jueves. 04.06.2026
HISTORIA DE LA MASONERÍA

Los vicios y la virtud en la masonería

A la masonería no le disgustan las pasiones porque considera que son necesarias para el hombre, pero sería preciso que una buena educación encauzara las pasiones hacia objetivos útiles.

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¿Tiene sentido hoy que recuperemos un texto del siglo XIX donde el Venerable Maestro preguntaba a un neófito sobre determinados vicios y sobre una virtud que si no se encauzaba debidamente podría convertirse en un vicio, en una ceremonia de iniciación, para, a continuación, ilustrar al mismo sobre las características de esos vicios y de esa compleja virtud? Creemos que sí, y no sólo por un afán historiográfico con el fin de conocer qué se pensaba sobre estas cuestiones en masonería en el pasado, sino porque puede ser estimulante, tanto en el trabajo en logia y en el interior de todo masón, como en el ejercicio continuo de la vida profana.

¿Quién fue Ragon? Fue el hijo de un notario, que se inició en masonería en el año 1804, en plena época napoleónica. Alcanzaría gran protagonismo en la francmasonería francesa

Recordemos que, en nuestro mundo, y entre nosotros, sigue habiendo vicios y virtudes, y que estas inclinaciones, aunque puedan parecer antiguallas para algunos, siguen siendo importantes. La masonería siempre es una escuela para el aprendizaje, y los masones aprecian lo que otros hermanos en el pasado aportan en escritos y publicaciones, generando reflexiones a todas luces, sugerentes.

Y para ello acudimos a una autoridad, en una obra publicada ya hace mucho tiempo, pero que podemos consultar con facilidad en la red gracias a la Biblioteca Digital Hispánica. Se trata del libro, Francmasonería. Ritual del Aprendiz Masón, que contiene el ceremonial, la explicación de todos los símbolos del grado, etc., etc., por J.M. Ragon,. Barcelona, segunda edición, 1873, es decir, traducida en el momento en el que la masonería española pudo emerger de la clandestinidad a raíz de la llegada del Sexenio Democrático.

Precisamente, por eso, fue un momento en el que abundaron las traducciones de obras como la que nos ocupa por la necesidad que tenían muchos masones de instruirse con obras que procedían de países con larga tradición masónica. Nosotros vivimos en un tiempo con muchas posibilidades de formarnos con obras de nuestra época, pero las fuentes históricas acumulan un saber que, como masones, siempre atentos a las tradiciones, que no a los dogmas, podemos consultar para ayudarnos en la construcción a la que nos dedicamos toda la vida, como expresábamos al principio.

¿Quién fue Ragon? Fue el hijo de un notario, que se inició en masonería en el año 1804, es decir, en plena época napoleónica, y que alcanzaría un gran protagonismo en la francmasonería francesa. Fue miembro del Gran Oriente de Francia, fundador de tres talleres, y autor de distintas obras masónicas, con especial dedicación a las dedicadas a la instrucción, además de ser el primer editor de la revista masónica, Hermes. Murió en 1862. Existen distintas ediciones actuales de sus obras, especialmente gracias al esfuerzo de la Librería Argentina. Ragon fue un verdadero experto en ritos y rituales.

¿Y de qué vicios estamos hablando?: la ignorancia, el fanatismo, la superstición, el error, las preocupaciones y la mentira, pero también de una virtud, que hemos definido en el título como compleja, y que es la pasión.

Comencemos.

“¿Qué es la ignorancia?, ¿por qué los ignorantes son obstinados, irascibles y peligrosos?”

Como hemos expresado el neófito contestaría a esta y a las siguientes preguntas, y después añadiría el Venerable una serie de reflexiones, que es lo que aquí nos interesa. La ignorancia sería la falta de conocimiento, de saber, contestación simple pero muy ajustada, que es, a nuestro entender, una gran virtud, al evitar definiciones rebuscadas.

Contundente también fue el Venerable al considerar que de la ignorancia surgirían todos los vicios, en una clara máxima de la masonería, siempre en combate contra aquella. Habría, por lo demás, tres clases de ignorancia. Estaría el “no saber nada”, el “saber mal lo que se sabe”, y “saber lo que no se debe saber”, principio éste que también tendría su clara dimensión masónica, ya que un hermano debe ir aprendiendo en función de su grado, de su tiempo, sin adelantarse.

Pero volvamos a las reflexiones de nuestro Venerable. El conocimiento tendría dos extremos que se tocarían. El primero sería la ignorancia natural que padecería todo ser humano al nacer, mientras que el segundo extremo es aquel a donde llegarían las “almas grandes”, que habiendo recorrido cuanto se pudiera saber comprobaban que no sabían nada, y se encontrarían en la misma ignorancia de donde partieron. Pero, en realidad, sería una nueva ignorancia, si se nos permite intervenir, porque era sabia e ilustrada.

El problema vendría del hecho de que habría quienes saliendo de la ignorancia primitiva habían adquirido en la vida solamente algunos detalles de “ciencias mal comprendidas”, pero se vanagloriaban de un “falso saber”, presentándose como entendidos. La sabiduría o esa “ignorancia sabia” se sustentaría en la tolerancia, en el amor a la humanidad, y en el respeto de sí mismo.

Por eso los verdaderamente ignorantes serían “obstinados, irascibles y peligrosos”; perturbarían y desmoralizarían a la sociedad. Y esos ignorantes intentarían abatir al pueblo, a su inteligencia porque le privarían del conocimiento de sus derechos, sabiendo que un pueblo ignorante siempre será esclavo. Los ignorantes serían enemigos del progreso, de la luz, en favor de las tinieblas, y lucharían sin descanso contra la verdad, con el fin de dominar más fácilmente. Así pues, la masonería nos advierte sobre la ignorancia por los graves peligros que genera en la sociedad, pero también sobre los pilares sobre los que se sustentaría la sabiduría.

