miércoles. 24.07.2024
bolsonaro putin
Bolsonaro durante su encuentro con Putin.
 

Río de Janeiro | @jgonzalezok |

Suele decirse que los extremos se tocan. Y la invasión de Ucrania por las tropas rusas, este 24 de febrero, ha provocado en América Latina reacciones de coincidencia y también diferencias inusitadas. ¿Alguien podía pensar que Bolsonaro, el líder ultraderechista de Brasil, iba a coincidir en algo con los argentinos Alberto Fernández / Cristina Kirchner o con el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador? La movida rusa provocó estas coincidencias, con los líderes de los tres principales países del subcontinente reaccionando de forma tibia, evitando -al menos en un primer momento- tomar una posición firme, al contrario de lo que sucedió en el resto del mundo occidental. Pero la invasión también puso en primer plano las diferencias entre la izquierda.

En el caso de Bolsonaro hay que pensar que se trata de torpeza e ignorancia, obviando los consejos que habría podido recibir del aparato diplomático -conocido como Itamaraty-, uno de los más preparados y prestigiosos del mundo hasta que este gobierno lo tomó por asalto. Bolsonaro evitó condenar a Putin, negó que se esté produciendo una masacre con el avance de las tropas en territorio ucraniano, proclamó la neutralidad del país y rechazó la imposición de sanciones.

Bolsonaro, aislado internacionalmente, viajó hace dos semanas a Moscú para entrevistarse con Putin. Todo el mundo sabía ya que Rusia estaba concentrando masivamente tropas en la frontera con Ucrania y que la invasión era una posibilidad cada día más cercana. Aún así viajó, sabiendo que muy pocos países desearían tenerlo como huésped, y tratando de mostrar para su propia clientela que podía codearse con algún dirigente de talla mundial. Alegó, en ese momento, que los dos países son socios comerciales importantes, aunque la visita se saldó sin ningún resultado.

Para aportar elementos para la confusión sobre la posición brasileña, el vicepresidente Hamilton Mourão mantuvo una posición de clara condena a Rusia. Y el embajador brasileño en la ONU, Ronaldo Costa Filho, dijo en su intervención en la Asamblea General de emergencia que comenzó el lunes, que “el uso de la fuerza contra la soberanía y la integridad territorial de cualquier estado miembro va en contra de las normas y principios más básicos y es una clara violación de la Carta de la ONU”.  

Por el contrario, el representante brasileño en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU fue uno de los pocos que no se sumó al masivo boicot al discurso del ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, cuando habló este martes por videoconferencia. El brasileño se quedó en la sala con algunos colegas como los de Venezuela, Siria y China, Yemen y Túnez, mientras cientos de delegados dejaban a Lavrov hablando prácticamente solo.

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El presidente de Argentina, Alberto Fernández durante su visita al Kremlin a principios de febrero.

El otro caso sorprendente es el argentino. A principios de febrero, dos semanas antes que Bolsonaro, el que viajó a Moscú fue Alberto Fernández y también en ese momento era evidente que Putin estaba amenazando con la invasión. El viaje se produjo cuando Argentina estaba en momentos cruciales para renegociar su deuda con el FMI, cuyo resultado positivo es vital para no caer en una nueva suspensión de pagos. En su viaje a Moscú, Alberto Fernández se despachó con declaraciones inoportunas que provocaron malestar en Washington.

Al mismo tiempo que Argentina le pedía al gobierno de Biden apoyo para el acuerdo con el FMI -Washington es el mayor accionista del Fondo-, cargó contra EEUU y el Fondo y lo hizo desde Moscú. Dijo que estaba empeñado en reducir su dependencia de EEUU: “Tiene que abrirse camino hacia otros lados y ahí Rusia tiene un lugar muy importante (…) Tenemos que ver la manera en que Argentina se convierta en puerta de entrada de Rusia en América Latina de un modo más decidido”. El estropicio diplomático tuvo que ser salvado cambiando el discurso, aunque dejando claro hay sectores dentro del gobierno que siguen sintiendo simpatías por Putin.

