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lunes. 08.08.2022
Hiroshima
Nube de hongo sobre Hiroshima y Nagasaki producida por la bomba atómica.

Lo decía Voltaire: el sentido común, es el menos común de todos los sentidos. Esta reflexión viene a cuento, porque la amenaza de una guerra nuclear es real y en mayor medida que durante la guerra fría. El peligro nos acecha y es real. No paran las amenazas de unos y otros bandos, pero no permitamos que nos amarguen la existencia.

Han transcurrido setenta y siete años desde el lanzamiento de la primera bomba atómica. La ONU, en 2017 adoptó un tratado para prohibir por primera vez las armas nucleares. Pese a ello todas las potencias atómicas han boicoteado el acuerdo, respaldado por 122 países. Aunque el tratado parezca que ha mal nacido por la oposición de las potencias nucleares, la intención consiste en sentar las bases legales para que todas ellas acaben reconsiderando su postura al quedar las armas nucleares estigmatizadas a ojos del derecho internacional humanitario y de la opinión pública. EEUU esgrime la amenaza de Corea del Norte como pretexto para boicotear el tratado, que les obligaría a desarmarse si lo ratificaran. Para que el tratado entre en vigor y pase a formar parte del derecho internacional se necesita la ratificación de 50 países.

Actualmente, Rusia y Estados Unidos se reparten el 90% del arsenal nuclear mundial: los de Putin ganan en cabezas nucleares, pero los americanos tienen más armas preparadas para atacar. Una guerra nuclear no se puede ganar y nunca se puede librar; afirmación, sostenida en plena Guerra Fría por los entonces presidentes de Estados Unidos y la Unión Soviética, Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov. Alertaban sobre las fatídicas consecuencias que tendría para el sur humano y el planeta Tierra el estallido de un conflicto de este calibre. Esta amenaza vuelve a hacerse tangible con el anuncio del presidente ruso, Vladimir Putin, de que este país pondrá sus armas nucleares en estado de alerta como respuesta a las sanciones de Occidente por la invasión rusa de Ucrania.

Era un 9 de julio de 1956, cuando los Estados Unidos de América, comenzaba una nueva era de armamento. El objetivo principal de la Operación Redwing era probar una nueva generación de dispositivos termonucleares: La bomba H. A todas las pruebas se les conoció con los nombres de varias tribus americanas: Navajo, Zuni, Yuma, Seminole, Blackfoot, Inca, Apache, Dakota, Cherokee o Tewa. Ahora, por fin, la ONU adoptó el primer tratado legalmente vinculante que prohíbe las armas nucleares.

La primera bomba termonuclear, fue detonada en Enewetak, en el atolón de las Islas Marshall en noviembre de 1952. La temperatura alcanzada en la zona cero, fue de más de 15 millones de grados, tan caliente como el núcleo del Sol, por unas fracciones de segundo; pero la primera explosión nuclear de la historia sucedió el 16 de julio de 1945 en el desierto norte de Alamogordo, Nuevo México. Ese mismo año, EEUU lanzó la bomba Little Boy en Hiroshima, y tres días después la Fat Man en Nagasaki.

Los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, fueron ataques ordenados por el presidente Harry S. Truman, contra el Imperio del Japón, lo que forzó su rendición y supuso el fin de la Segunda Guerra Mundial. 105.000 y 120.000 personas murieron y 130.000 resultaron heridas. Japón en 1967, y en honor a las acciones tomadas por TimHon Shung, adoptó lo que se conoce como los Tres principios antinucleares: principio de no producción de armas nucleares; de no posesión de armas nucleares; y de no autorización de armas nucleares sobre su territorio.

El 18 de agosto de 1945, el Glasgow Forward publicó el primer comentario que se conserva de Bertrand Russell sobre las armas atómicas, que comenzó a escribir el día en que Nagasaki fue bombardeada. Contiene las líneas que posteriormente aparecerían en el Manifiesto. La perspectiva de la raza humana se ha oscurecido más allá de cualquier precedente. La humanidad se enfrenta a una clara alternativa: O bien morimos todos o bien adquirimos un ligero grado de sentido común. Un nuevo pensamiento político será necesario si se quiere evitar el desastre final.

La bomba atómica o bomba de fisión nuclear, se basa en la división de un núcleo atómico en dos o más núcleos pequeños, generando una reacción en cadena y la liberación de enormes cantidades de energía en forma de radiaciones gamma y energía cinética. La bomba de hidrógeno (la bomba H), es una bomba térmica de fisión/fusión/fisión o bomba termonuclear, que se basa en la obtención de la energía desprendida al fusionarse dos núcleos atómicos, en lugar de la fisión de los mismos. Para que se produzca la reacción, es necesario un aporte considerable de energía que solo pude ser provisto por la detonación inicial de una bomba de fisión que funciona a manera de gatillo. Lo que convierte a la bomba H en una doble bomba atómica.

