domingo. 23.06.2024
Fotograma de la película “Bienvenido, Mister Marshall” (Luis García Berlanga, 1953)
Fotograma de la película “Bienvenido, Mister Marshall” (Luis García Berlanga, 1953)

Los artífices de la película “Bienvenido, Mister Marshall” nos muestran cuán difícil resulta ceñirse a una sola petición. ¿Qué le puede pedir a los americanos cada vecino de Villar del Río? Identificados con una especie de Reyes Magos para todas las edades, a “los americanos” cabe pedirles cualquier cosa que se necesite, pero sólo una. Confrontados con esa imaginaria cornucopia, cada cual descubre que a decir verdad tampoco sabe discriminar su deseo preponderante. Cuando apuntan algo en la lista, vuelven sobre sus pasos para cambiarlo. No saben jerarquizar sus demandas y mucho menos reducirlas a la mínima expresión. La víspera del recibimiento sueñan con sus anhelos. A uno le traen el tractor que le facilitará la siembra de sus campos. El alcalde protagoniza una peli del oeste. La maestra parece inclinarse por satisfacer su erotismo, aunque nunca se rodó esa escena programada en el guion suscrito por Bardem, Berlanga y Mihura.

Cuando los americanos pasan de largo, ven frustrado el cumplimiento de sus fantasías y además les toca pagar solidariamente todos los preparativos de la tramoya que habían preparado para recibir a los presuntos benefactores. Lejos de recibir aquello que tanto fantaseaban, se ven obligados a prescindir de algo valioso para saldar las deudas contraídas en su alucinación colectiva. Hasta el hidalgo venido a menos y que se negó a pedir nada por su rancio abolengo, contribuye a pagar el desaguisado con la espada de sus antepasados. Descubren que se tienen unos a otros, como antes, pero ahora lo aprecian más teniendo menos. Toda una moraleja para nuestros tiempos.

Lejos de recibir aquello que tanto fantaseaban, se ven obligados a prescindir de algo valioso para saldar las deudas contraídas en su alucinación colectiva

Quienes tenemos cierta edad recordamos esa convivencia entre menesterosos que se ayudan mutuamente como la cosa más natural del mundo. La gente del barrio formaba una especie de gran familia en la que abundan las rencillas, pero acaba imponiéndose una empatía que alivia la penuria del otro sin esperar ninguna compensación. Se viajaba con las radionovelas a otras épocas y lugares. El mayor entretenimiento era conversar con los vecinos y siempre se andaba canturreando de alegría. ¿Era peor vivir con muy poco y compartirlo? Ahora lo suyo es acaparar cuánto brindan los escaparates físicos o virtuales.

Nuestro consumismo es un pozo sin fondo. Por más que intentemos colmarlo, siempre queda espacio para otro nuevo cachivache que nos hace menospreciar el anterior. En realidad, no se pueden tener todos a mano y es inevitable que perdamos de vista la inmensa mayoría. Nos endeudamos de por vida para comprar una vivienda que siempre será del banco porque los alquileres no están a nuestro alcance. Quedamos empeñados hasta las cejas para tener un coche con el que contribuir a los embotellamientos y mil artilugios que no tenemos tiempo de disfrutar.

Siempre cabe desear tener una cosa más y hacer girar eternamente la rueda del consumo desaforado, como si los recursos fueran inagotables y se pudiera seguir esquilmando a una naturaleza que desdeñamos desde nuestra realidad virtual. En este nuevo entorno parece que todo es posible, a costa de aislarnos y despreocuparnos de los demás. Después de todo les tratamos cada vez menos y, remedando el célebre proverbio, sin roce no hay mucho lugar para el cariño.

Siempre cabe desear tener una cosa más y hacer girar eternamente la rueda del consumo desaforado, como si los recursos fueran inagotables

Cuántas cosas podría solucionar una conversión global hacia el minimalismo. Darnos cuenta de que podemos vivir con mayor sencillez, sin tener que aparentar constantemente y cifrar nuestra felicidad en un absurdo acaparamiento de cosas que no necesitamos. Caminar, ir en bici o viajar en tren son mejores opciones que volar o coger el coche para cubrir distancias cortas incluso dentro de una ciudad. Abolir la especulación de cosas tan esenciales como poder alquilar una vivienda con arreglo a unos ingresos modestos y tener acceso a una cesta de la compra que contenga los alimentos necesarios. Disfrutar de todo cuanto es valioso y por ello mismo no puede tener ningún precio. Advertir en definitiva que menos puede ser mucho más. Todo esto lo sabemos y es muy fácil enunciarlo. El reto es ponerlo en práctica.

¿Son más felices quienes acaparan y ni siquiera tienen tiempo para disfrutar de sus copiosas posesiones? ¿Acaso no podría serlo quien sabe renunciar a lo superfluo y apreciar cuanto se tiene atemperando su abastecimiento? Los problemas complejos a veces pueden tener una solución bastante sencilla. Por supuesto es más cómodo dejarse llevar por las inercias y no pararse a pensar si queremos continuar deslizándonos por una pendiente hacia el abismo. Pero merecería la pena tomarnos la molestia de meditar que podemos escoger otro camino alternativo. La meta sería contentarnos con pocas cosas y canjear el resto por una saludable paz interior. No parece un mal negocio ese trueque. 

¿Acaso menos no puede ser más?