martes. 16.07.2024

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Este edificio de la foto, ahora limpio y luminoso, como en general lo está Barcelona, en especial sus espacios histórico y modernista, no estaba así, ni mucho menos, a mediados de los 50. Como todo el espacio urbano, como el gesto de una gran parte de los adultos de la época, malviviendo en una Catalunya y una España que eran enormes cárceles a cielo abierto -y a barrote cerrado-, ese edificio negruzco y en aparente estado de abandono simbolizaba al país, el régimen y a la gente humilde y vencida que lo sufría

Ese edificio estaba en la calle Trafalgar y casi hacía esquina con la de Gerona, creo recordar. Esa calle, Trafalgar, me parece que era única en su género. Arranca en el Arco del Triunfo, va derecha hasta un poco más allá de donde estaba el edificio de marras y allí giraba a la derecha hasta concluir en la plaza de Urquinaona, junto al cine Atlanta, víctima hace años del cinecidio que sufrió Barcelona en el último medio siglo. En la actualidad hay una enorme sede de la Policía Nacional que emite pasaportes y carnets de identidad, a cargo de funcionarias y funcionarios -de uniforme y de paisano- que tratan con afecto a la gente y se esmeran, con desigual fortuna, por expresarse en catalán.

En síntesis, la calle de Trafalgar era, y es, una enorme ele mayúscula. A los que piensen que estas líneas son superfluas les invito a hacer una relación de cuántas calles conocen que sean eles mayúsculas.

Como todo el espacio urbano, como el gesto de una gran parte de los adultos de la época, malviviendo en una Catalunya y una España que eran enormes cárceles a cielo abierto

Volvamos a mediados de los 50 y a aquella tristeza gris que se fundía con el oxígeno que respiraba la gente. Yo no era “la gente”; yo era un niño bastante feliz que disfrutaba con cualquier cosa al no tener casi ninguna, ya fueran los fotogramas de desecho de Charlot que me traía mi madre de “Exclusivas Arajol” o los afiches de mano de películas fundamentales –“Duelo al sol”, “Molokai” …- que me traía mi padre de “Procines”. Un niño que absorbía con inconsciente avidez cuanta cosa le entraba por los oídos o los ojos, cual una pequeña esponja o un magnetófono que, por cierto, dudo que lo hubiera en aquella España.

Enfrente del edificio, cruzando Trafalgar, estaba la parada de dos líneas de tranvía: El 70 que tenía el final en San Adrián de Besós, y el 71 que lo tenía en el centro de Badalona. A la tarde-noche de aquellos inviernos, de aquella llovizna como lágrimas de nadie en concreto, que la malnutrición, cuando no el hambre y la escasez y sobreuso de la ropa y el calzado, agudizaban la sensación de frío, la zona se poblaba de miles de personas -las clases obreras y populares, a escala- a la búsqueda de unos tranvías de apenas dos vagones y que iban atestados hasta el techo. Esto último no es una imagen literaria; era la realidad literal: Los más jóvenes y, por lo mismo, más audaces y menos dotados económicamente, se colgaban de donde pillaban en el exterior de los vagones; alguno, por la parte trasera del segundo vagón para no quitarle visión al conductor, el tranviario, se encaramaba hasta el techo. Volveré sobre este apasionante episodio histórico entre los tranvías y la amplia mayoría social (allí no tenía coche casi nadie decente).

A las puertas del edificio, con varios montoncitos de periódicos en el suelo, un hombre ya mayor -todos lo eran cuando tienes 7 u 8 años-, voceaba en forma muy rítmica, armónica, audible, el extraño título de estas líneas: Sieroooo… la prensa. Arrastraba mucho la o y cerraba con un seco y enérgico “la prensa”. Ofrecía con su rítmica proclama los dos periódicos vespertinos de aquella Barcelona: “El noticiero universal”, el siero en la jerga popular, y “La prensa”. El primero era privado, sufría el franquismo como todo quisqui, pero no era un instrumento de la dictadura. El segundo era un vocero del franquismo sin más.

Había también periódicos matutinos. Recuerdo la “Vanguardia española”, del Conde de Godó, monárquico y liberal, pero el franquismo la obligaba a joderse y a no ejercer de lo uno ni de lo otro. Estaba el “Diario de Barcelona”, no me acuerdo mucho de qué iba. Y recuerdo bien la “Solidaridad nacional”, la soli, franquismo-falangismo grosero, mal escrito y peor editado. La soli tenía una particularidad muy simbólica: se editaba en los talleres y rotativa de la “Solidaridad Obrera”, el órgano oficial de la potente central anarquista CNT, que fueron confiscadas por los auto-llamados “nacionales” cuando entraron en Barcelona en Enero de 1939, y una de las primeras cosas que hicieron, aparte de detener y fusilar a quienes no les dio tiempo a huir, fue robar o destruir todos los bienes de las organizaciones obreras y populares republicanas. No había estallado la paz, como ellos proclamaban cínicamente; había estallado la victoria que suponía terror, represión, oprobio para los vencidos, depuraciones, muerte… como ellos practicaban en forma implacable.

