralidades.

La importancia de la política frente al populismo en 1923