martes. 23.04.2024
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Retrato del Papa Inocencio X, por Diego Velázquez.

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«¡Demasiado verdadero!», se dice que comentó Inocencio X al contemplar su efigie pintada por Velázquez. Esta reacción del pontífice, entre admirativa y cautelosa, es digna de estudio. Obviamente, no se refiere al parecido del cuadro con su persona. Era de dominio público, y él mismo era consciente de ello, que el Papa no era un sujeto agraciado –por ser diplomático–. Sin embargo, no queda resaltada su fealdad. No es que Velázquez se dedique, a semejanza de otros retratistas de la época como Rubens o Van Dyck, a halagar a sus clientes mejorando su look. El photoshop o sus equivalentes fueron inventados hace siglos. Pero tampoco cae en la tentación de la caricatura. La fisionomía es reflejada con naturalidad, sin adición ni sustracción.

Lo que inquietaba a Inocencio X no era su aspecto físico, sino la representación psicológica, penetrante y descarnada. La tensión del cuerpo, el aire entre malencarado e inquisitivo, el semblante casi agresivo, indican a la par una voluntad inflexible y una personalidad autoritaria. Hay algo de obsesivo en su mirada, una de esas que te persiguen por la sala.

Este retrato constituye una de las más profundas incursiones en una psique que se hayan pintado jamás. Es también una prodigiosa imagen de un poder que desborda lo espiritual. El decorado es todo un programa, una puesta en escena de la tecnología de la dominación. El Poder tiene sus ritos y sus fastos, su aparato y su liturgia. El oro de los florones y galones del solio sobre el fondo de ricos y abigarrados cortinajes abruma al espectador. La maestría cromática de Velázquez, la armonía de matices de rojo yuxtapuestos al encaje blanco, recalca la omnipotencia que transmite el personaje. Sólidamente instalado en el lujoso sillón, se nos presenta ahíto de firmeza y decisión, con una arrogancia que tiene un sesgo siniestro.

Ese carácter, que se avecina con cierta sensación de horror, impulsó a Bacon a pintar decenas de variaciones sobre este cuadro. La más impactante es el Estudio según el retrato de Inocencio X realizado por Velázquez (1953), en el cual no es casual que la boca que grita esté inspirada en Matanza de los inocentes de Poussin y en la anciana de los quevedos de la escalinata de Odessa en El acorazado Potemkin. Como en tantas ocasiones, las versiones elaboradas por otros artistas proporcionan la mejor crítica y el mejor análisis de una obra.

El Retrato de Inocencio X aporta una visión del Poder apabullante y desorbitado que pueden ostentar una institución y la figura que la encarna

El Retrato de Inocencio X aporta una visión del Poder apabullante y desorbitado que pueden ostentar una institución y la figura que la encarna. La otra cara de la moneda aparece en la obra de Rembrandt Betsabé (1654). Aunque más conocida por este corto título o por el erróneo Betsabé en el baño, el más apropiado sería Betsabé con la carta de David en la mano. Pues el elemento clave del cuadro es el mensaje.

Bañada en una luz suave que resalta su soledad y su conflicto, la heroína apenas sujeta la misiva que acaba de leer. El soberano la ha observado mientras se bañaba, y ahora la llama a su palacio. Ella reflexiona, sumida en la congoja, y la mirada perdida da cuenta de su extrañamiento de sí misma. Tiene que decidir entre la fidelidad a su marido Urías, que está lejos en la guerra, y la obediencia a su rey. La angustia de ese dilema se revela en la pesadez del cuerpo, en su desnuda desnudez, realzada por el fino velo que recubre sus partes íntimas. Tenemos delante carne humillada, derrotada. Lo que no debía ser visto ha sido visto, y por quien no debería. El abatimiento de Betsabé nos descubre el desenlace inevitable: no logrará resistir la presión del monarca. Se trata, como en El Padrino y por idénticas razones, de «una oferta que no podrá rechazar». Terminará en su cama y Urías muerto en el campo de batalla, a las órdenes de quien tiene la potestad de enviarlo al matadero.

Más allá de la belleza y el esplendor, nos conmueve el terremoto interior, el sufrimiento humano que esta joven mujer soporta. Su expresión de abandono, de inocencia traicionada, de indefensión ante un destino que no puede controlar, llega a lo más hondo. Lo fundamental del cuadro, el núcleo de su contenido de verdad, es el efecto demoledor de un Poder ignorante de los más elementales límites sobre sus inermes y desconsoladas víctimas.

¡Demasiado verdadero!