martes. 05.03.2024
proceso-1001 (3)
Imágenes de la exposición celebrada en la Biblioteca Nacional de España (2023).

Aquel fatídico 20 de diciembre de 1973 no sólo fue dinamitado el coche del Presidente del Gobierno franquista, el Almirante Carrero Blanco. Aquel día comenzaba también el juicio contra los 10 de Carabanchel, la cúpula de las ilegalizadas Comisiones Obreras que había sido localizada y detenida, año y medio antes, en un convento de los padres Oblatos de Pozuelo de Alarcón, donde mantenían una reunión clandestina.

El franquismo estaba en las últimas, pero dispuesto a morir matando, como demostró antes y después de la desaparición del dictador. Se avecinaba un juicio duro. Pero nadie esperaba que ese día la banda terrorista ETA decidiera clavar una puya a la clase trabajadora organizada, haciendo recaer sobre los encausados en el denominado Proceso 1001, todos los odios del fascismo español.

Cuando se enteró del asesinato de Carrero, el juez Francisco Mateu, el juez del Tribunal de Orden Público encargado del juicio no dudó en aseverar:

-Si por mí fuera los fusilaba a todos ahora mismo

Tras lo cual suspendió el juicio y lo ventiló en los dos días siguientes, endureciendo las condenas de los encausados hasta sumar más de 161 años de cárcel, es decir una media de más de 16 años por procesado.

Eduardo Saborido, Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Francisco García Salve, Juan Muñiz Zapico y Fernando Soto, llevaron la peor parte con condenas de casi dos décadas. Pero el resto, Francisco Acosta, Pedro Santiesteban, Luis Fernández y Miguel Ángel Zamora, no salieron mucho mejor librados y fueron condenados a 12 años de prisión.

Tan desproporcionadas fueron las condenas por organizar un sindicato libre y tantas protestas nacionales e internacionales suscitaron, que un año después el Tribunal Supremo las redujo a máximos de 6 y mínimos de 2 años de prisión.

Los procesos de amnistía tras la muerte del dictador y el proceso de Transición hicieron que salieran de la cárcel.

Ahora algunos recuerdan el atentado contra Carrero Blanco y desentierran teorías sobre cómplices necesarios, extraños movimientos en el Régimen franquista, o aquel incomprensible 'no hay mal que por bien no venga', que entonó el dictador cuando dio a conocer la noticia del asesinato de su más fiel colaborador.

En estos días se realizan reportajes y se estrenan series documentales para contarnos los dimes y diretes sobre el asesinato de Carrero Blanco. Lo que opinan en Estados Unidos, en su familia, en los servicios secretos y hasta las impresiones de algunos actores de la Transición española sobre si el almirante tenía más o menos protección policial.

Fue la decisión y la voluntad de la clase trabajadora la que iba a forzar un tránsito acelerado hacia la democracia

Sin embargo llama la atención el olvido al que siguen condenados los de Carabanchel, cuando el futuro que se avecinaba no dependía de la presencia de un fiel servidor del dictador al frente de un gobierno títere. Era la decisión y la voluntad de la clase trabajadora la que iba a forzar un tránsito acelerado hacia la democracia.

Si del Régimen hubiera dependido, si la burguesía española hubiera tenido que decidir por sí misma, hubiéramos accedido a una democracia cautiva, a prueba, vigilada, sin presencia de fuerzas políticas, como el Partido Comunista.

Hubiera dado igual tener a Carrero Blanco, a Arias Navarro, a Adolfo Suárez, o a Fraga Iribarne al frente del cotarro tras la muerte del dictador. La clase trabajadora fue el ariete, la palanca, que abrió las puertas a la democracia, aunque a veces hubiera que derribarlas, aunque hubiera que sufrir el coste insufrible de sangre humana.

Los trabajadores fueron los costaleros de la democracia, como nos recuerda Nico Sartorius, para continuar afirmando que el dictador murió en una cama,  pero la dictadura murió en las calles. Pese a ello, uno de los precios no reconocidos, pero pagados, de nuestra democracia, ha sido el silenciamiento, el olvido programado, del papel de la clase trabajadora en la construcción democrática.

En el año 2013 me tocó asumir la responsabilidad de Formación en la Confederación Sindical de CCOO, momento coincidente con el 40 aniversario del Proceso 1001. Una de las primeras iniciativas fue poner en marcha jornadas sindicales por toda España, para que los 10 de Carabanchel, los que aún se encontraban entre nosotros, pudieran encontrase con los jóvenes sindicalistas que comenzaban a asumir tareas de dirección en la organización.

Una iniciativa en la que Eduardo Saborido, Francisco Acosta, Pedro Santiesteban, Miguel Ángel Zamora, o Nicolás Sartotius, compartieron momentos junto a los sobrevivientes del atentado fascista contra los Abogados de Atocha.

Me ha parecido siempre que nuestra supervivencia depende en buena parte de nuestra capacidad de adaptarnos a los tiempos cambiantes, pero sin renunciar nunca a la voluntad de ser, a la memoria, al ejemplo, de cuantas personas nos precedieron y nos hicieron mejores con su entrega y su generosidad.

Hoy 50 años después del atentado contra Carrero Blanco, del juicio contra los 10 sindicalistas de Carabanchel, habrá quien quiera recluirlos en un pasado lejano e irrepetible, pero lo cierto es que sus voces siguen siendo imprescindibles y su ejemplo nuestro mejor sendero hacia el futuro. Su olvido, sólo dejaría abierto el camino para el retorno al pasado.

Los de Carabanchel: 50 años del Proceso 1001