martes. 18.06.2024
inmigración

"Son las cuatro de la madrugada, lo sé, porque el reloj que llevo en mi muñeca izquierda marca esa hora. Es lo único que me queda de cuando salí de mi aldea que había sido asolada y quemada por las tropas golpistas. Hacía unos días habían tomado el poder en mi país. Aún recuerdo cuando entraron en la aldea, disparando a todo lo que se movía, violando a las mujeres y niñas, golpeando a los ancianos y, lo peor, obligando a niños a matar a sus propios familiares. Yo pude escapar de este horror porque había salido muy temprano a pescar y cuando me acercaba a la aldea vi fuego, oí gritos y me escondí rápidamente entre la maleza. Al cabo de dos horas de destrucción, humillaciones, acciones indignas y absurdas: quemaron todas las chozas, con los únicos supervivientes dentro de ellas. Los gritos eran ensordecedores. Me tape los oídos y aún, ahora, todavía resuenan en mi cerebro esos gritos. Cuando se fueron, me acerque a la aldea. Las lágrimas no paraban de caer de mis ojos. Me acerqué a mi choza, descubrí los cuerpos desmembrados y quemados de mis padres.

Junto a mi padre, muy cerca de él, estaba el reloj intacto, como si las llamas hubiesen querido mantener algo de ellos con vida. Lo cogí, me lo puse en mi muñeca izquierda, sin mirar si funcionaba o no, era lo menos importante, lo real es que sentí que ese reloj: era como tener a mis padres junto a mi. Tenía 14 años, ahora tengo 16, me encuentro en esta balsa-patera con más de 200 personas. Acabamos de salir de una cala, a escondidas, golpeados, empujados, después de haber pagado una suma importante de dinero a unos individuos que lo único que les importa es llenar sus bolsillos y pagar a “esas fuerzas de orden” que se están corrompiendo para permitir que esto suceda.

Durante los dos años que han pasado desde que huí de la aldea y ahora que estoy en esta balsa, mi vida ha sido toda una odisea: me han golpeado cientos de veces, me han esclavizado en los distintos trabajos que pude conseguir, he tenido que “vender” mi cuerpo para poder sobrevivir, incluso, y me arrepiento de ello, he tenido que robar para poder comer. Yo que siempre he defendido y querido ser un ser humano con unos valores democráticos que den lugar a acciones de solidaridad: como me enseñaron mis padres y ahora: me he convertido en un ser humano del que no me siento orgulloso. Pero por fin, con mis cicatrices, con un ojo menos, cojo por las heridas que me ocasionaron unos policías en el último intento que hice para subirme en una patera:  para poder huir del odio, de la humillación, de la crueldad. Pero por desgracia, solo pude llegar al primer destino. Allí me cogieron, me devolvieron con golpes a la patera y nos obligaron a todos y todas a regresar al punto de origen. Y si eso fuera poco, los “mafiosos” no nos devolvieron el dinero y nos golpearon por no haber seguido. Pero como he dicho anteriormente, vuelvo a intentarlo por segunda vez. Quiero llegar a mi destino: cualquier puerto europeo, donde pueda: volver a ser libre, a ser una persona, a poder trabajar, a volver tener dignidad.

