El eclipse del "nosotros"
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Durante décadas, la izquierda no necesitaba explicarse demasiado cuando hablaba en plural. El “nosotros” no era una consigna vacía ni una fórmula retórica: era una experiencia compartida. Tenía un anclaje material claro —el trabajo— y una promesa política comprensible: mejorar colectivamente las condiciones de vida, la generalización de los derechos superando las diferencias individuales. Sindicatos y partidos de progreso no solo representaban intereses; construían un sujeto político reconocible, un colectivo social que se sabía tal incluso en la derrota.
Ese “nosotros” no era homogéneo ni idílico; estaba atravesado por conflictos y jerarquías. Pero funcionaba porque señalaba un lugar común desde el que mirar el mundo: la relación desigual con el poder económico y la vulnerabilidad compartida frente al mercado. No hacía falta quererse ni parecerse demasiado. Bastaba con saberse en el mismo lado del conflicto.
Hoy, ese “nosotros” se ha debilitado hasta casi desaparecer. No porque haya dejado de existir la desigualdad, ni el colectivo de referencia, sino porque lo común parece que haya dejado en cierto grado de ser el eje movilizador. El trabajo ya no articula identidad y la clase social ha sido expulsada del vocabulario cotidiano, sustituida por una constelación de relatos singulares.
La izquierda actual habla mucho del “yo”. De sus derechos, de su malestar, de su identidad. Todo eso es importante, pero el problema surge cuando las singularidades dejan de ser el punto de partida para convertirse en el punto de llegada; cuando el “yo” no conduce a ningún “nosotros”.
Ese desplazamiento adopta formas muy concretas. El “yo” se fragmenta en generaciones que no se reconocen entre sí; en territorios que reclaman prioridad política por el solo hecho de serlo; en identidades culturales, nacionales o lingüísticas que se presentan como sujetos políticos autosuficientes. Se manifiesta también en trayectorias vitales convertidas en argumento político en sí mismo, como si la experiencia personal bastara para fundar, por sí sola, un proyecto colectivo.
En ese marco, la política deja de organizar mayorías para pasar a administrar diferencias, deja de ser un vehículo de movilización social colectiva para convertirse en una suma de adhesiones individuales. Cada singularidad comparece con su agenda, su urgencia y su lenguaje propio. Lo que se pierde no es la diversidad —que siempre ha existido—, sino la capacidad de ordenarla en un proyecto común. El conflicto ya no articula; se dispersa.
La política de la identidad ofrece pertenencia inmediata, pero tiene un límite evidente: construye comunidades simbólicas, no mayorías políticas. Fragmenta el campo progresista en trincheras morales y hace casi imposible articular un proyecto que interpele a la inmensa mayoría social.
Esta deriva no es abstracta. Se manifiesta también en proyectos que nacieron con la ambición explícita de recomponer un sujeto plural, como fue el caso de Sumar. En su origen, aspiraba a ser un crisol capaz de fundir la diversidad en un proyecto común. La intuición era acertada: la diversidad no construye poder político por sí sola. Necesita una disciplina compartida y una lealtad mínima a un proyecto colectivo que se sitúe por encima de las identidades de origen.
Sin embargo, lo ocurrido es conocido. Las particularidades territoriales y las siglas acabaron imponiéndose al objetivo común. Cuando un espacio político no logra que sus distintas sensibilidades voten juntas en cuestiones centrales en el Congreso, no estamos ante un “pluralismo sano”, sino ante la ausencia de un nosotros operativo. La diversidad deja de ser una potencia para convertirse en una suma inestable de intereses particulares.
La necesaria reconstrucción del “nosotros” no es una operación de nostalgia ni un retorno romántico al pasado. Significa volver a poner en el centro el trabajo, el poder y la redistribución en un mundo más complejo, donde la diversidad existe pero no puede sustituir al proyecto común.
La izquierda no está en crisis por exceso de conflicto. Sino por falta de un conflicto compartido que abordar. Ha perdido el “nosotros” y, con él, una parte esencial de su razón de ser. Recuperarlo es la única condición para volver a ser mayoría. Es, hoy, la tarea política más urgente.
Artículo publicado en el blog de Quim