martes. 18.06.2024
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Nuestra época se caracteriza como es natural por muchas cosas, pero quizá cupiera convenir que alguna característica se destaca sobre las demás.

Nuestra creciente merma de atención nos hace preferir las comunicaciones telegráficas y desdeñar cuanto sea prolijo, al margen de su mayor interés. Los datos tampoco son aceptados en bruto para cocinarlos cada cual con arreglo a su discernimiento, porque hay una clara predilección por aquellos que vengan muy condimentados por un impactante sensacionalismo, aunque deforme o aniquile la realidad. Un eslogan se cotiza mucho más que las argumentaciones bien razonadas. Lo malo es que no se trata de aforismos a lo Lichtenberg o La Rochefoucauld, sino de peregrinas ocurrencias nada intemporales y totalmente apegadas a una efímera coyuntura.

La sofisticación tiene perdida de antemano la partida contra lo estrambótico. Los matices no tienen cabida en ese duelo entre lo burdo y lo sutil. Hay que disculparse por no seguir la corriente mayoritaria de opinión o las modas de cualquier tipo. No seguir al abanderado tiene su precio. Desmarcarse de lo políticamente correcto, intentado mostrar que los problemas no se resuelven únicamente con barrocos eufemismos, tiene una clara penalización social. Las discrepancias no son bienvenidas en parte alguna y hay que optar a cada paso por un u otro bando en bloque, como si cada detalle formara parte de una configuración holística.   

Junto al triunfo de lo burdo se aprecia otro estilo en boga: la brusquedad. Las voces que no sean estridentes pasan desapercibidas

Junto al triunfo de lo burdo se aprecia otro estilo en boga: la brusquedad. Las voces que no sean estridentes pasan desapercibidas. El griterío y los ademanes bruscos en cambio cosechan aplausos por parte del club de fans. Es como si las razones necesitaran de altavoces y una gran parafernalia para hacerse valer, cuando todo eso lo necesita más bien la sinrazón del discurso populista y demagógico. Nos vamos acostumbrando a esta burda brusquedad e incluso desdeñamos cuanto no secunde lo brutalmente zafio. Una convivencia que de por buena tamaña impostura puede llegar a tener un aciago destino.

La burda brusquedad que caracteriza nuestro tiempo