martes 18/1/22

Almudena Grandes. Obsolescencia democrática

Hace unos días se fue para siempre Almudena Grandes, eso que antes se llamaba una Gloria Nacional. Sin embargo, ni el Alcalde Martínez-Almeida ni la Presidenta Díaz-Ayuso han perdido a nadie...
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Almudena Grandes, en el balcón de la Plaza de La Villa el 11 de mayo de 2018. (Wikimedia)

Confieso que no sabía nada de la enfermedad de Almudena Grandes, que la noticia de su muerte me sobrecogió de tal manera que aún hoy sigo bajo los efectos de un mazazo inesperado, noqueado, desconcertado. Aparte de mi enorme admiración por su obra, por su compromiso, por su generosidad, Almudena tenía mi misma edad, teníamos idénticos estudios universitarios y, salvando las infinitas distancias, habíamos bebido en las mismas fuentes que llevan a amar la libertad, la justicia y la verdad por encima de todas las cosas, sin que el paso del tiempo, los envites reaccionarios cada vez más visibles y tolerados, la manipulación de las palabras sagradas o el avance progresivo de la imbecilidad te hagan caer en el desaliento y la dejación. Quizá vivo en el momento en que muchas personas queridas empiezan a marcharse de manera insistente, un día sí y otro también, ese tiempo en el que comienzas a ver desaparecer a generaciones enteras de personas que amabas aún sin conocerlas, que eran parte del imaginario laico que muchos nos fuimos construyendo para poder sortear mejor los desafíos de la vida, personas que te daban calor, que te acompañaban desde el amanecer, incluso muchas veces en sueños hermosos, personas que sólo con pensar en ellas, en su pensamiento, en su forma de ser, en su bondad, en su arrojo te hacían reconciliarte con un tiempo de desasosiego en el que cada día que pasa se oye más fuerte el ruido de los exabruptos, las baladronadas de los verdugos y el silencio de quienes consideran que todo da igual porque todos son igual de perversos.

Almudena Grandes -sólo tuve el placer de hablar con ella unos segundos durante una conferencia en la que también participaron Ángel González, Luis García Montero y Joaquín Sabina- se había empeñado en dejarnos un fresco sobre la historia española de posguerra a la manera de Galdós. No hay en sus novelas grandes héroes al modo de la literatura épico-hagiográfica, pero sí un pueblo al que se la ha robado la existencia y pugna por resistir contra todas las adversidades que el fascismo es capaz de crear. Seres humanos que se niegan a sucumbir, que siguen teniendo ideales, que se ayudan en la oscuridad, que no se resignan y se atreven a lo imposible cuando eso que hoy llamamos comunidad internacional ya había decidido que Franco -fiel lacayo de Estados Unidos e Inglaterra- seguiría en España pese a que el nazi-fascismo había sido derrotado en todo el continente. Pero no sólo eso, como escribe la Doctora María Teresa García-Saavedra, la obra de Almudena Grandes narra el cambio y la batalla de las mujeres en las últimas décadas, llegando a un punto en el que, tras atravesar todas las etapas del feminismo, se plantea si es lógico y bueno que hombres y mujeres supediten la vida personal a la laboral, a la profesional, si no hay demasiadas renuncias en atender a las demandas del mercado, si es posible, así, de ese modo, encontrar la felicidad. La voz de las mujeres, no todas fuertes, inteligentes, fecundas, recorre su obra como un torrente de vida y de lucha que llena cada una de sus páginas de luz y valentía. Recuperar la memoria de los vencidos como tantas veces se ha dicho en estos últimos días, dejar constancia de las dificultades mayores todavía de las mujeres para salir del hoyo en el que se habían movido durante siglos, incluso las escritoras que existían y escribían detrás de los visillos, como si la calle fuese sólo cosa de hombres, son algunos de los méritos de esta inmensa escritora, magníficamente documentada a la hora de encarar sus Episodios Nacionales y conocedora de las corrientes literarias de antes y de ahora, que en silencio, sacando tiempo de días de cuarenta y ocho horas inexistentes, ha logrado construir una de las obras más consistentes y admirables de nuestra Literatura.

Madrid, al igual que hace unos años Barcelona, está perdiendo su condición de ciudad universal para convertirse en una aldea que desprecia a sus mejores hijos

Sin embargo, Madrid ya no es el Rompeolas de todas las Españas. Madrid es una ciudad que ha renunciado a sus esencias enloquecida por el brillo del oro que no posee. Efecto de una capitalidad mezquina, que no la dotó ni de lejos del empaque monumental de otras capitales europeas porque así lo decidieron los reyes y reyezuelos que la convirtieron en Corte contra ella misma. Madrid sigue conservando la belleza visual de sus barrios céntricos, barrios que parecen pueblos inconexos alrededor de unas cuantas calles en las que lucen los edificios de los bancos, ministerios y empresas que una vez fueron; sin embargo, ha perdido el alma que la hacía generosa y humilde, esa ciudad que apenas sabía de Galdós pero que salía en masa para agasajar y acompañar al autor de Electra, aquel drama que levantó las iras de la Iglesia y los reaccionarios, empeñados en que la Academia sueca no le concediese el Premio Nobel, cosa que se daba por hecha. O esa otra que resistió como pocas el asedio del nazi-fascismo durante casi tres años o que vio torturar y asesinar a miles de sus mejores hijos durante la dictadura y que explotó como una primavera generosa en los últimos años del franquismo para dejar bien claro que no quedaba más camino que el de la libertad pese a que muchos de sus habitantes continuasen acudiendo periódicamente a mostrar su adhesión inquebrantable al último tirano fascista de Europa. No, Madrid ya no es lo que era, aunque siga siendo muy grato caminar por sus calles, perderse durante horas por ellas sin rumbo definido, a lo que salga, en un bar, una tertulia, un portal o una casa desconocida, aunque siga guardando en su seno rincones maravillosos llenos de vida y sorpresa, aunque la habiten miles de personas dispuestas a no volverla a dejar caer en menos de los cavernícolas que hoy vuelven a mandar en sus instituciones.

Hace unos días se fue para siempre Almudena Grandes, eso que antes se llamaba una Gloria Nacional. Lo era como escritora, lo era como mujer, lo era como Ser Humano. Sin embargo, ni el Alcalde de Madrid Martínez Almeida, ni la Presidenta de la Comunidad Autónoma Díaz Ayuso han perdido a nadie. Para ellos, Almudena, como Miguel Hernández, como Pablo Neruda, como Antonio Machado, como Largo Caballero, como Manuel Azaña, no eran nadie, no son nadie. Su medianía, su rencor, su incapacidad para apreciar la belleza, su antipatriotismo, su patanería les ha llevado a mirar para otro lado demostrando al mundo qué clase de tipos son. Madrid, al igual que hace unos años Barcelona, está perdiendo su condición de ciudad universal para convertirse en una aldea que desprecia a sus mejores hijos. Y eso es lo peor que pueden hacer unos buenos padres. La miseria humana ha demostrado estos días en la capital de España que no tiene límites. El pueblo de Madrid tiene la obligación de quitarse esa terrible losa de encima o sucumbirá bajo ella contra su propio ser generoso, solidario, abierto y rabiosamente opuesto a la obsolescencia democrática que pregonan sus actuales jefes. Gracias Almudena Grandes, tanto te debemos que no sabemos cuanto.


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