Y, a continuación, y en perfecta relación con lo expuesto, la pregunta siguiente era:

“Decidnos vuestra opinión sobre el fanatismo y la superstición

El Venerable explicaba que el fanatismo era un culto “insensato, un error sagrado”. El fanatismo se asociaría a una especie de exaltación religiosa que perturbaría la razón, y que llevaría a los hombres a cometer hechos punibles creyendo que con ellos se servía a Dios. El fanatismo sería un extravío moral, hasta una enfermedad mental contagiosa. Cuando se introducía el fanatismo en una sociedad, tomaba la autoridad de un principio, en cuyo nombre sus partidarios hacían perecer a millares de inocentes en sus “execrables autos de fe”. Como parece evidente estaríamos ante una crítica implícita a la institución religiosa. El Venerable advertía que había que huir y combatir ese fanatismo religioso.

Pero también habría un fanatismo vinculado a quienes deseaban ardientemente hacer triunfar su opinión, de llevar a cabo sus proyectos. El peligro de todos los fanatismos era que generaban abusos. La masonería, por lo que sabemos, también es un ejercicio contra el fanatismo.

La superstición por su parte sería un culto falso, una especie de culto mal comprendido, lleno de falsos temores, contrario a la razón. Vendría a ser la religión de los ignorantes, y hasta de los que tendrían que ser sabios porque por no analizar, (¿estamos ante una crítica masónica de la indolencia?), seguían prisioneros de la costumbre.

En realidad, afirmaría nuestro Venerable, la mayor parte de las religiones no eran más que supersticiones generadas por el temor y que llevarían al fanatismo. En definitiva, ambos serían los enemigos de la felicidad de los pueblos. Así pues, estaríamos ante un ejercicio masónico en favor de la razón, y en contra de la costumbre como guía en el trabajo.

En consecuencia:

“¿Qué es el error?”

Pues sería una opinión falsa adoptada por la ignorancia, por falta de raciocinio y examen, es decir, un juicio falso, una falta y hasta un desprecio, un desvío de la razón, de la verdad, de la justicia, un extravío de la imaginación que aceptaría lo falso como verdadero.

Estaríamos, sin lugar a dudas, ante una de las definiciones más intensas y acabadas sobre lo que es un error, si se nos permite el comentario.

“¿Qué son las preocupaciones?”

Una preocupación sería un juicio emitido o admitido antes del examen o sin que tenga lugar el mismo, es decir, vendría a ser un prejuicio, si se nos permite nuestra aclaración. Se asimilaría al error, a las falsas creencias que se admitirían sin pruebas. La pública prevención sería una preocupación, un azote “anti-social”, que solamente cedería ante la fuerza de la razón y la experiencia.

Y este mal, como podríamos suponer, tendría su origen en la ignorancia y el error. Aquí los masones tendrían otro trabajo que hacer. Cuando un individuo o un pueblo desechaban una preocupación, estarían progresando.

“¿Qué es la mentira?”

La mentira sería el relato de un hecho contrario a la verdad, y creado con el fin de engañar. Mentira y engaño serían lo mismo. El Venerable quería que los padres cuidasen mucho de que sus hijos no mintiesen, al considerar que la mentira era uno de los vicios más horribles y trascendentales.

Y, por fin:

“¿Qué son las pasiones?, ¿son útiles al hombre?”

La pasión, y siempre según nuestro Venerable, sería “una afección permanente, un pensamiento irresistible, un deseo violento causado por una necesidad del alma con sufrimientos hasta que está satisfecha”. Otra acepción, algo más serena, si se nos permite, sería la que consideraría a la pasión como un “gusto decidido por una cosa, un arte, una ciencia, etc.”.

El Venerable no sería contrario a las pasiones. A la masonería, añadiríamos nosotros, no le disgustan las pasiones porque considera que son necesarias para el hombre, pero sería preciso que una buena educación encauzara las pasiones hacia objetivos útiles para uno mismo y para la sociedad.

No sería natural clamar contra las pasiones, como tampoco intentar destruirlas, pero, además, el hipócrita sería tan odioso precisamente porque obraría fríamente y por cálculo, no movido por la pasión.

Las pasiones, y esta definición nos parece muy estimulante, serían las “velas del bajel de la vida humana; ellas conducen al puerto ó la arrojan sobre los escollos”. Además, añadía el Venerable, las grandes pasiones eran las responsables de las cosas grandes.

Pero también sería cierto que muchas veces las pasiones podían ser la causa principal de nuestra debilidad. Y eso era porque las mismas nos hacían formar deseos superiores a nuestra propia naturaleza y nos llevarían más allá de donde se podía.

El Venerable se explayaba sobre los distintos tipos de pasiones, la amorosa, la de la gloria, la de la riqueza, y la del poder. Todas, en sí eran beneficiosas, pero siempre y cuando fueran encauzadas y bien dirigidas con una “buena educación”, porque podían conducir a consecuencias peligrosas. En realidad, la masonería podría considerarse una eficaz herramienta en esta tarea.

Con estas enseñanzas terminamos nuestra exposición, con el deseo -seguramente el mismo que tendría el Venerable Maestro en la iniciación- de haber sido útil, de haber conseguido, al menos, que nos paremos un instante a reflexionar sobre vicios y virtudes, y sobre el trabajo masónico en estas materias.

Los vicios y la virtud en la masonería