Las clases obreras y populares no compraban periódicos en general, no había con qué y había otras prioridades vitales por cubrir

Las clases obreras y populares no compraban periódicos en general, no había con qué y había otras prioridades vitales por cubrir. Se ojeaba en el bar o en la barbería o se recogía de alguna papelera sin importar la fecha, para qué, la dictadura imponía que en aquella España no había más que cosas buenas y forzosamente las recogían todos los periódicos y emisoras de radio. Esta regla no regía con la “Vanguardia española”. La gente humilde, el tendero, la mercería, el bar, el estanco del barrio, hacían un esfuerzo y la compraban de vez en cuando. La razón era muy pragmática; la “Vanguardia” traía una cantidad enorme de papel, multiplicaba por diez la de cualquier otro periódico, y eso era una bendición para envolverlo todo, ya fueran bocadillos, verduras, papas, el poco pescado que se consumía, forrar por dentro a los chiquillos para aliviarles el frío, recortar cuadraditos que, colgados de un gancho ad hoc, servían como papel higiénico en los retretes de las casas o los bares que tenían retrete, claro. El Conde de Godó presumía de que la “Vanguardia” era el periódico de las clases populares. Pero no detallaba por qué el muy jodido.

Concluyamos con la pequeña odisea de los tranvías antes esbozada. Pongamos que el que iba de Trafalgar a San Adrián, el 70, costaba 20 céntimos de peseta. Y el que seguía hasta Badalona, el 71, costaba 30 céntimos. Pero a pocos metros de San Adrián empezaba Badalona, en el barrio de Artigas. Con lo cual, la gente que iba, íbamos, a Artigas y a otros barrios próximos badalonenses -el Remei, la Salud, en el que vivían Manolo Escobar y sus hermanos- se bajaban en San Adrián y caminaban un poco. Eran gentes jóvenes, de origen emigrante y rural muchas de ellas, y caminar a buen paso era un hábito congénito; hacerse 8 ó 10 kilómetros diarios a pié era lo más normal del mundo, sobre todo cuando ello aportaba unos céntimos de ahorro. Además, por mor del ejercicio y la subalimentación, en nuestros barrios no había gordos, y el que lo estuviera era señalado como sospechoso de estraperlista en el mercado negro.

O paramos y erradicamos esta barbarie fascista ascendente, o hay serios riesgos de que nos devuelvan a aquella tristeza, a aquel miedo, a aquel sinvivir de hace dos tercios de siglo

Con la perspectiva de hoy resulta casi ridículo aquel celo y esfuerzo por unos céntimos de peseta. Pero no olviden que los primeros movimientos de masas contra la dictadura franquista fueron en Barcelona, en las huelgas de tranvías del 51 y el 55. El detonante fue un aumento del precio del billete en 5 o 10 céntimos. Y la gente iba andando a su trabajo, y a quien se le ocurría subirse a un tranvía le echaban pintura, y las huelgas se ganaron y provocaron que la dictadura destituyera algún gobernador civil -inaudito para la época- y a otros burócratas de alto rango.

Para mí la huelga del 55 -en la del 51 aún vivía en Bacares- va asociada a: 1) el beso de despedida de mi padre y el de mi madre, siendo madrugada cerrada, porque salían con horas de antelación para llegar a pié al trabajo, 2) el cuchicheo de la noche, ya de vuelta, sobre las incidencias del día: los tranvías vacíos, algún infeliz lleno de pintura, los estudiantes diciéndole a la gente obrera más despistada las razones de la huelgay el seguimiento mayoritario y sacrificado de la misma, y los policías custodiando los tranvías en las líneas más sensibles o corriendo a palos detrás de los obreros y estudiantes más activos…

Este artículo no tiene moraleja -normalmente los míos no la tienen- pero les digo que, o paramos y erradicamos esta barbarie fascista ascendente, o hay serios riesgos de que nos devuelvan a aquella tristeza, a aquel miedo, a aquel sinvivir de hace dos tercios de siglo. Eso sí, con los ribetes de milonga propios de la inteligencia artificial y todos los juguetes derivados.

‘Sieroooo, la prensa…’