Llevamos ya cuatro horas, creo, navegando, el mar está tranquilo, pero tengo miedo, y más cuando escucho a lo que cuentan algunos de los que están aquí en la balsa, comentan que son muchos los que lo intentan y pocos los que llegan al final. Por eso quiero escribir estas palabras, contar mi historia, porque si no llego y si alguien encuentra este papel: voy a meterlo en una botella, lo pueda leer y después le sirva para comunicar a la gente nuestro sufrimiento e incluso comience una lucha para que todos los seres humanos que, casi siempre, por problemas de guerra, por querer mejorar, por recuperar nuestra dignidad y ser nuevamente personas y no animales con las que se trafica y ganan dinero. No somos ganado, somos seres humanos que tenemos vida, tenemos esperanza, que queremos trabajar sin ser esclavizados, ser libres y ante todo tener la misma dignidad de aquellos seres humanos que han tenido la suerte de nacer en un país libre. ¿Qué hemos hecho nosotros para que se nos trate así?, ¿por qué los países más ricos no ponen medios y acaban con esta lacra y permiten que este mar se esté convirtiendo en un cementerio? Una fosa donde nuestros cuerpos se hundirán y permanecerán eternamente, salvo aquellos que puedan llegar vivos a la costa o aquellos que su cuerpo, inerte y sin vida vuelve a la orilla y pueden ser enterrados en una fosa común de un cementerio, sin tener en cuenta nuestras creencias religiosas o nuestros deseos de como deseamos morir y ser enterrados. No quiero caer en una depresión. Por ahora todo va bien, el mar está en calma, pero tengo miedo, presiento que esto no va a durar mucho. ¿Llegaremos a la orilla?, ¿cumpliremos nuestro sueño? Miro a las caras somnolientas de mis compañeros y compañeras y en todos ellos y ellas veo la misma expresión: miedo y esperanza. Vamos muy hacinados, por eso el sueño solo está en nuestros pensamientos, cerramos los ojos, pero los abrimos continuamente. Miramos el cielo oscuro, miramos el mar, miramos todo aquello, muy poco, que llevamos como pertenencias, es toda nuestra vida, lo único que nos queda. Muy cerca de mi hay una mujer, compungida, con lágrimas en sus ojos, está embarazada, apoya sus manos en la barriga, como si quisiera proteger y darle cariño al feto que lleva en sus entrañas. A su lado hay otra mujer, con una expresión muy triste, pienso que ya no le queda lágrimas en los ojos, mira con una expresión de amor y cariño a un niño pequeño que le acompaña, lo tiene cogido por los hombros y la cabeza del niño reposa sobre el pecho de la mujer. El niño no para de llorar, ella intenta calmarlo cantándole muy despacio una canción de cuna, en un dialecto que no conozco, me da la impresión, porque el niño se va calmando y le lanza una leve sonrisa. Ella, su rostro está lleno de magulladuras que demuestran que ha sufrido como yo, durante estos días, meses o años hasta poder embarcarse en esta patera inmune, pequeña y llena de seres humanos que somos tratados como ganado. Veo también muy cerca de dos ancianos, a hombres jóvenes y a niños solos. Todos y todas tenemos un mismo objetivo: llegar. Y una ilusión: alcanzar la libertad.

Miro al cielo, las estrellas han desaparecido, el mar se está embraveciendo, la balsa-patera, se mueve cada vez más, veo y siento como unas olas se acercan y golpean, cada vez más violentamente la balsa, nuestro sustento de vida. Veo como la gente aun estando callada, empieza a tener más miedo. Algunos se abrazan. La madre a su hijo. La embarazada aprieta fuertemente su vientre. Los ancianos miran al cielo y se abrazan. Los jóvenes se aprietan entre ellos. Nos miramos, algunos lloran. Todos y todas tenemos mucho miedo. El viento va arreciendo, las olas, muy agitadas van en aumento chocando cada vez con más virulencia la balsa. El agua nos moja la cara, nuestros cuerpos. Son muchos los que meten la cara entre las piernas. Nadie de nosotros llevamos salvavidas y muchos de nosotros, yo mismo, no sabemos nadar. De pronto, como si apareciera de la nada, como si quisiera romper nuestra última esperanza, como si quisiera hacernos pagar un absurdo peaje, una ola gigante nos envuelve y veo caer al agua los dos ancianos, a cuatro niños y dos jóvenes, uno de ellos, después de caer se agarra a la patera, pero veo como la crueldad del ser humano puede no tener límites, cuando estamos en peligro. Pues observo como otras personas le quitan la mano con la que se está agarrando a la balsa, tienen miedo que la vuelque. El joven acaba por hundirse en el mar. La embarazada cae y empieza a gritar. La oscuridad no nos hace ver a la gente, solo oímos gritos pidiendo auxilio. Observo como lloran, los que nos mantenemos todavía en la balsa. Pasan unos minutos y vuelve una pequeña calma. Somos muchos menos en la balsa-patera. No puedo contar, pero creo que más de 30 personas han desaparecido. Formarán parte de esas víctimas inocentes que están en la fosa más grande del mundo: EL MEDITERRÁNEO. Todos callamos, nos sentimos culpables, nos miramos, cuando de pronto vuelve a venir una nueva ola, apoyada con un viento tan fuerte que la balsa se da la vuelta.

