lunes. 15.04.2024
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En medio del sonido creciente de los tambores que la mayoría de la población no parece escuchar, el Papa Francisco le propuso a Zelenski hace pocos días que intentara negociar la paz con Rusia, porque a su entender era mejor izar la bandera blanca que conducir al suicidio al pueblo ucraniano. Pero Zelenski dijo NO, pese a que el número de muertos -más de 31 mil hasta la fecha- y el avance ruso en los campos de la muerte justifican de sobra la demanda del Papa. Pero, como ocurre con todos los ricos, y la Iglesia del Papa lo es, la defensa de la paz no pasa de buenas palabras en el mejor de los casos, porque lo suyo, lo de los ricos, no es el pacifismo, sino el cainismo. Y eso del cainismo forma parte indiscutible de la historia de la Iglesia, por eso carece de poder la demanda del Papa.

Europa es cristiana, y cristianismo y pacifismo van a la par. Eso nos contaban y nunca fue verdad. A lo sumo, católica o protestante, que no es lo mismo que cristiana pues siempre guerrearon, a pesar de que el Sermón de la Montaña de Jesús el Cristo (que iglesias de todo tipo ignoran sistemáticamente) proclama la Regla de Oro. “Lo que quieras que te hagan a ti, hazlo tú primero a otros y no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti mismo”, dice la Regla de Oro de Cristo. Parece sencilla y lo es hasta el punto de que un niño puede entenderla muy pronto. ¿Cuántos miles de años lleva la humanidad sin haber conseguido incorporar en sus relaciones personales, sociales o laborales ese principio tan sencillo? De haber sido así, hasta la palabra “guerra” hoy sería desconocida para nuestros hijos.

¿Se podría parar esta tendencia al cainismo?

Si cada uno de nosotros se esfuerza en incorporar esa Regla de Oro a su vivir diario, este mundo cambiará radicalmente. Ni capitalismo, machismo, fascismo, ni cualquier otro “ismo” perverso, encontrará seguidores en el mundo, y la guerra sería vista como lo que es: la expresión criminal de humanos deshumanizados y sometidos al arbitrio de ricos, poderosos y ambiciosos sujetos enfermos de egolatría; megalómanos a los que no les importa crear un caos total aunque sea con peligro de convertirse en nuclear para satisfacer su mente enferma aunque pueda  llevarse por delante a media humanidad todo lo que se ha ido construyendo durante milenios con inauditos esfuerzos y sufrimiento de los pueblos. Siempre de los pueblos. Nunca de quienes les dirigen.

Conseguir detener las guerras de estos indeseables precisa de una mayoría crítica con un grado de conciencia pacifista suficientemente arraigada capaz de movilizarse y movilizar en defensa de la paz a tantos ciudadanos que resultara imposible a los gobiernos llevar a cabo sus planes desde la economía de guerra a la guerra misma. ¿Existe esa mayoría hoy por hoy? Para impedirla, ahí están los partidos políticos dominantes y los grandes medios, con sus  ministros y ministras, sus reportajes y películas  belicistas, sus titulares y tertulianos, y mucho más, que forman un verdadero frente de combate contra la paz en nombre de sus amos, nunca de los pueblos. Ninguno de ellos es pacifista, ninguno, por tanto, es pacífico. Todos ellos son elementos amenazantes para la paz mundial. Todos ellos unos indeseables a los que deberíamos dar la espalda cuando comiencen a  hacer sonar sus tambores.

Y el caso es que es posible si se le desea.

Si preguntamos a cualquiera en cualquier parte del mundo, sea cual sea su raza, religión o filosofía de vida fácilmente aceptará de buen grado la Regla de Oro como perfecta para vivir en un clima de paz presidida por la justicia, la cooperación, y la bondad altruista. Siendo así, ¿cómo es posible entonces que  nuestra especie no cese de hacer guerras  generación tras generación miles y miles de años sin que esto cambie nunca por más desarrollo cultural o técnico que haya alcanzado? ¿Es esto, tal vez, digno de seres de inteligencia normal cuando son bien sabidas las terribles consecuencias de toda guerra?  ¿O alguien normal y en sus cabales quiere para sí la pobreza, el hambre, la enfermedad, la muerte, el desamparo, la esclavitud, el desprecio, los malos tratos, la injusticia y tantas otras calamidades que conocemos como resultado final de toda guerra en todas partes y en toda época?

Fácil es la respuesta, porque esto es lo que tenemos hoy en este mundo, el resultado visible de que todas esas buenas palabras como progreso, democracia,  paz mundial, bienestar, educación, religión, bien común y otros cuentos para niños desinformados son eso: cuentos y palabras sin contenido real.

¿Era esto el futuro?

¿Era este el futuro que aguardaba el pasado, la cima del sueño de nuestros antepasados por una vida digna para todo ser humano, y el resultado de  los maravillosos “estados del bienestar” que nos prometían los gobiernos del capitalismo “de rostro humano”? Nos engañaron. Siempre nos engañaron. Y nos volverán a engañar mañana, y pasado mañana cuando argumenten razones para que nos matemos entre nosotros; nosotros, los  condenados a perder para que ellos ganen.

Mirémonos: cambio climático y sus amenazadoras o letales consecuencias en la vida de millones de  personas, animales y plantas, vergonzosas colas del hambre en  la- ya no- rica Europa del desempleo, de la inmigración desamparada y rechazada, del crecimiento del fascismo y del militarismo, de la guerra entre Rusia y Ucrania, que tiende a más por la amenazante OTAN. Todo esto paralelo al mayor genocidio cometido contra el pueblo palestino perpetrado por el sionismo colonialista y apoyado por esta Europa inmoral y guerrera y casi todas las naciones del mundo  excepto unas pocas. ¿Era este el mundo que deseábamos?

Podemos cambiar el rumbo de este barco con todos los números para naufragar. Podemos si queremos. Por mi parte, enarbolo bandera blanca y me coloco junto a los que llevan la suya. Y la bandera lleva una inscripción: RESPETA LA VIDA

NO A LA GUERRA.

¿Por qué es tan difícil la paz?