miércoles. 29.05.2024
Manifestación en Berlín en protesta a la creciente violencia y ataques contra políticos de cara a las elecciones europeas
Manifestación en Berlín en protesta a la creciente violencia y ataques contra políticos de cara a las elecciones europeas

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Es bastante tremendo que la democracia, que fue diseñada para ser el sistema de la tranquilidad, se haya convertido en el escenario del dramatismo. No es la primera vez que ocurre. Ocurre, de manera recurrente, cuando la utilizan los que, en realidad, quieren terminar con ella. 

Esa es la situación en la que estamos ahora. Un momento dramático en el que, en todo el mundo, con el sonido de los misiles como telón de fondo, se prepara un asalto a la democracia de cuyo resultado dependerá eso tan intangible pero tan esencial que solemos llamar nuestro modo de vida. 

No todos lo afrontan de la misma manera. En 1933, Hitler pudo llegar a canciller porque obtuvo el apoyo de partidos “centristas” que pensaron que no era para tanto. Todos esos partidos terminaron disueltos, y muchos de sus miembros asesinados. Hoy, la presidenta Von der Leyen coquetea con la idea de una ultraderecha “buena” y otra “mala”, mientras habla de guerra para justificar el incremento de los gastos militares. Deja entrever que, si tiene ocasión, pactará con ellos, por lo que lo mejor que pueden hacer los demócratas es no darle ocasión.

Es bastante tremendo que la democracia, que fue diseñada para ser el sistema de la tranquilidad, se haya convertido en el escenario del dramatismo

Y eso se hace votando. Durante décadas, los ciudadanos de este continente han creído que las elecciones al parlamento europeo, que se celebrarán el 9 de junio, no tienen importancia porque no se elige de manera directa un jefe de Gobierno, y tradicionalmente aprovechan su voto para darse el gusto de votar opciones testimoniales. 

Todo eso podía estar muy bien cuando la democracia era el sistema de la tranquilidad, pero en estos momentos es un voto suicida. Porque es un voto que solo se dará en la mitad izquierda del espectro político. La mitad derecha acudirá a las urnas con la intención y la probabilidad de producir un vuelco en nuestra manera de entender la libertad. Un vuelco que nos deje sin libertad de acción a cambio de tener libertad de gasto -del poco dinero que nos dejen-, sin libertad de expresión a cambio de dar gritos en Internet que nadie oye en medio de la marabunta, sin sanidad pública porque, de todos modos, nos vamos a morir igual. 

Estamos en eso tan feo que se llama la hora de la verdad. El momento en que hay que ir a votar aunque haga buen tiempo y aunque haga malo

Estamos en eso tan feo que se llama la hora de la verdad. El momento en que hay que ir a votar aunque haga buen tiempo y aunque haga malo, el momento en que hay que llenar los sobres de papeletas aunque haya quien guste de protestar con un voto en blanco que va directamente a la basura, el momento en que, si vives en el extranjero, hay que inscribirse en los consulados porque votando en tu país te defiendes también del peligro que también acecha en ese otro país en el que vives. 

Eso, que vale para todas las ocasiones, vale como nunca para esta. No hay nada más inútil que el arrepentimiento cuando el daño está hecho. 

La hora de la verdad