La gente grita, se junta. Yo cojo mi botella, voy a meter el papel dentro de ella, agarro mi mano al reloj de la muñeca, me caigo. Han pasado varias horas, por suerte alguien aviso a un barco cercano de que había una patera a la deriva y han llegado hasta nosotros. Yo me apoye a la balsa volcada, eso me salvo y ahora continuo, después de haber sacado el papel humedecido de la botella, escribiendo mi historia. Me lo debo, se lo debo a todos aquellos seres humanos que se han quedado por el camino. Nuestros salvadores, miembros de una ONG, solo han podido rescatarnos a 15 personas, nos encontramos en un estado lamentable y con escalofríos, hemos quedado los jóvenes y dos niños, los demás han desaparecido en el mar. En mi retina está la cara de los ancianos, de la madre y su hijo, de la embarazada. ¿Por qué Europa permite esto? Ahora no sé qué harán con nosotros, si lograre la libertad o si tendré que seguir luchando para conseguir los mismos derechos que tienen otros seres humanos por haber nacido en otro lugar. Yo, solo, espero recuperar mi dignidad como ser humano y que no me vuelvan a deportar nuevamente a mi país, a mi destruida aldea, porque si eso se produce moriré y ya he muerto dos veces. Espero que esta carta la lea alguien. Como me prometí la voy a meter dentro de la botella y la voy a tirar al mar y espero que alguien la encuentre, la lea y sirva esta para que la gente se conciencie y empiece, ahora si la lucha de una manera real, para que todos los seres humanos podamos tener los mismos derechos y tengamos la misma dignidad que otros seres humanos: no lo merecemos”.

Esto puede ser un relato de ficción, pero por desgracia, aunque así lo sea, por haberme puesto yo en la piel de uno de esos seres humanos, que son tratados como ganado y que pierden su dignidad y acaban en la mayor fosa del mundo: el Mediterráneo: es una realidad. Cada año, por desidia, la falta de decisiones y valentía, la gran cobardía de enfrentarse a una realidad. Todos los países desarrollados, los países europeos somos cómplices de que mueran miles de personas en el Mediterráneo.

De que “mafias”, a las que se les consiente públicamente, más que nada, porque “se odia” a los migrantes, esto, nos convierte en cómplices de gobiernos que no ponen dinero y medios que permitan paliar esta continua sangría de muerte. Todos, en parte, somos “culpables”, en cierta medida, por permitir que determinados países consideren a los migrantes culpables de todos los males. En cierta manera, también somos, con nuestro silencio, “cómplices” de esas muertes y de que no recuperen su dignidad, de que mueran el intento por recuperarla como seres humanos que son y lo peor es que ayudamos con nuestros votos a partidos xenófobos y antimigración a que consigan sus objetivos de poner trabas, impongan leyes leoninas e incluso los abandonen a su suerte no dejándoles que se acerquen a la costa. Les abandonan a su suerte y nosotros votando a esos partidos irracionales les ayudamos, digamos lo que digamos, somos “cómplices” por no salir a la calle o por nuestro silencio. YA ESTÁ BIEN. No permitamos, que por nuestra culpa, se produzcan más muertes, el MEDITERRÁNEO: no debe ser una fosa cada vez más grande. Todos los países deben luchar y nosotros exigirles que lo hagan para que estos seres humanos, muchos de ellos. que huyen de destrucciones, penurias y humillaciones, de sus países puedan llegar a los nuestros, en libertad y con seguridad y a la vez debemos ayudar a potenciar a que los gobiernos creen leyes para que en esos países no existan “genocidios y se produzcan continuos golpes de estado, productos muchos de ellos por culpa de unos intereses desmesurados de enriquecimiento que pretende conseguir unos oligopolios que utilizan las guerras y los golpe de estado en esos países para hacerse con el control de los recursos económicos naturales que poseen. Dejémonos de hipocresía, todos y todas, gobiernos y ciudadanía, luchemos codo a codo para que no haya ni una víctima más en el Mediterráneo, producto de nuestra propia inanición y falta de valentía. Por eso no podemos dar nuestro apoyo a aquellos partidos de derecha y ultra derechistas que su objetivo es pasar de este problema e incluso culpabilizarlos, pero nosotros ante esto, no podemos esconder la cabeza, como los avestruces, y poner nuestro grano de arena.

Nuestro silencio también nos hace cómplices y no sirve solo la frase “pobres”. El problema necesita de propuestas, soluciones y la ciudadanía puede hacer mucho más. El Mediterráneo no puede ser una fosa cada vez más grande. Una vida humana es muy importante y la dignidad de los seres humanos un derecho irrenunciable, que todos y todas merecemos, hayamos nacido donde hayamos nacido. Menos muertes y más acciones. No seamos cómplices de gobiernos ultra derechistas y de derechas retrógradas. EN LA CIUDADANÍA ESTÁ LA LUCHA, EN LOS GOBIERNOS LAS ACCIONES. EXIJAMOS JUSTICIA Y CERO MUERTES YA.

¿Hasta cuando vamos a permitir las muertes en el Mediterráneo?