jueves. 29.02.2024

Desde una (muy) miope óptica (ultra) neo-liberal el género humano cuenta fundamentalmente con dos clases de personas. En una orilla estarían quienes tienen iniciativa y arriesgan su patrimonio para incrementarlo con sus desvelos, generando una gran prosperidad muy beneficiosa para sus conciudadanos. Al otro lado de su línea imaginaría quedarían quienes pretenden vivir del cuento y parasitan el esfuerzo ajeno. Para esta radicalmente maniquea visión de las cosas, cada cual recibiría su merecido y se habría buscado su propia suerte. Suena de cine. Hay un desenlace feliz para quien se lo curre y cada cual es responsable de su adverso destino. No hay que aguardar al Juicio Final, porque nuestros actos recibirían su recompensa o castigo a lo largo de la vida, legando además los frutos de tan trabajosa siembra. Una meritocracia mercantilista en la que se prima tener una buena casilla de salida para competir con ventaja.

El mundo se divide así entre ganadores y perdedores, para decirlo con esa terminología que tanto le gusta recordar a los mariachis del trumpismo. Los primeros deben detentar el poder y disfrutar de todos los privilegios imaginables, mientras que al resto se le niega el pan y la sal por su torpeza. Estos últimos no han sabido nacer en el sitio propicio para mantener o acrecentar las ventajas de su entorno familiar y social. Incluso se han equivocado de época, porque quizá les hubiera ido mejor en otra donde no fuese hegemónica una mentalidad para la que sólo cuenta cuanto sea productivo y rente beneficios a muy corto plazo empleando el atajo que sea menester, esquivando la legislación vigente y obviando cualquier tipo de consideración ética, como bien saben los comisionistas de contrataciones amañadas u otros ladinos por el estilo.

El mundo se divide así entre ganadores y perdedores, para decirlo con esa terminología que tanto le gusta recordar a los mariachis del trumpismo

Los paraísos fiscales y las ingenierías financieras propician asombrosos enriquecimientos que conviven con una universalización de la miseria. El sueño americano del millonario hecho a sí mismo se ha convertido en una pesadilla bastante globalizada, donde lo mal usual es vivir peor que tus ancestros padeciendo una precariedad incompatible con cualquier planificación a medio plazo. Esa situación retrasa la emancipación de los jóvenes y provoca un serio conflicto intergeneracional. A los más mayores puede llegar a vérselos como una casta privilegiada por conservar ciertos derechos laborales penosamente conquistados y cobrar en algunos casos una pensión muy superior al salario mínimo. Cuando cunde la extrema desigualdad y desaparecen las clases medias, aparecen caudillismos totalitarios que presentan a la democracia como el origen de todos los males y proponen formulas dictatoriales.

Se nos repite como un mantra que, si a las empresas les va bien, entonces habrá más empleo y nos irá mucho mejor al conjunto de la población. A este discurso se añade la fabulación de identificar eficacia con iniciativa privada y caos con la gestión pública. Con arreglo a este relato más vale no pagar impuestos y privatizar lo público para evitar que los izquierdistas nos roben o malgasten lo que podemos ahorrar. Nunca se aclara cómo se pagarían entonces cosas tan elementales como sanidad, educación y asistencia social. Sin embargo, quienes defienden a capa y espada este anarquismo disfrazado de ideología liberal están bien dispuestos para recibir dinero público, ya sea en la educación concertada, las exenciones fiscales más alambicadas o los porcentajes que correspondan por sus intermediaciones. 

Ciertos bancos y empresas han repartido dividendos extraordinarios. Las eléctricas recibían beneficios caídos del cielo, mientras que los usuarios debían resignarse a estar a oscuras y pasar frío, consumiendo bastante menos por muchísimo más. Cuando el problema energético afectó a los países pudientes, ya no pareció descabellado aplicar la excepción ibérica. Durante la pandemia se supo ayudar a las pequeñas y medianas empresas para no agravar el problema del paro. Antes hubo que rescatar a Bankia con el dinero de los contribuyentes, porque quien había sido el artífice del milagro económico en tiempos de Aznar propició esa bancarrota. Semejante suma sideral nunca se recuperará. Se ha visto absorbida por otras entidades bancarias que cierran sucursales, despiden personal y reducen servicios, al tiempo que incrementan sus comisiones y hacen trabajar a los clientes que se manejan con sus aplicaciones.

