jueves. 18.04.2024
Agricultura

Durante años hemos ido a las fruterías, carnicerías, supermercados y nos hemos llevado los productos como si los hubiera producido en serie una Inteligencia Artificial capaz de saciar nuestras necesidades alimenticias. Muchos de nuestros hijos serían incapaces de establecer una asociación entre un nugget de pollo con carne del animal que le da nombre.

Han sido la pandemia, la crisis climática y ahora la guerra las que han descolocado la arquitectura del mundo tal como lo conocíamos. De repente la producción agraria, sus modalidades y especificidades, sus costes, el traslado de los productos, el precio de la energía y los carburantes, los ganaderos, los agricultores, los pescadores, los camioneros y sus formas de vida, han adquirido suma importancia.

Además estamos ante un sector económico que se presta a los tópicos y las posturas manidas. Frente a quienes consideran lo contrario, nuestro país ha realizado un esfuerzo importante en materia agraria que nos sitúa, por ejemplo, tan sólo por detrás de Francia en el esfuerzo de producción de carne ecológica en Europa.

Un esfuerzo que ha permitido un aumento de las exportaciones dirigidas a países europeos como Alemania, o Francia, pero también a otros países como Rusia, que recibe casi el 10% de nuestras exportaciones, o China, e incluso Estados Unidos, en menor porcentaje. Nuestros productos se mueven por todo el mundo.

El mundo del campo, la España que hemos llamado vaciada, está tomando conciencia de sí misma, de su fuerza y de sus capacidades, de sus virtudes y sus dificultades

El mundo del campo, la España que hemos llamado vaciada, está tomando conciencia de sí misma, de su fuerza y de sus capacidades, de sus virtudes y sus dificultades. Los grandes productores, distribuidores y comercializadores no pueden ser la única clave para determinar la calidad de vida de las personas en el mundo agrario.

Lo local es importante, mucho más de lo que parece. Lo podemos comprobar en aquellos municipios en los que unos buenos políticos y una ciudadanía consciente se ponen a la tarea de buscar más oportunidades de actividad económica y empleo a base de innovar, mejorar sistemas, atraer nuevas iniciativas.

Son muchos los lugares donde la digitalización, el acceso a internet, la explotación de los datos, la inteligencia artificial, se han convertido en algo habitual, de forma que un buen uso de esas nuevas tecnologías permite un funcionamiento más fácil para las personas en algunas explotaciones ganaderas, o agrarias.

Es evidente que introducir la automatización en los procesos más mecanizados, o en los controles basados en aplicaciones que permiten identificar calidades de los productos, facilita mucho la vida de las personas que trabajan en esos lugares, reduciendo riesgos y mejorando la salud laboral.

Pero no siempre es así, porque la utilización de estos nuevos recursos requiere de personas cada vez más cualificadas, capaces de asumir el reto de la formación a lo largo de toda la vida y la edad no juega a favor, porque el envejecimiento es alto, mientras que el nivel de productores jóvenes es muy bajo y porque el campo sigue sufriendo la realidad de un despoblamiento cada vez mayor.

Formamos parte de una realidad europea que ha apostado de forma equivocada por el despoblamiento del campo y la financiación del abandono de la producción, es decir el pago de subvenciones por no producir.

Europa ha despreciado las prácticas y experiencias tradicionales de cada país, para sustituirlas por producciones obligatorias, reguladas con normativas cada vez más complejas, sometidas a controles de sistemas de producción, procesos que regulan las semillas, plaguicidas, herbicidas, calidades, etc. La legislación europea, sin acompañamiento, formación, seguimiento puede convertirse en una trampa mortal para muchos proyectos.

Pero también se han generado, en ocasiones, de forma artificial, determinados requerimientos de calidad ecológica, que a veces se convierten en meras denominaciones difícilmente identificables por los consumidores, pero que suenan bien, aunque no sepamos qué significan realmente.

Llevar un sello ecológico, cualquier sello ecológico, sea real, o ficticio, se ha convertido en algo imprescindible. Todas las empresas tienen un departamento de Sostenibilidad y otro de Responsabilidad Social Corporativa. En unos casos se trata de buenas prácticas y, en otros muchos, se trata de operaciones fiscales, o puro marketing.

Para afrontar los cambios productivos constantes, es cada vez más urgente recuperar el sentido de la colaboración a través de iniciativas de proximidad y otras que agrupen esas iniciativas locales en espacios más amplios que permitan almacenamiento, procesamiento, distribución de productos. Eso que conocemos como cooperativas.

Esas iniciativas de cooperación, esas cooperativas, de primero y segundo grado, pueden facilitar la producción, pero también pueden facilitar la financiación de nuevas inversiones necesarias, compartir determinados equipos, como un tractor, un dron, o material informático.

Pero también sirven para facilitar la comercialización, para introducir mejoras que permiten cumplir normativas legales, poner en marcha procesos de formación. En definitiva, es urgente sustituir la cultura de la competencia salvaje, que nos ha conducido al borde del precipicio, por la cooperación, si queremos que el campo tenga futuro y pueda seguir dándonos de comer.

Ese campo que nos da de comer