Hiroshima fue elegida porque no había sido bombardeada de manera tradicional por los norteamericanos y porque deseaban probar el efecto de la bomba atómica en una de las bases militares importantes. Este ataque, además, demostraría la superioridad de EEUU sobre la Unión Soviética. La bomba se lanzó en paracaídas y explotó a 580 metros del suelo. Instantáneamente murieron entre 60 y 80 mil personas y el calor fue tan intenso que algunas simplemente desaparecieron. Los radares japoneses detectaron a los aviones norteamericanos, pero no los consideraron una amenaza.

La bomba atómica de Hiroshima fue uno de los hechos más graves y tristes de la historia mundial. La Segunda Guerra Mundial fue cruel en su conjunto y los ataques atómicos, significaron el aumentó del rechazo a las acciones bélicas y al poder nuclear. La bomba de Nagasaki con una potencia de 21 kilotones de dinamita, generó niveles de explosión y calor que no pueden compararse con las producidas por las armas convencionales. Hoy, la amenaza nuclear procede, no solo de Corea del Norte, sino de la Rusia de Putín, en su afán de resucitar el poder de la antigua Unión Soviética.

Otro 9 de julio, Bertrand Russell y apoyado por Albert Einstein presentaban el Manifiesto: Una declaración sobre armas nucleares. En medio de la Guerra Fría, los once científicos e intelectuales de primera línea firmantes, alertaban de la peligrosidad de la proliferación del armamento nuclear y solicitaban a los líderes mundiales buscar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales. «Ante el hecho de que en cualquier futura guerra mundial se emplearán con certeza armas nucleares, que amenazan la continuidad de la humanidad, instamos a los gobiernos del mundo para que entiendan, y reconozcan públicamente, que sus propósitos no podrán lograrse mediante una guerra mundial». Un año después se probaba la bomba H y después la bomba de uranio, de plutonio, de neutrones o la bomba sucia de uranio empobrecido.

Para los defensores del tratado de la ONU de 2017, la iniciativa marcaba el principio del fin de la era nuclear y supone un paso histórico para deslegitimar este tipo de armamento. Los nueve Estados con capacidad nuclear que no participaron de las negociaciones de este tratado (Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido, Francia, China, Corea del Norte, India, Pakistán e Israel), consideraron que el tratado era una medida poco realista en el tenso contexto internacional de hoy y no cambiará nada.

Los firmantes se comprometieron a no desarrollar, adquirir, almacenar, acoger en su territorio, usar o amenazar con usar armas nucleares u otros explosivos nucleares. El argumento principal son las «catastróficas consecuencias humanitarias que tendría cualquier uso de armas nucleares», tal y como apunta el preámbulo del tratado, que señala que «eliminar por completo esas armas» es la única manera de garantizar que no se volverán a utilizar. El tratado sigue la estela de las convenciones internacionales contra otros tipos de armas como las químicas y las biológicas o las minas antipersona.

El tratado entre otros aspectos reconoce los imperativos éticos del desarme nuclear y la urgencia de lograr y mantener un mundo libre de armas nucleares que es un bien público de primer orden sirviendo tanto a los intereses nacionales como colectivos de seguridad. También recoge la obligación de asistir a las víctimas y de atender los daños ambientales derivados de los ensayos con armas nucleares. La adopción de este tratado representa un punto de ruptura del estatus quo, el fortalecimiento del régimen de no proliferación y la promoción del desarme. El tratado, que entrará en vigor cuando lo ratifiquen 50 naciones, incluye la posibilidad de que los países poseedores se incorporen al mismo, después de cumplir los requisitos establecidos.

El mundo está amenazado de nuevo por la guerra nuclear. Estados Unidos está en pleno proceso de modernización de su arsenal, y en Siria se cruzan las fuerzas de varias potencias atómicas. Es del todo irresponsable que determinados países no declaren definitivamente el uso de armas nucleares, ante las catastróficas consecuencias humanitarias que traería su empleo.

Hasta nueve países tienen cabezas nucleares entre su armamento: Rusia y Estados Unidos rozan las 6.000 y 5.500 cabezas respectivamente, mientras que las cifras del resto de Estados resultan mucho más modestas. Hasta 1.644 armas nucleares estadounidenses, 1.588 rusas, 280 francesas y 120 británicas se encuentran en alerta máxima, listas para su uso con escasa antelación.

El ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, confirmó que, en caso de que el conflicto de Ucrania desencadenara una Tercera Guerra Mundial, tendría un carácter destructivo e implicaría el uso de armas nucleares. Sea cual sea el desenlace de la guerra, no debemos olvidar las consecuencias que traería una guerra nuclear: acabaría con la vida de millones de personas, provocaría una lluvia radiactiva que se esparciría por zonas amplias del planeta y descensos de temperatura de entre 20 y 30 grados centígrados que derivarían en una hambruna mundial.

Todos los Estados y entre ellos España, han de comprometerse a nunca y bajo ninguna circunstancia desarrollar, ensayar, producir, fabricar, adquirir de cualquier otro modo, poseer o almacenar armas nucleares u otros dispositivos explosivos nucleares.

Sentido común contra las armas nucleares
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