Cuando cunde la extrema desigualdad y desaparecen las clases medias, aparecen caudillismos totalitarios que presentan a la democracia como el origen de todos los males

Cuando quebró Lehman Brothers en 2008, su delegado español era ese mismo de Guindos que luego sucedió a Rato como ministro económico y ahora es vicepresidente del Banco Europeo. ¿Una mera coincidencia? Ignoramos que pasará con el efecto dominó del pánico bancario suscitado por la insolvencia de Sillicon Valley, pero a buen seguro sus máximos responsables no tendrán que devolver los astronómicos beneficios recaudados hace nada, mientras que quienes tienen un préstamo hipotecario para pagar su vivienda ven prácticamente doblada su cuota. Se diría que hay una doble vara de medir y que acaban pagando justos por pecadores. Desde luego, una guerra no afecta por igual a quien tiene que abandonar su país o intentar sobrevivir de mala manera, que a quienes obtienen pingües beneficios en esa extraordinaria demanda de armamento impuesta por un conflicto bélico enquistado. Como tampoco se padece de igual modo una inflación que restringe los abastecimientos más necesarios en muchos casos. Si ir más lejos, al inmune rey emérito no parece afectarle tales contingencias. 

Tendemos a pensar que todas las propuestas políticas están cortadas por el mismo patrón y que no merece la pena hacer distingos. Pero un pequeño recorrido histórico nos puede recordar cuáles han causado menos daño entre la mayoría y aquellas que sólo benefician a una ínfima minoría. No acercarse a las urnas cuando hay elecciones resulta una opción muy tentadora, cuando asistimos a una permanente campaña electoral en donde no se defienden programas y el mitin perpetuo persigue únicamente descalificar al adversario convertido en un enemigo a batir. Es cierto que las fuerzas políticas al uso no facilitan, no ya ilusionarse mínimamente, sino tomarse un poco en serio el juego democrático vapuleado por tantos frívolos arribistas de todo signo. Los juegos de tronos partidistas resultan terriblemente aburridos y sólo interesan a los corifeos de quienes los protagonizan.

Con todo, hay que hacer de tripas corazón e inclinarnos por la opción que nos parezca menos mala, porque de lo contrario difícilmente podremos quejarnos al salir justo la contraria, Sin prestar atención a los eslóganes y las naderías más escandalosas, debemos tomarnos la molestia de analizar las posibilidades que se nos ofrecen para elegir la menos indigesta. Desconfiemos de los voceríos y las fórmulas mágicas. Rehuyamos el culto a la personalidad de los líderes presuntamente carismáticos y apreciemos la capacidad por lograr acuerdos. Apostemos por el pluralismo desdeñando las esencias monolíticas e intolerantes. Tampoco es tan difícil discriminar entre quien quiere dar el pego y quienes dedican parte de su tiempo a la política por convicción.

Somos corresponsables de un destino que nos gustaría ver modificado sin esfuerzo alguno por nuestra parte, dejándonos tutelar por las manipulaciones políticas de turno

En cualquier caso, nuestros hábitos cotidianos también contribuyen a moldear la realidad. El consumismo desaforado y la comodidad es lo que mantiene a macroempresas e hipermercados en detrimento del pequeño comercio. Idolatramos al dinero como culmen de la felicidad, convirtiéndolo con ese culto en una fuente de falsos problemas. Adoptamos ciertos dogmas economicistas como si fueran una verdad revelada que deben acatarse cual preceptos divinos y damos por sentados planteamientos que quizá conviniera revisar. Ahora pocos aspiran a ser funcionarios, porque la estabilidad no rinde tanto como una permanente y despiadada competición. La lógica del beneficio económico cortoplacista lo impregna todo e impulsa el modelo del emprendedor que acaba endeudado con los bancos al quebrar su iniciativa. Siempre queda la expectativa de hacer influencer y, mientras tanto navegar por las redes buena parte del día, en vez de pasear o leer. Estamos pendientes de los mensajes del móvil y descuidamos el dedicar tiempo a nuestras amistades. Delegamos nuestra memoria e imaginación en los dispositivos digitales y dejamos de pensar por nuestra cuenta.

Sin advertirlo tan siquiera, somos corresponsables de un destino que nos gustaría ver modificado sin esfuerzo alguno por nuestra parte, dejándonos tutelar por las manipulaciones políticas de turno y los algoritmos de la Inteligencia Artificial. Trabajar sin descanso y no poder pagar las facturas no es algo que debiéramos aceptar como si lo impusiera una ley social de la gravedad. Desactivemos el piloto automático y cojamos las riendas de nuestro itinerario vital. 

Del sueño americano a la pesadilla global