jueves. 04.06.2026
LAS NACIONAS MÁS INTELIGENTES DEL MUNDO

España no es tan tonta como te crees

Nuestros investigadores en biomedicina han logrado avances reconocidos mundialmente en la lucha contra enfermedades raras y en terapias celulares.

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Leemos en los medios de comunicación un descubrimiento científico sin precedentes. Como explican los investigadores Iñaki Martín-Subero y Martí Duran-Ferre, permite conocer el origen del cáncer y anticipar la evolución que tendrá el tumor. Y ha sido aquí, en nuestro país: en el Centro de Investigación del Hospital Clínic de Barcelona, junto con el Instituto de Investigación del Cáncer de Londres.

Y cuando lees esta noticia te preguntas: ¿por qué seguimos instalados en el tópico que dibuja a España como un país simpático, alegre y ruidoso, pero poco dado a la ciencia, la innovación o el esfuerzo intelectual? El país de la siesta y la fiesta. El problema es que muchos españoles, con un punto de autodesprecio, colaboramos en alimentar esa caricatura.

España es líder en energías renovables, con desarrollos que exportan conocimiento y tecnología

Pues bien: los datos dicen otra cosa. España no es tan tonta como algunos creen. Y conviene repetirlo sin complejos.

Un informe internacional reciente, The World’s Smartest Nations: Ranking Intelligence in 2025, elaborado por TradingPlatforms, combina resultados educativos, producción científica y cociente intelectual medio de la población. Y aquí España aparece con un potencial notable. Nuestro CI medio es de 102, por encima de Francia, Italia o Reino Unido, y en producción científica ocupamos el 11º lugar mundial en número de artículos publicados. Es decir, materia gris tenemos. Y de sobra.

Entonces, ¿por qué no aparecemos entre los países que marcan el paso en innovación, educación o competitividad? La respuesta no está en el talento, sino en cómo lo usamos. El rendimiento de los estudiantes españoles en las pruebas PISA de la OCDE es simplemente mediocre, y el salto de la investigación a la economía productiva sigue siendo insuficiente.

Iñaki Martín-Subero y Martí Duran-Ferrer. Foto: IDIBAPS  Hospital Clinic
Iñaki Martín-Subero y Martí Duran-Ferrer. Foto: IDIBAPS Hospital Clinic

Si lo pensamos en términos escolares, España sería ese alumno inteligente, con buenas notas potenciales, pero que se distrae en clase, no entrega los trabajos a tiempo y pierde energías en disputas inútiles. Tiene capacidad, pero no constancia.

Y, sin embargo, cuando miramos a la ciencia española encontramos motivos para el orgullo. Nuestros investigadores en biomedicina han logrado avances reconocidos mundialmente en la lucha contra enfermedades raras y en terapias celulares. España es líder en energías renovables, con desarrollos que exportan conocimiento y tecnología. En astrofísica, el Instituto de Astrofísica de Canarias colabora en proyectos internacionales de primer nivel. Y en biotecnología, el CNIO o el IRB de Barcelona son referencia global. El capital humano está, los resultados también, pero falta transformar todo eso en mejora de la productividad y en un proyecto de país.

Nuestro CI medio es de 102, por encima de Francia, Italia o Reino Unido, y en producción científica ocupamos el 11º lugar mundial en número de artículos publicados. Es decir, materia gris tenemos

Miremos a nuestros vecinos. Alemania no tiene un CI mucho más alto que España (103 frente a 102), pero sí una industria robusta que conecta universidad y empresa. Finlandia, hasta hace poco con resultados excelentes en educación —aunque ahora revisa su estrategia porque ha empezado a flaquear— no lo logra porque sus alumnos sean más listos de nacimiento, sino porque la educación es una prioridad nacional que trasciende gobiernos. Su modelo demuestra que la inteligencia colectiva no depende de genes, sino de políticas.

España, en cambio, lleva años atrapada en el ruido. Y mientras tanto, el talento se desperdicia. España no es tonta. Los datos lo dicen alto y claro: tenemos una población con inteligencia media por encima de nuestros vecinos, una producción científica de primer orden y jóvenes con enorme capacidad. Lo que falta es un rumbo común, un acuerdo básico para que toda esa energía no se disperse.

Si fuéramos capaces de aunar esfuerzos, si transformáramos nuestro talento en un proyecto de país, España podría ocupar un lugar de referencia. No lo digo yo, lo dicen los números: no nos falta inteligencia, nos falta estrategia. Y como ese alumno con buenas notas potenciales que se distrae con el vuelo de una mosca en clase, nos falta concentración en el objetivo.

La verdadera derrota no sería carecer de talento, sino seguir despistados mientras otros avanzan. Porque entonces sí, pareceríamos tontos sin serlo. Y sería una irresponsabilidad histórica.

España no es tan tonta como te crees. Solo necesita dejar de distraerse en tonterías y ponerse en serio a construir su futuro.

España no es tan tonta como te crees