Por si fuera poco, tras la etapa moscovita Fernández viajó a China, donde participó en la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno, a pesar del boicot de muchos países occidentales, en protesta por las violaciones a los derechos humanos por parte del régimen de Pekín. En su entrevista con Xi Jinping, Fernández le hizo la broma de que si fuera argentino sería peronista (sic), mientras que el embajador argentino, Sabino Vaca Narvaja, se dirigió al mandatario chino recordando una vieja canción de la época de Mao y la Revolución Cultural, en la que se afirma que “Sin el Partido Comunista no habría una nueva China”. Esta intervención del diplomático argentino fue interpretada como una reivindicación de los tiempos más duros del maoísmo.

¿Torpeza del gobierno argentino, como en el caso de Bolsonaro? No solo, aunque la cancillería argentina está también muy devaluada. El ministro Santiago Cafiero, recién llegado al cargo sin ninguna experiencia previa, tiene funcionarios en la segunda línea a militantes kirchneristas, que toman las decisiones sin consultar a los especialistas, siguiendo solo las instrucciones de Cristina Kirchner. Pero hay otro componente, que tiene que ver con el particular estado de sumisión del presidente ante su vicepresidenta. Desde que asumió hace algo más de dos años, el presidente viene sobreactuando en muchas cuestiones para agradar a su mentora que, en este caso, tiene debilidad por Putin y por los chinos.

La ahora vicepresidenta no condenó la invasión y tuvo un recuerdo sesgado de lo que hizo Argentina cuando Rusia se anexionó Crimea, en 2014, siendo ella la presidenta. En una serie de mensajes en Twitter evocó la posición argentina cuando el tema se discutió en el Consejo de Seguridad de la ONU. En ese momento, Argentina apoyó a Ucrania, basándose en el principio de integridad territorial. Pero, pocos días después, y tras una conversación telefónica con Putin, el gobierno de Cristina Kirchner se abstuvo en la votación de la Asamblea General. Esta parte se borró de su recuerdo.

amlo

En cuanto al tercer gran país latinoamericano, México, su reacción era más previsible, ya que siempre mantuvo una política internacional basada en la no injerencia en los asuntos de otros países y, por tanto, no comprometida y prescindente. Tras una primera reacción en la que ni siquiera se mencionaba a Rusia, López Obrador condenó la invasión, aunque dijo que México busca buenas relaciones con todos los gobiernos y señaló que no se pliega a las sanciones.

Los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua no necesitan ser comentados, dada su alineamiento con la Rusia de Putin. Pero de esta izquierda latinoamericana complaciente con Moscú se ha despegado el presidente electo de Chile, Gabriel Boric -asumirá la presidencia el 11 de marzo-, que se ha colocado incondicionalmente del lado de Ucrania. Compartió en su cuenta de Twitter un discurso del mandatario ucraniano, Volodimir Zelensky, añadiendo por su parte: “Desde América del Sur vaya nuestro abrazo y solidaridad al pueblo ucraniano ante la inaceptable guerra de agresión de Putin”. Días antes había compartido otro mensaje en el que afirmaba que Rusia había optado por la guerra como método para resolver conflictos y condenaba la violación y el uso ilegítimo de la fuerza. Más importante aún, Boric estableció como principio de su gobierno, “la irreductible defensa de los derechos humanos, independiente del gobierno de turno”.

Boric no estuvo solo entre los dirigentes de la izquierda latinoamericana que se diferenciaron radicalmente del gobierno de Caracas. Uno fue Pedro Castillo, el presidente de Perú. El otro es el colombiano Gustavo Petro, ex dirigente del grupo guerrillero M-19 y candidato presidencial, uno de los favoritos en las elecciones del próximo 29 de mayo.

Las diferencias que saltan con el caso de Ucrania explican por qué América Latina no puede avanzar en su integración, aunque muchos ven con admiración el proceso europeo. Dentro de la OEA se pelean y se han creado otros organismos que han fracasado por los enfrentamientos ideológicos. La unidad latinoamericana, tan buscada por diferentes lideres políticos de la región a lo largo de la historia, sigue siendo meramente una ilusión.

Reacciones dispares en América Latina ante la invasión rusa