sábado. 20.04.2024

La Constitución de 1978 se ha quedado, claramente, algo obsoleta. No en vano, han transcurrido la friolera de 45 años desde su Promulgación. No se trata de una afirmación baladí; sino de una constatación evidente. Se ha desteñido, sus costura se han trocado estrechas, para responder a una sociedad cambiante. Está pidiendo a gritos una reforma integral, que recoja otros criterios, otras realidades, una forma dinámica y razonable de dialogar, certeramente, con lo que podríamos denominar -tal vez no acertadamente-, como la conciencia de un tiempo, de un "espíritu" cultural y humanamente nuevo. Eso sí, hacerlo en serio, desde luego sin nocturnidad ni alevosía, sin negarle a la ciudadanía -ejemplos hay-, claridad e inteligencia.

Pero mi comentario quisiera abordar un asunto peliagudo. Nuestra Constitución -la de todos, no sólo la de la gente bien y de orden; preguntar al amigo Feijóo- contiene, en su texto, un único nombre propio: S. M. Don Juan Carlos I de Borbón. Ver artículo 57.

No sé, es como una especie de anomalía inexplicable, un baldón, una afrenta inmerecida, después de conocida la trayectoria, tanto privada como pública, del "campechano", del emérito huésped de una nación árabe, del heredero ungido por Franco, de un declarado evasor de impuestos y vividor sin límites. Una vergüenza internacional que, presuntamente, mueve maletines de dinero por el mundo mundial. Un hombre incoherente con la ética y la moralidad que debería presidir su comportamiento, supuestamente, vinculado a los aguerridos y rancios principios de una Monarquía Católica, Apostólica y Romana. 

Es como una especie de anomalía inexplicable, un baldón, una afrenta inmerecida, después de conocida la trayectoria, tanto privada como pública, del "campechano"

Una joya vamos. Venía, el emérito, bien envuelto en la Constitución que aprobó en Referéndum el cuerpo social español. Las gentes de bien, y de poco orden, hicimos cálculos y nos salía a cuenta validar al heredero del Franquismo. Éste se creyó legitimado, en el marco de una maravillosa operación del demiurgo y aprendiz de brujo Torcuato Fernández-Miranda. Un avanzado a su tiempo que se inventó -sin despeinarse-, una fórmula mágica para trocar la sanguinaria Dictadura franquista en una Democracia de nuevo cuño, pasando por el harakiri de las Cortes del eximio Movimiento Nacional, ese que se demuestra andando. 

Atención, señoras y señores, el más difícil todavía: "de la Ley a la Ley" y tiro porque me toca. Inestimable contribución a la Ciencia Política. Cuestión abstrusa, que mi endeble sesera - córtex prefrontal y sistema límbico -no consiguen entender. Soy yo, no cabe duda, el que no sabe interpretar tamaña hazaña del Nacional-Catolicismo, el Desarrollismo y los Principios Fundamentales del Movimiento. Es mi tara, ya no tengo remedio ni edad -provecta ya - ni inteligencia-, aunque se me suponía para tal alarde intelectual. 

Venía, el emérito, bien envuelto en la Constitución que aprobó en Referéndum el cuerpo social español. Las gentes de bien, y de poco orden, hicimos cálculos y nos salía a cuenta

En fin, cosas más complicadas se han visto; por ejemplo: a un demócrata de toda la vida, franquista hasta las cachas, el eminente Sr. Don Manuel Fraga Iribarne redactando constituciones; véase el caso de Guinea Ecuatorial ante su independencia en octubre de 1968. Dícese de este señor, que su cabeza contenía, prodigiosamente, toda la estructura, composición y legislación franquista. Un prodigio sin parangón. 

Bueno, una vez repasado todo este elenco de personajes, manifiestamente mejorables, vamos al meollo; en la Constitución sólo figura un nombre, búsquenlo en su artículo 57. Allí seguirá, imagino, hasta su óbito -¡Dios no lo quiera!- en perfecto estado de revista. Cómo espetó un célebre Presidente del Congreso de los Diputados, el nunca bien ponderado Federico Trillo -héroe de la isla de Perejil: al alba y con tiempo duro de Levante-, a quien se le escapó una expresión del siglo XVII español: ¡Manda huevos! 

Eso mismo digo yo, en referencia a la única "referencia" de un nombre propio campechano en nuestra Constitución: ¡Manda huevos!

La Constitución con un sólo nombre propio